Febrero registra la caída más severa desde la pandemia. Trabajadores pagan el precio de una guerra comercial que no eligieron.
La cifra llegó sin sorpresas, pero con todo el peso de una realidad que golpea directo: en solo dos meses, Canadá perdió más de 100,000 empleos. Febrero fue el mes más crudo desde que la pandemia cerró fábricas y negocios hace seis años. No fue una crisis sanitaria esta vez. Fueron aranceles.
Los números son claros. Enero dejó su marca. Febrero fue devastador. Y detrás de cada cifra hay gente que el lunes pasado tenía empleo y el martes no sabía cómo pagar la renta.
El precio de una guerra que otros declararon
La administración Trump no inventó una excusa sofisticada. Simplemente impuso aranceles a Canadá. Y Canadá, como socio comercial dependiente del mercado estadounidense, absorbió el golpe donde más duele: en los empleos.
Esto no es economía abstracta. Es mecánica simple. Cuando Washington cierra sus mercados con aranceles, las empresas canadienses que exportan acero, aluminio, autopartes y productos forestales pierden compradores. O pierden rentabilidad. O ambas. La reacción es predecible: congela contrataciones, reduce turnos, despide.
Las grandes corporaciones tienen estrategia. Tienen abogados. Tienen acceso a políticos. El trabajador de una siderúrgica en Hamilton, Ontario, o de una planta de autopartes en Windsor, no tiene nada de eso. Solo tiene la esperanza de que alguien en Ottawa haga algo. Y mientras eso ocurre o no ocurre, no puede hipotecarse más.
Febrero: la peor caída desde antes de que aprendiéramos a vivir con el virus
Que febrero marque la caída más aguda desde la pandemia dice algo sobre la severidad. La pandemia fue un evento global de contención. Esto es una decisión política de una administración estadounidense que eligió el conflicto comercial como instrumento de presión geopolítica.
La diferencia es importante. Una pandemia es un acto de la naturaleza. Los aranceles son un acto de poder. Y cuando el poder de tu vecino más grande decide golpearte la economía, tu margen de maniobra se reduce drásticamente.
Canadá importa más de lo que exporta a Estados Unidos en términos de dependencia relativa. Eso es un hecho estructural del comercio norteamericano desde el TLCAN. Treinta años de integración profunda crearon una vulnerabilidad que ahora Trump está explotando.
Quién paga la factura
No son los accionistas de las transnacionales. Ellos tienen carteras diversificadas. No son los ejecutivos. Tienen severancias y planes de retiro blindados. La factura la paga el obrero que trabajaba turno de noche en una planta de manufactura, la trabajadora administrativa que atendía pedidos de exportación, el vendedor de equipos para la industria que ahora no tiene comisiones porque no hay ventas.
El desempleo no es un número en un boletín de prensa. Es una persona buscando trabajo mientras se agota el fondo de desempleo. Es una familia replanificando qué gastos cortar. Es un estudiante cuya familia ya no puede pagarse la universidad. Es estrés, ansiedad, depresión. Es una creciente sensación de que el sistema no te protege cuando más lo necesitas.
En Canadá, donde la clase trabajadora ha visto cómo los salarios estancados, los arriendos disparados y la deuda de estudiantes han erosionado décadas de estabilidad, esto llega en el peor momento posible. No es la primera crisis. Es la última gota para muchos.
El vacío de respuesta
El gobierno canadiense ha respondido con retóricas de negociación. Está en disputa con Washington. Busca que se reviertan o se moderen los aranceles. Pero mientras eso ocurre —si es que ocurre— la gente no tiene empleo.
No hay respuesta nacional de emergencia equivalente. No hay plan de reconversión laboral masivo. No hay inversión pública inmediata que cree empleos para absorber el desempleo generado por aranceles que Canadá no controló.
Eso es lo que diferencia una respuesta política real de una respuesta institucional. Una reconoce que los trabajadores no pueden esperar negociaciones diplomáticas. La otra cree que los números bajarán solos si las conversaciones avanzan.
Lo que sigue
En marzo y abril veremos si febrero fue un pico o el inicio de una tendencia. Los indicadores económicos adelantados sugieren más presión. La confianza empresarial cae. Las proyecciones de inversión se contraen.
Esto no terminará porque el conflicto comercial no terminará pronto. Canadá necesita una estrategia que vaya más allá de diplomacia: inversión pública en sectores que no dependan de mercados estadounidenses, protección de salarios durante transiciones de empleo, recursos para reentrenamiento. Cosas que toman tiempo. Que requieren dinero. Que políticamente cuestan.
Mientras eso se debate en Ottawa, en las ciudades y pueblos de Canadá hay gente que necesita trabajar ahora.
Los números son precisos. La realidad es mucho más cruda.
Por Fernando Lopez