Los cuerpos que no cuentan en los mapas de guerra

Mientras Israel planea semanas más de bombardeos y Trump convierte la ley en chantaje, hay geografías humanas que los estrategas nunca visitan

Barzan Mahmoud tiene treinta y cuatro años y cultiva tabaco en las afueras de Sulaymaniyah, en el Kurdistán iraquí. No aparece en ningún cable de agencia. Nadie lo entrevistó cuando los misiles israelíes sobrevolaron el espacio aéreo iraní la semana pasada, ni cuando los funcionarios en Washington empezaron a llamar discretamente a intermediarios kurdos para explorar si las milicias de la región podrían servir como palanca de presión contra Teherán. Barzan simplemente supo, como saben las personas que viven cerca de las fronteras donde otros deciden sus guerras, que el suelo bajo sus pies volvía a calentarse.

Eso es lo que me importa esta semana. No el análisis estratégico —hay suficientes columnistas en Washington y Tel Aviv dispuestos a hacer ese trabajo—, sino la distancia entre los salones donde se planean tres semanas más de operaciones militares y los campos donde esa planificación aterriza en carne.

El mecanismo: cuando la guerra se convierte en calendario

Israel anunció formalmente que sus operaciones contra Irán se extenderán al menos tres semanas más. La formulación es clínica, casi burocrática: operaciones militares, fases, objetivos estratégicos. El lenguaje del comunicado de seguridad nacional tiene la asepsia de un informe de auditoría. Lo que no dice —lo que nunca dice— es cuántas personas en Irán, en Irak, en la frontera siria, en el Kurdistán iraquí, reorganizarán sus vidas alrededor de ese calendario que nadie les preguntó si aceptaban.

Paralelo a esto, medios estadounidenses reportan que funcionarios de la administración Trump han sondeado a actores kurdos sobre su disposición a participar, de alguna forma, en el cerco a Irán. La respuesta fue inequívoca y, francamente, digna: los líderes kurdos rechazaron ser utilizados como armas de alquiler. La frase no es metáfora ni retórica —es la descripción exacta de lo que se les estaba ofreciendo.

La historia del pueblo kurdo con las potencias que los usan y los abandonan es tan larga que ya tiene su propio patrón. En 1975, Henry Kissinger cerró un acuerdo con Bagdad y retiró el apoyo a los kurdos iraquíes de un día para otro. En 2019, Trump ordenó la retirada de tropas del noreste de Siria y dejó expuestos a los kurdos sirios frente al avance turco. El mismo Trump que hoy necesita palancas en la región. La memoria es larga en los territorios donde otros libran sus guerras.

La cadena de responsabilidad

Seamos precisos sobre quién decide qué.

El gabinete de seguridad israelí, encabezado por Benjamin Netanyahu, tomó la decisión de extender las operaciones militares. Netanyahu enfrenta presiones legales internas —su proceso por corrupción sigue activo— y una coalición de gobierno que depende de los sectores más radicales del espectro político israelí. Los analistas independientes llevan meses documentando cómo las decisiones militares y las necesidades políticas domésticas del primer ministro se han vuelto difíciles de separar. Eso no es especulación —es lo que consigna la prensa israelí, no la árabe.

En Washington, la administración Trump opera en un registro distinto pero igualmente revelador. Esta semana, el presidente amenazó con no firmar legislación del Congreso a menos que se incluyan restricciones al acceso al voto. No es una negociación política —es el uso de la función legislativa como instrumento de extorsión electoral. Al mismo tiempo, sus operativos antidrogas han dejado 157 muertos en lo que va del año según registros de organizaciones de derechos humanos. Ciento cincuenta y siete. Cada uno con un nombre que los boletines de prensa no incluyen.

La conexión no es retórica. Es estructural: una administración que trata la democracia como moneda de cambio en su propio país no tiene ningún incentivo para tratar la soberanía de otros países como límite real. Los kurdos lo entendieron antes que muchos analistas.

La pregunta que nadie hace

¿Por qué el debate sobre la legalidad de la ofensiva israelí —que existe, que es legítimo, que involucra a juristas serios de derecho internacional— se desarrolla casi exclusivamente en términos de si Israel tiene el derecho de actuar, y casi nunca en términos de qué le sucede a la gente que no eligió estar en medio?

El debate legal es importante. Pero tiene un efecto secundario que vale la pena nombrar: convierte la guerra en un problema de procedimiento. Si los abogados concluyen que la acción es legal, el asunto queda saldado. La persona que vive bajo la trayectoria de los misiles no aparece en ningún artículo del derecho internacional humanitario como sujeto con agencia —aparece como víctima potencial a proteger o, si la protección falla, como daño colateral a lamentar.

Barzan Mahmoud cultiva tabaco. No es daño colateral. No es variable estratégica. Es alguien cuya vida ha sido reorganizada repetidamente por decisiones que se toman en idiomas que no habla, en ciudades que nunca visitará, por personas que nunca sabrán su nombre.

El cerco se cierra también aquí

Hay una tentación de tratar estos conflictos como geografías lejanas que no nos tocan. Esa tentación es un lujo que no nos podemos permitir, especialmente desde México y desde América Latina.

Las mismas lógicas que autorizan a Trump a usar la firma presidencial como chantaje electoral son las que autorizan los operativos que matan ciento cincuenta y siete personas en nombre de la guerra contra las drogas —una guerra que, con décadas de evidencia encima, no ha reducido el tráfico ni el consumo, pero sí ha perfeccionado la maquinaria de la violencia institucional.

Las mismas lógicas que permiten planear tres semanas más de bombardeos desde una sala de gabinete son las que normalizan que las personas que huyen de esas zonas de conflicto —kurdos, iraníes, iraquíes, sirios— sean tratadas en las fronteras europeas y estadounidenses como amenazas a gestionar, no como seres humanos que tomaron la única decisión que les quedaba.

La distancia entre la decisión y su consecuencia no es accidental. Es diseñada. Los que deciden necesitan esa distancia para decidir lo que deciden.

El cierre que no absuelve

Israel tiene tres semanas más de operaciones planeadas. Trump tiene una lista de legislación que no firmará hasta obtener lo que quiere. Los kurdos dijeron que no serán mercenarios, y esa negativa los dejará más solos que antes, como siempre.

Y Barzan Mahmoud esta mañana salió a su parcela de tabaco sin saber si los próximos movimientos en el tablero regional van a convertir su frontera, una vez más, en la línea que alguien más necesita cruzar.

Lo que me pregunto, y se lo dejo al lector sin respuesta fácil, es cuántas veces más vamos a aceptar que el lenguaje de la estrategia reemplace al lenguaje de la responsabilidad. Cuántas veces más vamos a leer operaciones militares extendidas sin preguntar extendidas sobre quién.

El mapa de la guerra siempre tiene escala. Lo que no tiene es la capacidad de mostrar lo que se pierde en la reducción.


Por Carmen Delgado