Los que no se prestan

Del Kurdistán a Sonora, hay una pregunta que el poder nunca quiere escuchar: ¿para qué guerra nos están reclutando?

En algún punto del camino entre Erbil y Sulaymaniyah, un funcionario kurdo le dijo a los periodistas algo que no suele escucharse en los comunicados de guerra: no somos armas de alquiler. Lo dijo sin aspavientos, con la parsimonia de quien lleva décadas siendo cortejado por potencias que luego lo olvidan cuando ya no sirve. Lo dijo como quien ha aprendido, a costos enormes, que cuando un imperio te llama aliado, conviene preguntarse aliado de qué, y hasta cuándo.

Esa frase —tan desnuda, tan antigua en su sabiduría— llegó esta semana desde el norte de Irak mientras Israel anunciaba tres semanas más de operaciones militares contra Irán y Washington volvía a mover sus fichas en un tablero que otros pagan con sangre. El Kurdistán, que ha sobrevivido a otomanos, baazistas, iraníes y norteamericanos, decidió decir en voz alta lo que muchos pueblos saben pero raramente pueden permitirse nombrar: que hay guerras que no son tuyas aunque te las pongan enfrente.


Hay un mecanismo que los analistas llaman proxy warfare —guerra por interpósita persona— pero que en los barrios, en los mercados, en las cocinas donde la gente habla de verdad, se llama de otra manera: que se maten entre ellos, pero con los nuestros. Es la lógica de los imperios desde siempre: encontrar a alguien dispuesto a pelear tu guerra a cambio de promesas que rara vez se cumplen. Armas, dinero, reconocimiento diplomático, visas. Y cuando termina, el proxy queda solo con sus muertos y con una frontera que nadie respeta.

Los kurdos lo saben de memoria. Fueron promesa y olvido en 1975, cuando Kissinger los usó contra Irak y luego los abandonó sin parpadear. Fueron héroes globales en 2014, cuando derrotaron al ISIS con una valentía que los medios occidentales filmaron con drones y emoción contenida. Y luego, en 2019, Trump retiró las tropas y los dejó frente a la ofensiva turca. La historia se repite con tanta regularidad que ya no es ironía: es política exterior.

Por eso la declaración de esta semana no es solo diplomacia. Es memoria histórica hecha comunicado de prensa.


A miles de kilómetros de Erbil, en ciudades como Culiacán, Tijuana o Sonora, hay otra guerra que también tiene sus reclutas involuntarios. Los operativos del gobierno de Trump —157 muertos en lo que va del año en acciones contra el narcotráfico en la frontera— no son solo cifras de seguridad. Son comunidades enteras convertidas en campo de batalla de una disputa que tampoco es completamente suya. El fentanilo que mata en Ohio se produce con precursores que vienen de China, se procesa en México y se vende en Estados Unidos. La cadena del horror es transnacional. Los muertos, en cambio, tienden a quedarse de un solo lado.

Y mientras eso ocurre, Trump amenaza con no firmar legislación hasta que el Congreso apruebe restricciones al voto. El chantaje como instrumento de gobierno. La democracia como moneda de cambio. No es que sea nuevo —el poder siempre ha condicionado— pero la desnudez con que se hace hoy tiene algo que merece nombrarse: es la exhibición de que las reglas ya no se disimulan. Antes se rompían en privado. Ahora se rompen en X, ante millones de seguidores, como demostración de fuerza.


Hay algo que la gente siente en estas semanas y que no siempre tiene palabras para articular. Es una mezcla de agotamiento y extrañeza, una sensación de que el mundo se mueve con una lógica que no te incluyó en la decisión pero sí te incluirá en las consecuencias. Que alguien, en algún cuarto que nunca verás, decidió que esta semana habrá guerra en el Medio Oriente, que esta semana habrá operativos en la frontera, que esta semana la democracia vale menos que una negociación legislativa.

Es lo que el sociólogo C. Wright Mills llamaba la sensación de estar atrapado: cuando los problemas personales —el miedo, la incertidumbre, el no saber si habrá trabajo o paz— en realidad son problemas públicos disfrazados de fallas individuales. La gente en las ciudades fronterizas no tiene miedo porque sea cobarde. Tiene miedo porque vive en el cruce de intereses que no controla. Los jóvenes kurdos no quieren morir en una guerra israelo-iraní no porque les falte convicción política, sino porque tienen la suficiente para saber que no es su guerra.

Reconocer eso —que el miedo y la fatiga tienen causas estructurales, no morales— es quizás el primer acto de lucidez disponible para quien vive en los márgenes de los mapas que otros trazan.


Vuelvo a la frase del funcionario kurdo porque me parece que contiene algo más que una postura diplomática. No somos armas de alquiler. Hay en esas palabras una reivindicación de la propia humanidad frente a la lógica instrumental del poder. No somos instrumentos. No somos recursos. No somos el costo que se externaliza cuando la ecuación geopolítica cambia.

Es, en el fondo, la misma afirmación que hacen los trabajadores cuando se niegan a asumir los riesgos del patrón. La misma que hacen las comunidades indígenas cuando rechazan que sus territorios sean el sacrificio necesario para el crecimiento de otro. La misma que, en distintas lenguas y con distintas historias, repiten los que están hartos de ser la variable de ajuste de decisiones que nunca tomaron.

El mundo esta semana se mueve entre guerras declaradas y guerras domésticas, entre chantajes legislativos y operativos armados, entre tableros de ajedrez que se juegan desde capitales lejanas. Y en algún punto de ese movimiento, hay personas —en Erbil, en Sonora, en cualquier ciudad donde el poder llega como consecuencia y no como conversación— que miran la pantalla y sienten algo que no es exactamente miedo ni exactamente rabia.

Es el cansancio de siempre ser la respuesta a una pregunta que nunca te hicieron.

Y a veces, como esta semana desde el Kurdistán, alguien lo dice en voz alta. No para cambiar el tablero. Solo para que conste que sabían perfectamente cuál era el juego.


Por Roberto Medina