Desde ataques a escuelas en Irán hasta retórica antimusulmana sin respuesta, pasando por vínculos con Epstein en los Juegos: la política estadounidense enfrenta preguntas incómodas

El 28 de febrero de 2026 quedará marcado en las memorias de quienes siguen las tensiones geopolíticas: un ataque con misiles impactó una escuela para niñas en Teherán. La noticia generó demandas inmediatas de explicaciones en el Congreso estadounidense, legisladores preocupados por una escalada que nadie parece controlar completamente. Pero mientras algunos en Washington exigían respuestas sobre qué pasó en Irán, otros problemas domésticos —igualmente alarmantes— permanecían en un incómodo silencio.

Este es el patrón que define el momento político actual en Estados Unidos: crisis que se solapan, indignación selectiva, y un liderazgo que elige cuidadosamente qué merece su atención.

La retórica que crece sin frenos

Mientras legisladores demandaban explicaciones sobre Teherán, un fenómeno diferente tomaba forma dentro del propio Congreso. Un número creciente de republicanos ha adoptado una retórica abiertamente antimusulmana, haciendo declaraciones sobre la ley Sharia y la religión musulmana con un tono que hace una década habría generado respuestas inmediatas del liderazgo del partido.

Pero eso era entonces. Ahora, el silencio es ensordecedor.

El liderazgo republicano ha mostrado poco rechazo público a estas afirmaciones. No hay correcciones de minoría, no hay declaraciones sobre los valores del partido, no hay distancia entre los líderes y quienes pronuncian estas palabras. Es un cambio notable respecto a años anteriores, cuando incluso en el seno del Partido Republicano había quienes se sentían obligados a marcar límites públicos frente a la retórica de odio.

Lo que está sucediendo es claro: la normalización. Cuando el liderazgo no responde, cuando no hay consecuencias públicas, cuando los colegas no se sienten obligados a distanciarse, la retórica deja de ser excepcional. Se convierte en parte del paisaje político aceptable.

Y eso importa, especialmente cuando hay ataque a una escuela de niñas en otro país generando tensiones internacionales. La retórica antimusulmana doméstica no existe en un vacío. Alimenta narrativas, justifica posturas, prepara el terreno para que los ciudadanos acepten políticas y posiciones que de otro modo rechazarían.

Los Ángeles enfrenta sus propios demonios

Mientras tanto, en la costa oeste, Los Ángeles se prepara para albergar los Juegos Olímpicos de 2028 bajo una nube de sospecha que no se puede ignorar.

El ayuntamiento votó unánimemente —una rareza en sí misma— para investigar a Casey Wasserman, jefe de LA28, por sus conexiones documentadas con Jeffrey Epstein. La moción es clara: determinar si existen conflictos de interés antes de que la ciudad reciba a miles de atletas, visitantes y, críticamente, menores de edad de todo el mundo.

La unanimidad del voto es significativa. No es un ataque partidista. Es preocupación institucional sobre quién está al frente de un evento de magnitud mundial. Las conexiones con Epstein no son teorías, son documentadas. Y la pregunta que Los Ángeles se hace es la que cualquier ciudad responsable debería hacerse: ¿qué garantías tenemos de que este evento protegerá a quienes es más vulnerable proteger?

Aquí también hay un silencio incómodo. Los Juegos Olímpicos son una máquina de relaciones públicas, de narrativas controladas. La última cosa que la estructura de poder alrededor de LA28 querría es una investigación que haga preguntas incómodas sobre quién está en la cúpula de decisión.

El hilo que conecta

Tres crisis, tres contextos diferentes, pero un hilo que las atraviesa: la normalización de lo inaceptable.

En el caso de Irán, vemos cómo la escalada sucede con legisladores pidiendo explicaciones pero sin que haya claridad sobre quién autoriza, quién ordena, quién es responsable.

En el caso de la retórica antimusulmana, vemos cómo la ausencia de respuesta del liderazgo convierte lo extremo en ordinario.

En el caso de Wasserman, vemos cómo la magnitud del evento y los intereses involucrados pueden hacer que preguntas obvias se demoren en hacerse.

Los ciudadanos merecen liderazgo que responda a todas estas preguntas con la seriedad que merecen. No respuestas parciales o selectivas, sino liderazgo que entienda que la credibilidad democrática depende de la consistencia: si importan los derechos de las niñas en Teherán, deben importar también las garantías de seguridad para menores en Los Ángeles. Si hay rechazo a la violencia internacional, debe haber rechazo a la retórica de odio doméstica.

La pregunta que Washington debe hacerse no es cuál de estos problemas es más importante. Es por qué algunos merecen atención urgente y otros se pueden dejar en silencio.


Por Alejandra Flores