En abril, la administración promete victoria militar en semanas y cambia el tablero geopolítico, pero congresa fondos para deportaciones

María José no durmió el 1 de abril. En Queens, como en miles de casas de inmigrantes en Nueva York, ese martes fue el día en que vieron a Trump en la televisión hablando de guerra. No la guerra que ella veía en los noticieros sobre Irán. La otra guerra. La de adentro.

Mientras el presidente se dirigía a la nación desde un escritorio de caoba diciendo que los objetivos militares contra Irán estaban "cerca de completarse" —que todo terminaría en dos o tres semanas—, en el Capitolio pasaba algo que casi ningún medio grande mencionó con la urgencia que merece: los republicanos anunciaban un acuerdo para financiar al Departamento de Seguridad Nacional hasta septiembre, pero dejando afuera, deliberadamente, los fondos para aplicación de leyes migratorias.

Era el 1 de abril. Mismo día. Misma capital. Dos realidades.

"Cuando veo a Trump hablar de guerra, pienso en mi papá", dice María José, 31 años, que lleva siete trabajando como auxiliar de enfermería en un hospital de Manhattan. "Mi papá está indocumentado. Trabaja limpiando oficinas de noche. ¿A quién le importa? Mientras Trump dice que vamos a ganar una guerra en tres semanas, mi papá se pregunta si va a poder volver a casa después del turno".

La estrategia republicana es clara si sabes dónde mirar. Trump promete victoria militar rápida en Irán —eso mantiene a cierta base movilizada, convencida de que hay un enemigo afuera que está siendo derrotado. Mientras tanto, en el Congreso, los republicanos avanzan sin necesidad de votos demócratas. Ese es el detalle que importa: proponen financiar DHS, pero no inmigración. Luego, cuando tengan todo listo, usarán procedimientos parlamentarios que evitarán que los demócratas puedan bloquear un financiamiento de tres años completo para toda la agencia.

Es decir: van a construir una máquina de deportaciones sin que los demócratas puedan detenerla.

El mismo día, en otra sala del país, la Corte Suprema escuchaba argumentos sobre la orden ejecutiva de Trump que busca limitar la ciudadanía por nacimiento. Trump asistió personalmente. Algo que casi nunca hace un presidente en funciones. Los justices mostraron escepticismo, sí. Pero ¿quién se fija en eso cuando Trump está en la pantalla hablando de Irán?

Esa es la arquitectura del poder en este momento: distracción en grande. Guerra afuera. Deportaciones adentro.

El levantamiento de sanciones a Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, después de la captura de Nicolás Maduro por fuerzas militares estadounidenses, es otra pieza del tablero que nadie conecta. Es geopolítica. Es reconfiguración del hemisferio. Pero también es una realidad que toca a las comunidades venezolanas en el Bronx, en Miami, que ahora ven un gobierno diferente en Caracas y no saben qué significa eso para sus familias, para sus posibilidades de regreso.

Mientras tanto, en los tribunales, una corte de apelaciones federales rechazó una reforma de HUD que habría sido desastrosa. La agencia quería redirigir fondos de vivienda permanente hacia programas condicionales, vinculados a sobrieedad. Los defensores advirtieron lo obvio: empujaría a miles de personas de regreso a las calles. La corte dijo que no. Que los cambios eran "desastrosos".

Pero ese rechazo judicial llegó el mismo día que Trump anunciaba su victoria militar, el mismo día que los republicanos silenciosamente avanzaban en el financiamiento de deportaciones, el mismo día que la Corte Suprema escuchaba argumentos sobre quién puede ser ciudadano en este país.

Los demócratas han comenzado a reaccionar. VoteVets Action Fund lanzó una campaña de $250,000 atacando al representante republicano Derrick Van Orden por la guerra con Irán. Es dinero. Es importante. Pero es también un síntoma de que la respuesta demócrata sigue siendo reactiva, enfocada en la guerra de afuera mientras ignora la que ocurre en los vecindarios.

María José no está esperando que los demócratas ganen debates sobre Irán. Está esperando poder llevar a su papá a un médico sin miedo. Está esperando poder respirar sin pensar en redadas.

Trump dice que todo termina en dos o tres semanas. Quizás tenga razón. Pero no sobre Irán. En Queens, en el Bronx, en todas las comunidades que no tienen voz en las transmisiones estelares presidenciales, saben bien qué termina cuando todo esto termina.

Su paz. Su estabilidad. Su derecho a existir en este país sin aprobación de un gobierno que decidió que la guerra de verdad es adentro.


Por Diana Torres