Los cuerpos que no aparecen en los mapas de guerra
Mientras Israel extiende su ofensiva y Trump blinda su poder, hay personas que cargan con costos que nadie contabiliza. Hoy, Semilla News pregunta por ellas.
Fatima tiene veintisiete años y vive en Erbil, capital de la región autónoma del Kurdistán iraquí. Trabaja en una pequeña imprenta familiar que su padre fundó hace veinte años, cuando la zona empezaba a respirar algo parecido a la estabilidad. En los últimos días, Fatima no ha dormido bien. No porque haya bombardeos cerca —por ahora no los hay—, sino porque escucha a los líderes de su región decir en voz alta lo que ella ya sabía: que alguien, desde Washington o desde Tel Aviv, volvió a señalar hacia las montañas donde vive su gente y dijo ahí hay aliados útiles. Y Fatima sabe lo que significa ser útil en la gramática de las grandes potencias.
Esta semana, Israel anunció que extenderá sus operaciones militares contra Irán por al menos tres semanas más. El gobierno de Benjamin Netanyahu habla de "objetivos estratégicos" y "fases operativas" con la precisión clínica que usan los estados cuando quieren que la guerra suene a administración. Al mismo tiempo, desde Washington, la administración Trump explora qué actores regionales podrían servir de palanca en el conflicto. El liderazgo kurdo respondió con una claridad que rara vez se escucha en la política internacional: no somos mercenarios, no somos armas de alquiler. Fue el primer ministro del Kurdistán, Masrour Barzani, quien lo dijo sin eufemismos. Y esa frase —sencilla, directa, casi inusual en el lenguaje diplomático— merece detenerse a leerla más de una vez.
Porque lo que el liderazgo kurdo está nombrando es algo que los mapas de guerra sistemáticamente omiten: que hay comunidades enteras que cargan con las consecuencias de conflictos que no diseñaron, que no eligieron y que no controlan. Los kurdos llevan décadas siendo incorporados a las estrategias de otros —Turquía, Irak, Siria, Estados Unidos, Irán— como fichas en un tablero donde ellos no tienen voz sobre las reglas del juego. Que hoy digan no es un acto político de primera magnitud, aunque los grandes medios lo registren como una nota menor en la cobertura del conflicto.
Semilla News no tiene una posición ingenua sobre Irán ni sobre Israel. Este editorial no es una defensa del régimen de los ayatolas ni una condena abstracta del Estado israelí. Lo que sí podemos decir, con evidencia y sin ambigüedad, es esto: una guerra que se extiende semana a semana, que se anuncia en conferencias de prensa con lenguaje de gerencia, que se pelea con tecnología de precisión pero que mata con imprecisión cotidiana, es una guerra que alguien está pagando con el cuerpo. Y ese alguien casi nunca aparece en los análisis geopolíticos.
Los cuerpos que no aparecen en los mapas no son una metáfora. Son personas reales en zonas de amortiguamiento, en ciudades fronterizas, en comunidades que quedaron del lado equivocado de una línea que alguien trazó hace cien años en una conferencia europea. Son trabajadores de la salud que operan en condiciones imposibles. Son familias que no pueden planear el mes siguiente porque no saben si el mes siguiente existirá tal como lo conocen.
Al mismo tiempo, en Estados Unidos, Donald Trump utilizó esta semana la amenaza de bloquear legislación para presionar al Congreso en torno a restricciones al voto. La táctica es conocida: usar el poder ejecutivo como palanca para avanzar agendas que no tienen los votos suficientes por la vía ordinaria. No es un escándalo nuevo, pero sí es una señal del momento: mientras la atención global está puesta en el Medio Oriente, la erosión institucional avanza en Washington con menos ruido que los misiles.
No es coincidencia que ambas cosas ocurran al mismo tiempo. Los gobiernos que concentran poder hacia adentro tienden a expandirse hacia afuera cuando la política doméstica se complica. La guerra tiene esa utilidad terrible: desplaza la conversación, organiza la narrativa nacional en torno al enemigo externo, y hace que las restricciones al voto, los operativos que dejaron 157 muertos en operaciones antidrogas, o el desmantelamiento de garantías civiles parezcan detalles técnicos en comparación con la amenaza mayor.
Semilla News considera que esa arquitectura del desplazamiento es, en sí misma, una forma de violencia política. Cuando la guerra sirve para hacer invisible lo que pasa adentro, los dos frentes se alimentan mutuamente.
Lo genuinamente difícil en todo esto —y sería deshonesto no reconocerlo— es que no hay una salida limpia que podamos señalar desde aquí. El conflicto entre Israel e Irán tiene capas históricas, religiosas y geopolíticas que no se resuelven con una posición editorial. La pregunta sobre qué hacer con un régimen iraní que reprime a su propio pueblo mientras desafía el orden regional no tiene respuesta simple. Tampoco la tiene la pregunta sobre cómo proteger a la población civil israelí sin perpetuar un ciclo de violencia que lleva décadas sin resolverse.
Lo que sí podemos hacer —lo que el periodismo puede hacer cuando funciona bien— es negarnos a que esa complejidad sirva de coartada para no preguntar por los de abajo. La complejidad geopolítica es real. Pero no puede ser la razón por la que Fatima, en Erbil, no aparezca en la cobertura. No puede ser la razón por la que los kurdos sean noticia solo cuando alguien quiere usarlos, y no cuando deciden no dejarse usar.
Fatima esta mañana abrió la imprenta. Imprimió los pedidos que tenía. Le mandó un mensaje de voz a su madre, que vive a dos horas en carretera. Hizo lo que hace la gente cuando la historia grande amenaza con pasarles encima: seguir adelante con los gestos pequeños que sostienen la vida.
Lo que este medio se pregunta hoy, y lo que le dejamos al lector, es esto: ¿cuántas Fatimas caben en un mapa de guerra? ¿Y cuántos mapas de guerra necesitamos antes de empezar a hacerlos de otra manera?
Por Isabel Vega