La escalada militar más costosa desde Afganistán llegaría a familias estadounidenses como recortes en salud y educación
En los pasillos del Pentágono se mueve una cifra que debería alarmar a cualquier trabajador estadounidense: 200 mil millones de dólares adicionales para operaciones militares en Irán. Para ponerlo en perspectiva, eso equivale a lo que gasta el gobierno federal en educación primaria y secundaria durante casi tres años. O a 40 veces el presupuesto anual de la Agencia de Protección Ambiental. Es decir, mientras millones de estadounidenses luchan por pagar renta, cuidar a un enfermo o enviar a sus hijos a la universidad, el establishment militar solicita una cantidad de dinero que simplemente rebotatá en la economía real como recortes, inflación y endeudamiento.
La solicitud llega en un momento de incertidumbre que revela las contradicciones del propio gobierno Trump. Mientras el Pentágono pide financiamiento masivo para una posible invasión terrestre en Irán, el presidente evalúa simultáneamente reducir los esfuerzos militares estadounidenses en la región. Es decir: se preparan para lo máximo mientras consideran lo mínimo. Eso no es estrategia. Es caos presupuestario con armas nucleares.
¿Quién pagará realmente esta aventura? No serán los contratistas de defensa —ellos ya tienen garantizadas sus ganancias. Serán las personas que trabajan en hospitales públicos con presupuestos congelados. Los estudiantes de comunidades pobres cuyo acceso a educación superior depende de préstamos cada vez más caros. Los trabajadores de la manufactura cuyas industrias dependen de comercio con aliados que se distanciarán si Estados Unidos abre otro frente militar en Oriente Medio.
La historia reciente ya escribió el final de esta película. Afganistán costó 2.26 billones de dólares a lo largo de 20 años. Irán, un país tres veces más grande, mejor armado, con una geografía más difícil y sin la paciencia estratégica que tuvo Washington en Asia Central, consumiría dinero y vidas a una velocidad que los documentos presupuestarios apenas logran capturar en números.
Pero lo importante aquí no es solo el costo militar. Es lo que ese costo significa para la economía doméstica. Cuando Estados Unidos gasta 200 mil millones en armas, no los gasta en investigación médica, en infraestructura que cree empleos permanentes, en educación que forme trabajadores competitivos. Ese dinero no circularía por la economía real —en pequeños negocios, en talleres, en comercios de barrio. Se concentraría en un puñado de gigantes de la defensa: Lockheed Martin, Northrop Grumman, Boeing Defense. Empresas que ya recibieron rescates federales, que externalizan sus costos a comunidades que rodean sus plantas, que pagan salarios que no permiten vivir en los lugares donde fabrican.
La Reserva Federal está en una posición incómoda. Si financia esta aventura imprimiendo dinero, presiona la inflación exactamente en el momento en que millones de estadounidenses ya luchan con el costo de vida. Si se lo roba al presupuesto de otras agencias, debilita la capacidad del gobierno de responder a emergencias reales: salud pública, desastres naturales, infraestructura. Si lo pide prestado, el país se endeuda más en una época donde los bonos del Tesoro ya cargan tasas de interés históricamente altas, lo que a su vez hace más caro que pequeños negocios pidan crédito.
Lo peculiar de la posición de Trump es que evalúa reducir esfuerzos militares simultáneamente. ¿Significa que esta solicitud es un bluff negociador? ¿Una amenaza para extraer concesiones diplomáticas? ¿O refleja simplemente una administración dividida entre halcones del Pentágono y una visión del presidente menos expansionista? En cualquier caso, la incertidumbre por sí sola ya tiene efectos: mercados nerviosos, aliados preguntándose qué harán, adversarios calculando vulnerabilidades.
Mientras tanto, en Ecatepec, en Queens, en cualquier barrio obrero de Norteamérica, las familias enfrentan decisiones más modestas: ¿calefacción este mes o medicamentos? ¿Cuota de renta o comida? Esas decisiones microscópicas que afligen a millones son el verdadero costo de los 200 mil millones. No están en los números del Pentágono. Están en las mesas de cocina.
Lo que debería exigir cualquier persona que trabaja, que paga impuestos, que vota: transparencia total sobre estos gastos. Auditorías independientes. Y preguntas directas a sus representantes en el Congreso: ¿votarán para esto? ¿Habrá debate público? ¿O nuevamente el gasto militar se aprobará en una noche, en un anexo presupuestario que nadie leyó, mientras ustedes pelean por llegar a fin de mes?
Por Luis Ramos