Mientras el conflicto en Oriente Medio disrumpe energía global, la agenda de asequibilidad del presidente enfrenta su primera prueba real
Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, llevaba una promesa grabada a fuego en su agenda: gasolina barata. No era un detalle menor. En sus discursos de campaña, el precio de la gasolina era el símbolo visible de lo que él llamaba "asequibilidad" — eso que la mayoría de las personas sienten cada vez que llenan el tanque.
Hoy, menos de un mes después de su toma de posesión, esa promesa choca contra una realidad que ningún decreto presidencial controla: la guerra con Irán está disrumpiendo la infraestructura energética de Oriente Medio.
Ya hemos visto esta película antes. Los conflictos en la región petrolera no son problemas lejanos. Son mensajes que llegan directamente a tu billetera. Cuando los refineries cierran, cuando los puertos son bombardeados, cuando las exportaciones se interrumpen, el precio del petróleo sube. Y cuando el petróleo sube en los mercados globales, la gasolina sube en las bombas de Nueva Jersey, Texas, California.
Los analistas ya están advirtiendo sobre presiones inflacionarias por precios de energía. Esto no son especulaciones. Es la mecánica elemental de los mercados de commodities: menos oferta, más demanda, precios más altos. Y es especialmente problemático para alguien cuya reputación política depende de demostrar que puede controlar la inflación.
¿Dónde quedó el control?
Acá está el dilema que enfrentan los gobiernos cuando heredan una economía global conectada: tienes menos control del que crees. Trump puede cambiar politicas fiscales, puede intentar manipular tasas de interes a través de la Fed, puede presionar a las corporaciones con aranceles. Pero no puede decirle a los mercados petroleros mundiales que se comporten de una manera específica.
Lo que sí puede hacer es ser honesto sobre eso. En lugar de eso, su administración ha optado por una estrategia que hemos visto repetidamente: culpar a otros, negar los problemas, o prometer soluciones que están fuera de su alcance.
La realidad es que los precios de energía son una de las pocas cosas que un presidente norteamericano controla menos directamente. Dependen de la oferta y demanda global, de decisiones de productores en Saudi Arabia y Rusia, de conflictos geopolíticos, de decisiones de operadores de mercados de futuros. Trump lo sabe. Sus asesores económicos también. Pero la promesa de gasolina barata fue tan central a su narrativa de asequibilidad que ignorar esta realidad se vuelve cada vez más difícil.
La trampa de prometer lo imposible
Esto plantea una pregunta más amplia sobre las promesas de los políticos en temas económicos: ¿cuánto de lo que prometen está realmente bajo su control?
Trump prometió gasolina barata como si fuera una palanca que podría jalar. En realidad, es más como intentar detener un río con las manos. Puedes cambiar tu posición, puedes construir represas, puedes intentar desviar el flujo. Pero si sube el nivel del agua río arriba, el río sube. Si Irán cierra sus exportaciones, el petróleo sube.
Lo que sí está bajo control presidencial es cómo se comunica esto. Es cómo se prepara al público para realidades que no se pueden evitar. Es cómo se construyen políticas que protegen a la gente más vulnerable de los impactos de volatilidad de precios que son, en parte, inevitables.
En México, la 4T enfrentó dilemas similares con energéticos. La diferencia fue que construyó una narrativa más honesta: si queremos soberanía energética, necesitamos inversión estatal a largo plazo, necesitamos refinerías, necesitamos menos dependencia de importaciones. No fue "gasolina barata mañana" sino "refinerías propias en el mediano plazo."
El costo de la promesa
La guerra con Irán es real. Las disrupciones energéticas serán reales. Los precios más altos en las bombas serán reales. Y cuando eso suceda, millones de personas que votaron en promesas de asequibilidad enfrentarán una brecha cada vez más ancha entre lo que les prometi y lo que ven en la realidad.
Eso no es solo un problema de Trump. Es un problema de un sistema político donde se promete control sobre variables que están mayormente fuera de control. Es un problema de como la economía global funciona: integrada, vulnerable a disrupciones en cualquier punto, y desigualmente distribuida en sus impactos.
La pregunta ahora es qué hará la administración cuando los precios suban. ¿Reconocerá las limitaciones de su poder? ¿O usará las mismas tácticas de culpar a otros que otros presidentes han usado antes?
Mientras tanto, la gente que depende de gasolina asequible para ir al trabajo, para llevar a sus hijos a la escuela, para hacer sus vidas funcionar, espera. Y la promesa que parecía tan clara hace semanas comienza a desvanecerse con cada disruption que ocurre a miles de kilómetros de distancia.
Por Gabriela Cruz