En discurso televisado, el presidente asegura que objetivos militares están "cerca de completarse", aunque mercados y analistas permanecen escépticos
El presidente Trump se dirigió a la nación el 1 de abril en un discurso de horario estelar para hablar sobre el conflicto con Irán, asegurando que los objetivos militares de su administración están "cerca de completarse" y que los enfrentamientos podrían terminar en dos o tres semanas. Las palabras llegaron en un momento de tensión geopolítica creciente, pero lejos de tranquilizar a los mercados, dejaron más interrogantes sin respuesta sobre la estrategia real de guerra del gobierno estadounidense.
El discurso, transmitido en horario de máxima audiencia, fue un acto de comunicación política clásico: promesas de resolución inminente, lenguaje de victoria, la imagen de un líder que controla la situación. Pero en los días posteriores, reportes de la BBC y otros medios internacionales documentaron que los mercados financieros permanecieron inquietos, reflejando la desconfianza de inversionistas y analistas sobre la viabilidad real de esas promesas.
Esta es la naturaleza del discurso de guerra en el siglo XXI: el presidente habla para una audiencia doméstica preocupada por los costos económicos y humanos del conflicto, promete un final rápido, pero no explica cómo se llegará a ese final ni cuál es el costo real que alguien más estará pagando.
En dos o tres semanas, ¿qué significa "completar los objetivos"? No lo sabemos. El discurso no aclaró si eso significa una rendición de Irán, un acuerdo diplomático, el retroceso de fuerzas estadounidenses, o simplemente un cambio en la retórica de la administración. Tampoco explicó qué objetivos específicos se han alcanzado hasta ahora, cuáles faltan, o a cuántas personas — estadounidenses, iraníes, civiles — les ha costado llegar a este punto.
Esta falta de claridad es particularmente preocupante cuando se trata de guerra. Los conflictos militares no son operaciones empresariales con fechas de vencimiento predeterminadas. Tienen su propia lógica, sus propias fricciones, sus propias consecuencias impredecibles. Prometer que algo estará "casi listo" en dos o tres semanas es una promesa que depende de que el otro lado coopere con tu calendario. En la historia de las guerras, raramente sucede así.
Los mercados lo saben. Los inversionistas lo saben. Por eso los mercados siguieron inquietos después del discurso. Porque un presidente que no puede o no quiere explicar su estrategia militar es un presidente cuyas palabras de tranquilidad no valen mucho en la hoja de cálculo del riesgo financiero.
Pero hay algo más profundo en juego aquí. Cuando un presidente necesita dirigirse a la nación en horario estelar para hablar de una guerra, es porque hay miedo en la población. Miedo a que el conflicto se prolongue indefinidamente, miedo a que los costos suban, miedo a que jóvenes estadounidenses sigan muriendo en un lugar que la mayoría de estadounidenses no puede ubicar en un mapa. El discurso fue un intento de calmante: "tranquilo, casi termina".
Pero tranquilizar con palabras sin sustancia es un juego peligroso. Es el juego que presidentes de diferentes colores han jugado antes: Lyndon B. Johnson prometiendo victoria inminente en Vietnam. George W. Bush anunciando el final de "las operaciones principales" en Irak. Las promesas de fin rápido rara vez se cumplen, y cuando no se cumplen, la credibilidad presidencial se erosiona, la población se desmoraliza, y la política exterior se convierte en un territorio minado de desconfianza.
Lo que faltó en el discurso de Trump es lo que siempre falta: un reconocimiento honesto de la complejidad real del conflicto, de sus costos reales, de los escenarios en que su plan podría fallar. En lugar de eso, tenemos promesas que dependen de eventos que no están completamente bajo control estadounidense y un calendario que suena más a manejo de expectativas que a realidad militar.
En las semanas que vienen, mientras la gente espera ese fin anunciado para dentro de 14 a 21 días, la pregunta real no es si se cumplirá la promesa. Es por qué un presidente necesita hacer promesas que no puede garantizar, y qué significa para la democracia estadounidense que se intente gestionar la percepción pública de una guerra con promesas vagas de victoria próxima.
La guerra con Irán seguirá su propio ritmo. Los mercados seguirán inquietos. Y en dos o tres semanas, veremos si la realidad coincide con las palabras, o si una vez más, la promesa presidencial de fin inminente demuestra ser exactamente lo que parecía: una estrategia de comunicación, no una estrategia de guerra.
Por Fernando Lopez