Demócratas advierten que el presupuesto militar desfinancia Medicare mientras el país enfrenta crisis de acceso a la sanidad

La propuesta de presupuesto militar de Donald Trump vuelve a exponer la verdadera anatomía del poder en Estados Unidos: mientras millones de estadounidenses luchan para pagar sus medicinas, el gobierno está dispuesto a gastar 1.5 billones de dólares en defensa.

Es la lógica de siempre, pero dicha en números brutales. Un billón y medio. Para guerra. Para armamentos. Para bases militares en el extranjero. Para contratistas de defensa que ya son multimillonarios.

La propuesta llegó acompañada de lo que también es costumbre: recortes a programas de salud. Medicare en la mira. Medicaid bajo presión. El sistema de salud pública de este país, que ya deja morir a gente que no puede pagar insulina, vería reducidos sus recursos mientras la máquina militar continúa expandiéndose.

El senador demócrata Tim Kaine no se anduvo con rodeos al criticar la solicitud. Su argumento es el que cualquier persona con un sueldo de trabajador entiende de inmediato: no puedes estar gastando billones en guerras extranjeras mientras le quitas dinero a la gente que necesita medicina para vivir. La lógica es tan simple que duele que sea necesario recordarla en el Congreso.

Wes Moore, gobernador de Maryland, fue más directo aún. Se opuso explícitamente a los cortes de salud durante la guerra. Durante la guerra. Como si hubiera un momento en el que sea apropiado desfinanciar la salud de tu población. Como si la guerra fuera una excusa legítima para que la gente muera de diabetes porque no puede pagar la insulina.

Esto no es accidental. No es un error de presupuesto. Es una decisión política deliberada que refleja dónde están las verdaderas prioridades del poder en Estados Unidos: no en la gente que trabaja, sino en los aparatos de guerra y en los intereses corporativos que se benefician de ellos.

Hablemos de números para que quede claro. Un billón y medio de dólares es dinero que no irá a construir hospitales en comunidades donde el acceso a la salud es casi nulo. Es dinero que no irá a investigación en enfermedades que matan a decenas de miles de estadounidenses cada año. Es dinero que no irá a subsidiar medicamentos o a hacer la insulina asequible. Es dinero que no irá a entrenar médicos, a mejorar salarios de enfermeras, a equipar clínicas públicas.

En cambio, irá a financiar lo que el complejo militar-industrial estadounidense hace mejor: mantener presencia global, desarrollar nuevas armas, sostener un imperio que cuesta más de lo que cualquier administración está dispuesta a reconocer públicamente.

Y aquí está lo que raramente se dice en los medios convencionales: este presupuesto militar no hace más seguro a Estados Unidos. Hace más rico a Lockheed Martin, a Boeing, a Raytheon, a todas las corporaciones que viven de la guerra. La seguridad de un país se construye con educación, con salud pública robusta, con vivienda digna, con comunidades que funcionan. Eso no genera tanto ganancia para los contratistas.

Los demócratas que se oponen a esta propuesta están en lo correcto, pero es importante ser claro: esta no es una batalla nueva. Han estado pidiéndole al gobierno que priorice la salud sobre la guerra durante décadas, y la respuesta sistemática ha sido un no. Porque en Washington, la salud del pueblo común no es negocio. La guerra sí.

Mientras tanto, en las comunidades de Estados Unidos, la gente sigue eligiendo entre medicinas y comida. Sigue muriendo de enfermedades que serían tratables en cualquier país desarrollado que hubiera decidido gastar su dinero de forma diferente. Sigue viendo cómo sus hijos reciben educación en escuelas descuidadas mientras el presupuesto de defensa crece año tras año.

La propuesta de Trump es solo la versión más explícita de algo que ha sido verdad por mucho tiempo: en Estados Unidos, los billones de dólares siempre están disponibles para la guerra. Nunca para la gente.

Los senadores demócratas que se oponen están plantando una semilla importante. Pero la historia ha mostrado que una semilla no es suficiente cuando el poder real está en las corporaciones de defensa, no en los votantes. La pregunta que importa ahora es si esa oposición puede convertirse en algo más: en un movimiento real de gente ordinaria exigiendo que su gobierno gaste en salud, no en guerra. Eso ha pasado antes. Puede pasar de nuevo. Pero tendrá que venir de abajo. Tiene que venir de la gente.


Por Fernando Lopez