La Resolución de Poderes de Guerra fracasa en el Capitolio. La Casa Blanca celebra libertad para acciones militares unilaterales.

Esta semana, el Congreso de Estados Unidos tuvo la oportunidad de frenar una de las atribuciones presidenciales más peligrosas: la capacidad de un presidente para hacer la guerra sin aprobación legislativa. No lo hizo. Una resolución de Poderes de Guerra presentada a principios de marzo fue derrotada, y la Casa Blanca celebró públicamente lo que significa ese rechazo: vía libre para acciones militares contra Irán sin necesidad de nuevas autorizaciones del Congreso.

Los números cuentan una historia que debería preocupar a cualquiera que crea que las guerras deben ser decisiones democráticas, no caprichos presidenciales. La resolución fue derrotada con apoyo de 210 republicanos. Pero el dato que importa es el otro: cuatro demócratas votaron con ellos. Cuatro legisladores del partido que históricamente se posiciona como el "partido de la paz" decidieron darle al presidente más poder para hacer la guerra, no menos.

Por qué esto importa ahora

Esta no es una disputa abstracta entre ramas del gobierno. Estamos hablando del poder de vida y muerte. La Resolución de Poderes de Guerra (War Powers Resolution) de 1973 fue un intento del Congreso por recuperar autoridad sobre decisiones bélicas después de Vietnam. Exige que un presidente notifique al Congreso dentro de 48 horas de cualquier acción militar y da 60 días para que el Congreso las apruebe. Sin esa aprobación, debe terminar.

Es un piso muy bajo ya. Pero incluso ese piso, los legisladores no quisieron defenderlo.

Irán no es un tema menor. Las tensiones con el país persa han escalado en los últimos años. Un ataque estadounidense a Irán —directo o a través de aliados regionales— no sería un "incidente aislado". Significaría una guerra de largo alcance en una región ya en llamas por los conflictos en Gaza y el Líbano. Significaría potencialmente una confrontación indirecta con Rusia y China, que tienen intereses estratégicos en Medio Oriente. Significaría cientos de miles de desplazados, ciudades devastadas, una crisis de refugiados que haría que los números actuales parezcan pequeños.

Y todo eso podría suceder sin que el Congreso —que constitucionalmente debe declarar la guerra— vote una sola vez.

La deserción demócrata

Hay algo particularmente hiriente en que cuatro demócratas rompieran filas. El partido demócrata se construyó electoralmente en 2020 sobre la promesa de que Biden era más predecible, menos errático, menos inclinado a aventuras militares que Trump. Dieron por ganado que sus votantes los apoyarían en cualquier conflicto porque "al menos no es Trump".

Ese apoyo incondicional es lo que permite que legisladores demócratas voten como lo hicieron esta semana. No asumen consecuencias políticas reales. Sus votantes —si se enteran— dirán "bueno, los republicanos fueron peor". Y volverán a casa.

Esto es el mecanismo del garrote de menor malo. Funciona perfectamente para mantener el status quo de guerras permanentes.

Qué sigue

Con esta votación, la Casa Blanca tiene esencialmente luz verde para cualquier acción contra Irán que considere necesaria. No necesita regresar al Congreso. Los únicos límites serían políticos —presión pública, protestas, un giro electoral— no legales.

Eso importa porque la histeria sobre la "amenaza iraniana" crece constantemente en ciertos círculos de Washington. Cada incidente se amplifica. Cada posible provocación se presenta como casus belli. Con un Congreso que acaba de renunciar a su poder de veto, el camino a una escalada accidental se acorta peligrosamente.

Para los ciudadanos estadounidenses: esto significa que decisiones que los afectan —el dinero en defensa, el reclutamiento, los efectos de una guerra en la región, los costos de largo plazo— se toman sin ustedes en la ecuación democrática. Para los ciudadanos de Irán y la región: significa más incertidumbre sobre si los próximos meses traerán paz relativa o confrontación abierta.

El Congreso tiene el poder de frenar esto. Esta semana eligió no usarlo. La pregunta ahora es si sus votantes le harán pagar por esa elección.


Por Gabriela Cruz