La reforma constitucional entra en vigor. Analizamos cómo afecta a salarios, empleos y la vida de millones de mexicanos
Esta madrugada, cuando muchos mexicanos dormían, el Diario Oficial de la Federación publicó un documento que cambiará la vida laboral de millones. La reforma constitucional que reduce la jornada semanal de 48 a 40 horas entró en vigor el 3 de marzo de 2026. No es una promesa futura. Es ley desde hoy.
Para entender qué significa esto, hay que empezar donde siempre: en las mesas de las casas mexicanas. Un trabajador que labora 48 horas semanales en una fábrica, en un mostrador, en una construcción, acaba de ganar 8 horas a la semana. Si trabaja cinco días, eso son poco más de 90 minutos menos cada día. Para una familia que vive al día, eso no es un detalle. Es respirar.
El salario: la pregunta que importa
Ahora bien, el Gobierno no dijo cómo se financia esto. ¿Los trabajadores cobran lo mismo por menos horas? ¿O baja el salario proporcionalmente? La reforma constitucional establece la reducción gradual, pero los detalles operativos dependerán de negociaciones entre empresarios, sindicatos y autoridades laborales en los próximos meses.
Esa es la pregunta que todo trabajador debería hacer en este momento: ¿Recibo las 40 horas al precio de 48 horas? Si la respuesta es no, entonces lo que ganamos es tiempo, pero podríamos perder dinero. Y para la mayoría de los mexicanos, tiempo sin dinero es un lujo que no pueden darse.
Históricamente, cuando se han reducido jornadas sin protecciones claras, los empresarios han trasladado la reducción de horas directamente al salario. Los trabajadores ganaban tiempo de vida, pero perdían capacidad de compra. En el mejor de los casos, ganaban ambas cosas. Pero eso solo ocurre cuando hay una correlación de fuerzas que obliga a los patrones a mantener el salario.
¿Cuál es el trasfondo económico?
México tiene una jornada de trabajo de las más largas en América Latina y el mundo. 48 horas semanales durante décadas mientras la productividad por hora trabajada se estancó. Esto no es casualidad: es un modelo que depende de exprimir horas, no de invertir en tecnología y capacitación.
La reforma responde a una demanda histórica del movimiento laboral mexicano. Los sindicatos y organizaciones de trabajadores han exigido esto durante años. Es parte del proyecto de la 4T de poner los derechos de los trabajadores en el centro. Eso es importante decirlo claro.
Pero la economía real es más complicada. México tiene 32 millones de trabajadores en la informalidad. La reforma aplica para el sector formal registrado ante el IMSS. ¿Qué pasa con los que venden en la calle, los que trabajan por encargo, los que no tienen prestaciones? Para ellos, una jornada de 40 o 48 horas es una abstracción. Trabajan 12, 14, 16 horas al día porque es la única forma de sobrevivir.
La pregunta que no podemos evadir es si esta reforma de salarios y empleos no termina siendo una reforma que divide más a la clase trabajadora: los formales, que ganaron derecho a 40 horas, versus los informales, que seguirán en el limbo.
El empleo: ¿Habrá contrataciones?
Los empresarios dirán que esto cuesta dinero. Algunos argumentarán que necesitarán contratar más personas para mantener la producción. Otros dirán que simplemente bajarán salarios o precios. La realidad dependerá del sector.
En industrias de bajo margen, como la confección o la agroindustria, donde la competencia global es brutal y los precios están en dólares, la presión será inmediata: o bajan salarios, o buscan automatizar, o cierran operaciones. En sectores más protegidos o con márgenes mayores, como algunos servicios o industria pesada, la absorción es más viable.
Este es un momento donde la política pública debe acompañar. Si el Gobierno quiere que esta reforma no se traduzca en desempleos o reducción de salarios, necesita: créditos blandos para pequeñas y medianas empresas que ajusten jornadas sin reducir nóminas, inversión en capacitación para aumentar productividad, y vigilancia estricta de que no se despida gente bajo el pretexto de la reforma.
Lo que sigue
Una reforma constitucional publicada es una victoria laboral innegable. México está diciendo que la vida fuera del trabajo también importa. Pero una cosa es escribir en la Constitución y otra es implementar sin que los costos caigan sobre los mismos trabajadores.
Los próximos meses serán decisivos. Sindicatos, empresarios y Gobierno negociarán los detalles. Los trabajadores mexicanos necesitan vigilar que lo que ganan en horas no se pierda en pesos.
Por Luis Ramos