Mientras aranceles suben y Texas se divide, el Congreso fracasa en limitar poderes presidenciales
En la oficina de un abogado de inmigración en Jackson Heights, Queens, una madre sostiene el celular con ambas manos. Su hijo, que cumple 18 años en dos meses, le pregunta si va a poder estudiar en la universidad o si primero lo van a enviar a una guerra que no pidió. Ella no sabe qué responder.
Esa conversación se repite en decenas de miles de hogares esta semana, después de que el Senado de Estados Unidos rechazara una medida para restringir los poderes de guerra del Presidente Trump contra Irán. No fue un voto cerrado. Fue una derrota clara, dividida por líneas partidistas. Los demócratas intentaron limitar la autoridad presidencial. Fracasaron.
La votación en el Senado cerró una puerta que probablemente nunca debería haberse cerrado. La Cámara de Representantes votará sobre una medida similar el próximo jueves, 5 de marzo. Los numeros no son prometedores. Cuando el Senado ya ha rechazado una restricción de poderes de guerra, la Casa baja rara vez consigue algo diferente.
Esto significa, en términos concretos, que Trump tiene vía libre para escalar militarmente en Irán sin necesidad de volver al Congreso. Sin necesidad de explicar. Sin necesidad de que una madre en Queens sepa si su hijo va a ser reclutado. Sin necesidad de que millones de trabajadores estadounidenses sepan si sus hijos van a estar en medio de un conflicto que nadie votó.
"El Senado acaba de entregarse", escribió una congresista progresista en redes sociales. Tiene razón. Pero también es importante entender que esto no sucede en un vacío. Sucede mientras la economía de la gente trabajadora se desmorona.
El mismo día que el Senado rechazaba límites a la guerra, Scott Bessent, el Secretario del Tesoro de Trump, anunciaba que Estados Unidos aumentará sus aranceles globales esta semana. No un aumento pequeño. Un aumento sobre los aranceles existentes del 10 por ciento. Esto significa que la ropa que una familia compra, el acero que usa una constructora, los productos electrónicos que necesita un estudiante, todo va a costar más.
En una semana, el Senado autoriza guerra sin límites. En la misma semana, el Tesoro anuncia que los precios van a subir. Para las familias inmigrantes de Queens, de East Los Angeles, del sur de Texas, es un golpe doble. Menos protecciones laborales. Menos dinero en el bolsillo. Más hijos potencialmente en riesgo.
Mientras esto sucede en Washington, en Texas ocurre algo que muestra grietas en la máquina republicana. El Senador John Cornyn y el Procurador General Ken Paxton avanzan a una segunda vuelta en la primaria republicana al Senado estatal. Cornyn, que representa la vieja guardia republicana, se mantuvo competitivo incluso en los condados más republicanos del estado, donde muchos esperaban que Paxton dominara.
No es casualidad. Los republicanos se están dividiendo. Algunos siguen a Trump ciegamente. Otros, como Cornyn, representan un republicanismo más tradicional que siente que está perdiendo el control de su propio partido. Esa división debería ser una oportunidad para los demócratas. Pero los demócratas están ocupados entregándose en el Senado a los poderes de guerra presidenciales.
Lo que sucede en Washington esta semana no es principalmente un debate sobre política exterior. Es un debate sobre quién tiene poder en este país. ¿Los trabajadores, los padres, las comunidades inmigrantes que saben lo que significa perder a alguien en una guerra? ¿O los poderes presidenciales sin check, los secretarios del Tesoro que suben aranceles en una frase, los funcionarios que toman decisiones que otros van a pagar?
El Senado ya respondió. Los precios van a subir. Los hijos van a estar en riesgo. Y cuando la gente reclame, cuando pregunten por qué sucedió esto, habrá números. Habrá cifras de comercio. Habrá declaraciones de funcionarios.
Pero la historia real está en Queens. En el celular que una madre sostiene. En la pregunta que un hijo de 17 años hace y que nadie quiere responder.
Por Diana Torres