El conflicto geopolítico dispara precios de petróleo y gas. En México, eso significa facturas más altas y presión en márgenes que ya están apretados.

Cuando un comercio de Ecatepec paga la factura de gas para calentar el agua, o un transportista de carga carga gasolina, no está pagando solo por BTU o por litros. Está pagando también por decisiones geopolíticas tomadas a 10,000 kilómetros de distancia, en territorios que la mayoría de los mexicanos no podría situar en un mapa.

Eso es lo que ocurre ahora. El conflicto en Medio Oriente continúa presionando los precios globales de petróleo y gas, con repercusiones que ya se sienten en México, el país que importa aproximadamente el 40% de sus derivados del petróleo y depende significativamente de suministros energéticos externos.

Los números que explican la presión

Los precios de los energéticos registran volatilidad sin precedentes debido a la situación geopolítica regional. Esto significa que las cotizaciones no responden únicamente a variables económicas predecibles —oferta, demanda, estacionalidad— sino a eventos que pueden ocurrir cualquier día: un ataque a una instalación petrolera, el cierre de un estrecho estratégico, una escalada diplomática inesperada.

México produce petróleo, cierto. Pemex extrae aproximadamente 1.6 millones de barriles diarios. Pero enfrenta dos problemas simultáneos: su producción ha caído significativamente en la última década (en 2004 llegaba a casi 3.4 millones de barriles diarios), y buena parte de lo que produce lo exporta. El resultado es que México importa derivados refinados que, en el mercado global, están más caros.

En el caso del gas natural, la dependencia es aún más clara. México importa aproximadamente el 75% del gas que consume, principalmente de Estados Unidos. Aunque ese mercado regional ofrece cierta protección respecto a la volatilidad de Medio Oriente, los precios estadounidenses no existen en vacío: responden a los precios globales, que sí están siendo golpeados por la incertidumbre geopolítica.

¿Quién paga la factura?

Esta es la pregunta que importa en una economía como la mexicana, donde los márgenes de ganancia en pequeños negocios son frecuentemente menores a 10%.

Un panadero que usa gas para los hornos ve incrementar sus costos. Puede absorber parte del aumento durante un mes, dos meses. Pero si los precios se mantienen elevados, tiene que elegir: reducir producción, despedir personal, o trasladar el costo al pan. Si lo traslada, sus clientes compran menos. Si no lo traslada, sus márgenes desaparecen.

Un transportista de carga enfrenta la misma ecuación. Los fletes están regulados por contratos con márgenes previamente establecidos. Un aumento repentino en combustible puede convertir un viaje rentable en un viaje que pierde dinero. Los grandes transportistas tienen hedges —derivados financieros que protegen contra volatilidad—. Los pequeños, no.

Un productor agrícola que necesita diésel para sus maquinarias. Un comerciante que usa gasolina para hacer entregas. Una familia de la clase trabajadora cuya factura de gas para calefacción y agua caliente se incrementa justo cuando otros costos —alimentos, servicios— también suben.

Esta es la economía política de la volatilidad energética: los costos se distribuyen de manera desigual. Las grandes corporaciones tienen herramientas para protegerse. Los pequeños negocios y trabajadores, no.

El contexto mexicano

México llegó a esta crisis energética desde una posición debilitada. La producción petrolera ha caído 54% desde su pico en 2004. Las refinerías operan a menos de 60% de capacidad. La reforma energética de 2013 intentó traer inversión privada, pero el marco regulatorio posterior decepcionó a los inversores.

Crisis anterior: en 2022, cuando Rusia invadió Ucrania, los precios de petróleo se dispararon a 130 dólares el barril. Para un país importador neto de derivados, esto es un shock fiscal: más gasto en dólares, presión sobre el tipo de cambio, inflación en transportes, alimentos, servicios.

Lo que ocurre ahora en Medio Oriente es, en términos de riesgo, similar. La magnitud dependerá de cuán severa se vuelva la escalada y cuánto tiempo persista la incertidumbre.

Qué buscar en las próximas semanas

Observa tres indicadores: el precio del petróleo WTI (West Texas Intermediate), que es la referencia global; el precio del gas natural estadounidense (Henry Hub), que afecta a México indirectamente; y los precios internos de gasolina, diésel y gas doméstico en México.

Si la volatilidad persiste, espera inflación en transporte y energía en los próximos meses. Esto presionará los salarios reales de los trabajadores y las márgenes de pequeños negocios. Es lo que sucedió en 2022: el impacto de una crisis lejana llegó, como siempre, a las mesas de los mexicanos.

La pregunta que debería hacerse en el próximo debate económico no es si "los mercados globales reaccionaron". Es: ¿cuánto tiempo una economía mexicana con salarios estancados y pequeños negocios frágiles puede absorber choques energéticos externos sin que alguien pierda ingresos o empleos?

Por ahora, la respuesta es: no mucho.


Por Julián Méndez