Mientras el Pentágono pide 200 mil millones, aeropuertos colapsan y la prensa pierde acceso a información crítica
Son las 6 de la mañana en el aeropuerto JFK. María lleva una maleta con documentos médicos de su madre en Colombia. Su vuelo salía hace dos horas. En la fila de seguridad, los agentes de la TSA revisan pasaportes con la misma precisión de siempre, pero con una diferencia crucial: nadie les ha pagado en cinco semanas.
No es un acto de resistencia. Es un gobierno que no puede ni financiarse a sí mismo.
Este es el estado actual de Estados Unidos: un cierre parcial del gobierno que ha dejado sin fondos al Departamento de Seguridad Nacional durante cinco semanas. Los aeropuertos estadounidenses funcionan en crisis. Los agentes de la TSA, la agencia que decide quién entra y quién no en los vuelos comerciales, trabajan sin sueldo. Las esperas superan las horas. Los retrasos se multiplican. Y en Washington, mientras tanto, hay dinero. Todo el dinero que se necesita.
Pero no para aeropuertos. Para tanques.
El Pentágono acaba de solicitar 200 mil millones de dólares en financiamiento adicional. Doscientos mil millones. Es decir, mientras María espera en una fila de seguridad porque el gobierno no puede pagarse a sí mismo, el Departamento de Defensa prepara un presupuesto de guerra. El Senado debate la Ley SAVE, que protegería a los inmigrantes de una deportación si cumplen requisitos específicos, al mismo tiempo que discute cuántos miles de millones más invertir en armamentos.
La irracionalidad es tan evidente que nadie se sorprende. Esa es la parte más peligrosa.
Los agentes de la TSA que María ve en JFK son trabajadores federales. No eligieron esto. Vinieron a trabajar porque es su trabajo. Algunos llevan 20 años en esa posición. Algunos tienen hipotecas. Algunos tienen hijos en la universidad. Y todos ellos descubrieron hace cinco semanas que el Congreso no podía tomar una decisión tan básica como: ¿vamos a pagar a la gente que trabaja para nosotros?
Es una pregunta que parece tonta cuando la haces en voz alta. Pero es real. Y mientras esperas la respuesta, estás en una fila de seguridad en JFK sin saber si tu vuelo va a salir.
Lo que pasó después es aún más revelador. En medio de este caos operacional, en medio de agentes de seguridad trabajando sin paga, en medio de familias perdiendo sus vuelos, un juez federal dictaminó algo que debería haber sido obvio: el Pentágono no puede censurar a la prensa.
Pero lo estaba haciendo. El Departamento de Defensa exigía a reporteros que firmaran acuerdos sobre qué información podían recopilar, qué podían escribir, qué tenían derecho a saber. Lo hacía bajo el argumento de la seguridad nacional. El juez lo vio por lo que realmente era: censura. Una violación clara de la Primera Enmienda.
Si no puedes informar sobre lo que hace el Pentágono, no puedes fiscalizarlo. Si no puedes fiscalizarlo, gasta lo que quiera sin que nadie rinda cuentas. Es así de simple.
Así que aquí está el cuadro completo: un gobierno que no puede pagarse a sí mismo está pidiendo 200 mil millones de dólares adicionales para defensa, mientras los agentes que aseguran los aeropuertos trabajan sin sueldo, y mientras intenta esconder lo que hace de la vista pública.
María finalmente abordó su vuelo a las 8 de la noche. Llegó a Colombia con ocho horas de retraso. Los documentos médicos de su madre perdieron valor porque los turnos se cancelaron. Ella pagó su boleto aéreo. El gobierno que aseguró ese vuelo no pudo pagar a los que lo hicieron posible.
Mientras tanto, en el Pentágono, alguien redacta solicitudes de presupuesto en oficinas donde nadie parece preguntarse: ¿de quién es este dinero? ¿De quién lo estamos quitando?
La respuesta está en cada fila de aeropuerto. En cada agente sin sueldo. En cada familia sin vuelo. En cada reportero censurado.
Está en María, que llegó tarde a despedirse de su madre. Estaba en dinero que no llegó a gente que lo necesitaba. Dinero que, en cambio, se fue a un lugar donde nadie puede mirar ni preguntar.
Aunque un juez acaba de decir que sí se puede.
Ahora veremos si alguien lo escucha.
Por Diana Torres