Mientras seis militares estadounidenses pierden la vida en Irak, la administración Trump intenta sostener un conflicto que ya pierde respaldo en las calles
En una base aérea de Irak occidental, seis miembros de la tripulación de un avión de reabastecimiento murieron el jueves cuando su nave se estrelló durante operaciones contra Irán. Son las primeras bajas confirmadas en una guerra que entró hace tres semanas en su fase activa y que ya muestra señales de debilitamiento político en casa.
Para entender qué significa esto, hay que pensar en lo que representa cada nombre, cada familia recibiendo una llamada que cambia todo. Seis personas que se despertaron una mañana en uniforme, que escribieron cartas de despedida por protocolo, que volaban en misiones de reabastecimiento —trabajo logístico, no de combate directo— y que no volvieron. Eso es lo primero que sus padres, sus parejas, sus hijos conocerán de esta guerra.
Pero hay algo más que está preocupando a la administración Trump: el apoyo público está cayendo. Y eso es raro. En Estados Unidos, las primeras semanas de cualquier conflicto suelen venir con un efecto bandera — un aumento temporal de apoyo mientras la población se cierra detrás del presidente. Es casi automático. Los medios televisivos ponen música épica, los políticos republicanos hablan de victoria rápida, la Casa Blanca redacta comunicados sobre operaciones "quirúrgicas" y precisas.
Esta vez, algo no está funcionando así.
Tres semanas ya en combate directo y el mensaje oficial es que hay que "reenfocarse en ganar." Piensa en eso: si estuvieras ganando una guerra, ¿tendrías que recordarle a la gente que estás ganando? La realidad es que la administración Trump está en modo contención de daños políticos. Cada muerte de soldado estadounidense que sale a la luz pública es un problema de relaciones públicas. Cada semana que pasa sin una victoria declarada es un problema de credibilidad.
El Pentágono reporta los números con lenguaje técnico — "operaciones contra Irán," "incidente de seguridad," "pérdida de aeronave" — pero debajo de eso hay un problema matemático que no se puede esconder: mientras más semanas pasen, más bajas habrá; mientras más bajas, más familias escribirán cartas de indignación; mientras más cartas de familias indignadas, menos gente votará por continuar la guerra.
Los números de apoyo público en caída son el indicador más político. No es que haya un movimiento organizado de protesta masiva en las calles — aunque los hay —, sino que la aceptación tácita de la guerra se está erosionando. Las encuestas empiezan a mostrar lo que los sociólogos saben desde Vietnam: el apoyo a una guerra decrece matemáticamente con cada víctima estadounidense y cada semana sin victoria clara.
Para la clase trabajadora estadounidense, esto tiene un costo económico directo que la mayoría de analistas no está señalando. Mientras el gobierno gasta miles de millones en operaciones militares en Oriente Medio, hay hospitales sin recursos, escuelas públicas sin presupuesto, trabajadores sin seguro médico. Es la misma lógica de siempre: los que van a morir en una guerra son hijos de trabajadores; los que se benefician del gasto militar son contratistas de defensa, empresas de energía, fondos de inversión. Seis muertos en Irak significan seis familias que pierden un ingreso, seis historias de duelo, seis recordatorios de para quién realmente trabaja el estado estadounidense.
La pregunta que está implícita en esos números de apoyo decreciente es la que la administración Trump teme escuchar en voz alta: ¿para qué? ¿Qué ganamos con esta guerra? ¿Irán dejará de existir? ¿Los precios bajan? ¿Los trabajadores estadounidenses ganan derechos o salarios?
Mientras Trump intenta reenfocarse en su mensaje de victoria, en México y América Latina se ve un patrón que ya conocemos bien: cada vez que Washington entra en una guerra, los precios de la energía suben, la volatilidad del dólar aumenta, los gobiernos latinoamericanos son arrastrados a presiones que no pidieron. México está en la frontera literal de ese caos. Trabajadores en maquilas, transportistas, pequeños comerciantes — todos ellos ya sentirán el impacto antes de que se vea en los titulares.
Tres semanas adentro, seis muertos sobre la mesa, y un apoyo público que se desmorona. Es el momento en que los gobiernos normalmente ponen más dinero en propaganda, o buscan un incidente que renueve el furor patriótico, o declaran una victoria parcial para poder salir del conflicto sin admitir derrota. Lo que es cierto es que cada día que pasa en esta guerra, menos gente en Estados Unidos cree que vale la pena.
Por Luis Ramos