La destitución de Noem y la derrota de demócratas abren camino a una escalada militar sin precedentes
En la Cámara de Representantes, el silencio fue ensordecedor el miércoles.
Cuando se votó la resolución de Poderes de Guerra —ese mecanismo constitucional que existe precisamente para evitar que un presidente pueda arrastra al país a la guerra sin consentimiento del Congreso— cuatro demócratas cruzaron la línea y votaron con los republicanos. La resolución fue derrotada. La Casa Blanca lo celebró no como una victoria legislativa, sino como una luz verde para hacer la guerra a Irán.
Eso mismo día, jueves 5 de marzo, Donald Trump destituyó a Kristi Noem de su cargo como secretaria del Departamento de Seguridad Nacional. Su reemplazo: Markwayne Mullin, senador republicano de Oklahoma, un exluchador de artes marciales mixtas que entra en el cargo sin experiencia en seguridad nacional. El mensaje era claro: Trump quería a alguien que no le cuestionara. Alguien de línea dura.
Para entender qué significa esto en la vida real, hay que pensar en los militares desplegados ahora en la región del Golfo. Hay que pensar en las familias que tienen a alguien en una base naval en Bahréin o Qatar. Hay que pensar en lo que pasará después si esto escala. Trump no necesita permiso del Congreso ya. Ahora tampoco tiene a nadie en su gabinete que le diga "espera, piensa en las consecuencias."
La autorización que nadie dio
La resolución de Poderes de Guerra existe desde 1973, después de Vietnam. La idea era simple: el Congreso —el pueblo, en teoría— debe autorizar la guerra. No el presidente solo. El sistema de pesos y contrapesos.
Cuatro demócratas votaron en contra. Sus nombres merecen registro: eligieron estar del lado de la escalada militar.
Eso no es una victoria administrativa. Es un cambio de poder. Es decirle al ejecutivo: "puedes hacer la guerra sin nosotros." Y Trump lo sabe. Por eso celebró. Por eso destituye a los funcionarios que podría cuestionarlo y pone a luchadores en su lugar.
En los consulados estadounidenses en Oriente Medio, ya están preparándose para evacuaciones. En las comunidades árabes y musulmanas de Estados Unidos, la gente está llamándose por teléfono. Están asustados. No porque hayan visto un análisis de cable news, sino porque saben cómo termina esto.
El cambio en Seguridad Nacional
Kristi Noem no era una paloma de paz. Pero era una figura política con su propio poder, su propia base, su propia carrera que proteger. Markwayne Mullin es otra cosa. Es un senador de primer término que depende completamente del presidente que lo nombra.
Esto importa porque el Departamento de Seguridad Nacional toca prácticamente toda la vida de los inmigrantes en este país. Es quien despliega ICE. Es quien decide dónde van los recursos. Es quien habla en las comunidades.
Si Trump quería a alguien que aplicara políticas migratorias sin cuestionar su legalidad, ya lo tiene.
Lo que pasa ahora
Esta no es una historia de Washington. Es una historia de lo que sucede después.
Cuando haya escalada militar, los soldados que mueren serán en su mayoría de familias de clase trabajadora. Los que se enriquecerán serán los contratistas de defensa. Las familias que pierdan a alguien en combate no recibirán un aumento en sus beneficios de veteranos, pero las corporaciones de armas recibirán contratos sin licitación.
Y mientras eso sucede, en los barrios de Queens, de East Los Angeles, de San Antonio, las redadas de ICE seguirán. Los trabajadores migrantes seguirán en el limbo legal. Las remesas que mandan a casa seguirán siendo la diferencia entre que una familia en Centroamérica coma o no coma.
Trump no ve contradicción. Para él, es consistente: poder sin límites en lo militar, poder sin límites en lo migratorio. Ambas cosas requieren que nadie le diga que no. Por eso destituye a Noem. Por eso celebra que el Congreso le haya dado permiso para hacer la guerra.
Por eso, el jueves fue un día importante. Pero no por las razones que los periódicos grandes van a reportar.
Por Diana Torres