En medio de tensiones con Irán, EE.UU. busca estabilizar precios energéticos. ¿Qué significa para los trabajadores estadounidenses?

En Washington, los funcionarios hablan de "exenciones" y "presiones de precios". En la gasolinera de un pueblo de Arkansas, la gente sigue viendo números altos en la bomba. Y en las oficinas donde se diseña la política energética estadounidense, parece haber una verdad incómoda que nadie quiere decir en voz alta: las sanciones a Rusia, efectivas en casi todo aspecto, tienen un costo que alguien tiene que pagar.

Esta semana, el gobierno de Estados Unidos hizo algo que hubiese sido impensable hace seis meses: flexibilizó las sanciones al petróleo ruso. No completamente — eso sería demasiado visible políticamente — pero sí lo suficiente como para que buques con crudo sancionado puedan descargar su mercancía durante los próximos 30 días.

La justificación oficial es clara: la guerra entre Israel e Irán ha generado presiones adicionales en los precios de la energía global. Con suministros ya tensos por la invasión rusa a Ucrania, añadir incertidumbre sobre Irán era demasiado. Washington prefirió aflojar ligeramente la válvula sobre Rusia antes de que los precios de la gasolina subieran aún más.

Pero déjame ser directo: esto es un reconocimiento de que la política de sanciones totales choca contra una realidad económica que golpea a los trabajadores estadounidenses. No es culpa de Biden o Trump específicamente — es culpa del sistema en el que ambos operan. Cuando hay que elegir entre castigos geopolíticos y estabilidad de precios energéticos, alguien siempre paga el precio. Y casi nunca son los banqueros ni los funcionarios de Washington.

Mientras Washington resuelve sus dilemas energéticos, el presidente Trump ha estado promoviendo otra narrativa sobre el futuro del trabajo estadounidense: los aprendizajes. La iniciativa no es nueva — muchos países europeos la dominan hace décadas — pero en Estados Unidos, donde la educación superior se ha convertido en un negocio de deuda estudiantil, los aprendizajes suenan como una alternativa prometedora.

Una fabricante de Arkansas ya se sumó al programa de Trump. Parece buena noticia: entrenamiento en el trabajo, un salario mientras aprendes, una ruta hacia el empleo estable sin necesidad de endeudarse por cuatro años de universidad. En teoría, es exactamente lo que muchas comunidades rurales y post-industriales necesitan.

Pero hay algo que me inquieta.

En Europa, los aprendizajes funcionan en contextos donde existen derechos laborales fuertes, salarios mínimos significativos y sindicatos que negocian salarios de aprendices. No son autopistas hacia la explotación laboral porque hay guardias en el camino.

En Estados Unidos, donde la densidad sindical está en mínimos históricos y donde los empresarios han ganado batalla tras batalla sobre regulación laboral, un programa de aprendizajes sin guardarraíl puede convertirse rápidamente en una forma legal de pagar salarios bajos bajo la promesa de "capacitación".

No quiero ser pesimista — la fabricante de Arkansas puede estar haciendo esto correctamente, invirtiendo real en sus trabajadores. Pero si Trump quiere que los aprendizajes sean parte de una "era dorada" para los trabajadores estadounidenses, necesita más que iniciativas corporativas voluntarias. Necesita garantías: salarios mínimos de aprendiz indexados, protección sindical, regulación estatal.

Sin eso, los aprendizajes se convierten en lo que siempre se convierten en Estados Unidos cuando se dejan al libre mercado: en una forma más barata de contratar a gente joven sin el costo de entrenamientos reales.

Dos símiles de cómo funciona el poder

Estas dos historias — la flexibilización de sanciones al petróleo ruso y la apuesta por aprendizajes — revelan algo fundamental sobre cómo funciona el poder en Estados Unidos:

Primero: cuando los precios de la energía suben, Washington busca soluciones que no toquen los intereses corporativos. No se cuestiona por qué una docena de petroleras controlan el mercado global. Se flexibilizan sanciones en su lugar.

Segundo: cuando hay que imaginar el futuro del trabajo, se privilegian iniciativas que mantienen el poder en manos de las corporaciones — aprendizajes "voluntarios" de empresas — sobre demandas genuinamente transformadoras como Medicare for All, o fortalecer sindicatos, o regulaciones laborales estrictas.

Es un patrón viejo. El poder no se reforma a sí mismo. Se adapta.

Lo que importa ahora es si los trabajadores estadounidenses — los que ven los precios de la gasolina en la bomba y los que piensan en qué hacer después de la preparatoria — entienden que sus intereses no están en los comunicados de prensa de Washington ni en los discursos de campañas electorales.

Están en la capacidad de organizarse para exigir garantías reales. En sindicatos fuertes. En regulación que proteja, no que deje a los más débiles negociando contra corporaciones gigantes.

Hasta entonces, las exenciones de sanciones seguirán siendo temporales, y los aprendizajes seguirán siendo opcionales, y el precio lo seguirá pagando el trabajador.


Por Martin Salazar