En su segunda semana de guerra, la administración promete 'golpear muy fuerte' y expandir objetivos. Medio Oriente enfrenta un patrón inédito de ataques a instalaciones de energía.

En Queens, en el apartamento de un edificio de ladrillo rojo en Jackson Heights, Mehrdad mira su teléfono cada pocos minutos. Su hermana vive en Teherán. La última vez que hablaron fue hace tres días. Ahora, mientras la administración Trump amenaza con golpear a Irán "muy fuerte" en los próximos días, Mehrdad no sabe si podría volver a hablar con ella.

El sábado pasado, Donald Trump fue explícito: Irán será atacado nuevamente, y con mayor intensidad. "Pronto será golpeado muy fuerte", escribió, mientras su administración considera expandir la lista de objetivos militares. Esto ocurre cuando la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán entra en su segunda semana de un conflicto que ya ha reconfigurado el panorama geopolítico mundial.

Pero hay algo más inquietante en esta guerra que en los conflictos anteriores en Medio Oriente. Por primera vez en décadas, la estrategia militar apunta deliberadamente a la infraestructura energética.

Ahmed Rashid, analista de energía geopolítica que ha cubierto conflictos en Oriente Medio durante 15 años, lo explica así: "En Irán 1980-88, en Kuwait 1990, incluso en Irak 2003, los conflictos evitaron o causaron daño limitado a instalaciones de petróleo y gas. Había un consenso tácito: el petróleo no es un objetivo". Eso cambió hace tres semanas.

En días recientes, ataques aéreos han golpeado refinerías en Abadán, complejos de gas en el Golfo Pérsico y plantas de energía en las afueras de Shiraz. No son objetivos "secundarios". Son el corazón de la economía iraní.

Para los trabajadores petroleros en Irán, esto significa algo concreto: desempleo masivo, cortes de electricidad, suministros de gasolina interrumpidos. Para sus familias aquí en Estados Unidos, que mandan remesas, significa dinero que nunca llegará.

La Casa Blanca insiste que los ataques son "quirúrgicos". Pero los análisis de inteligencia sugieren algo diferente. La administración ha clasificado tanto instalaciones militares como civiles de energía como "objetivos legítimos". En la jerga de la guerra, eso significa que una planta de energía que suministra electricidad a tres millones de personas civiles es ahora un blanco.

En el Congreso, mientras tanto, hay silencio incómodo. Solo tres representantes demócratas han cuestionado públicamente la expansión de objetivos. Los republicanos, excepto una voz aislada, apoyan sin reservas. Es el mismo Congreso que hace tres años apenas logró reconocer el asalto al Capitolio del 6 de enero.

De hecho, el viernes pasado, se instaló una placa en el Capitolio honrando a los oficiales de policía heridos ese día. Una placa. Tres años después. Mientras que el mismo edificio, el mismo Congreso, autoriza sin debate profundo una expansión de guerra en Irán.

Hay un paralelismo inquietante: en casa, tardamos tres años en reconocer a los policías heridos por ciudadanos estadounidenses. Afuera, expandimos sin titubeo los objetivos de bombardeo en un país de 88 millones de personas.

En los grupos de WhatsApp de la comunidad iraní en Nueva York, hay pánico controlado. Familias calculan: ¿Cuánto dinero necesitamos ahorrar si Irán entra en crisis económica? ¿Podemos conseguir un abogado de inmigración si nuestro estatus cambia por ser ciudadanos de una nación en guerra con EE.UU.? ¿Y si hay represalias aquí contra iraníes o personas de aspecto persa?

Trump promete "golpear muy fuerte". Pero los que sienten el golpe no son los líderes en palacios. Son Mehrdad en Queens. Son los trabajadores de la refinería en Abadán. Son las madres que calculan cuánta comida cabe en el presupuesto si la economía colapsa.

Cuando un presidente amenaza con expandir una lista de objetivos militares, cuando deliberadamente ataca infraestructura civil que alimenta y electrifica ciudades enteras, cuando hace esto con el apoyo silencioso de un Congreso demasiado ocupado mirando hacia adentro, alguien tiene que preguntar: ¿A quién le importa lo que suceda después?

A la gente que trabaja. A la gente que no aparece en los reportes de seguridad nacional. A la gente como Mehrdad, esperando un mensaje de su hermana que tal vez nunca llegue.


Por Diana Torres