El Secretario de Estado acumula poder en momentos de giros geopolíticos; latinos transforman electoral texano
Marco Rubio no duerme tranquilo estos días. O al menos eso es lo que sugiere el acumulamiento de poder en sus manos: Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional simultáneamente, en una administración que ha prometido "sacudir" el orden mundial.
No es un cargo menor. En tiempos normales, estas dos posiciones son ocupadas por personas distintas justamente porque el conflicto de intereses es evidente. El Secretario de Estado maneja la diplomacia, las negociaciones, los tratados. El Asesor de Seguridad Nacional piensa en amenazas, en poder militar, en "intereses nacionales" — frecuentemente en tensión con lo primero. Que una sola persona controle ambas funciones significa que alguien en Washington está apostando a que la fuerza debe gobernar la mesa de negociaciones.
Rubio no es cualquier senador. Es hijo de inmigrantes cubanos, un republicano que ha basado buena parte de su carrera política en una postura agresiva hacia Cuba y Venezuela. Ahora, con el doble poder en sus manos, controlará la respuesta estadounidense a los movimientos de la región.
Y precisamente en este momento, Cuba hace un movimiento raro: libera a 51 personas de prisión, horas antes de que el presidente Díaz-Canel se dirija a la nación. ¿Coincidencia? En política internacional, casi nunca lo es.
La liberación de prisioneros en Cuba es inusual. No es un país que abre sus cárceles por optimismo. El movimiento, por pequeño que parezca a los ojos de Washington, sugiere que alguien en La Habana está intentando algo. ¿Enviar una señal? ¿Limpiar la casa antes de un discurso importante? ¿Responder a presiones diplomáticas invisibles?
Lo que es seguro es esto: Rubio verá este movimiento como confirmación de que la presión funciona. Y probablemente lo use para justificar más presión.
Pero mientras la atención de los medios tradicionales se enfoca en lo que pasa en el Caribe y en las oficinas de Foggy Bottom, algo más fundamental está ocurriendo dentro de Estados Unidos: Texas se está moviendo.
Los demócratas de Texas acaban de establecer un récord histórico de participación en las primarias. No es un dato abstracto. Es 40 años de política texana cuestionándose a sí misma. Texas ha sido republicano desde que la mayoría de nosotros nacimos. El estado que produce presidentes conservadores, que fue hogar político de George W. Bush. El estado donde los demócratas hace décadas dejaron de competir en serio porque les parecía que era gastar recursos en tierra perdida.
Ya no es tierra perdida.
Y quién está detrás de este cambio no es un misterio: los latinos. Fueron factor clave en el récord de participación. En un estado donde los latinos son casi el 40% de la población y más del 50% del crecimiento demográfico en los últimos 20 años, la política de Trump — y la de una administración que tiene a Rubio controlando la política exterior — está teniendo consecuencias políticas reales.
No es solo que voten más. Es que están votando de una manera que asusta a los republicanos. El voto latino en Texas históricamente ha sido volátil, dividido, susceptible a los mensajes de seguridad económica. Pero los latinos texanos están aprendiendo que la seguridad económica no existe si cada mañana te preocupa que el ICE toque tu puerta.
Una madre latina en San Antonio que despierta asustada de que su esposo no regrese del trabajo tiene una brújula política muy clara. No le importan los argumentos sobre "niveles de inmigración". Le importa su familia.
Esto es lo que Trump y Rubio no parecen estar calculando mientras concentran poder en Washington: que cada política dura hacia la inmigración, cada retórica agresiva, cada silbido de campaña dirigido a "los ilegales", está registrándose en comunidades que finalmente están teniendo voz electoral.
Rubio controla la política exterior. Decide cómo Estados Unidos responde a Cuba, a Venezuela, a México. Pero los demócratas texanos están intentando controlar algo más fundamental: su propio futuro.
Y Texas, después de 40 años, está escuchando.
La pregunta ahora no es si Rubio presionará más a Cuba o si habrá más giros diplomáticos agresivos. La pregunta es cuánto tiempo tardará en conectar los puntos: cada orden de deportación en Houston, cada redada en Dallas, cada política dura que anuncia desde el Departamento de Estado, es votos perdidos en una región que antes le pertenecía al Partido Republicano.
Pero probablemente descubrirá esto demasiado tarde.
Por Diana Torres