Cuando el espectáculo del poder se convierte en política exterior, los que pagan la entrada no eligieron el show

En el mercado de La Victoria, en Puebla, había un hombre que vendía noticias antes de que existiera Twitter. Se paraba junto a los puestos de jugos con un periódico doblado bajo el brazo y resumía el mundo en tres frases. "Hoy se cayó el gobierno", decía, y la gente reía porque sabía que era verdad aunque no hubiera pasado todavía. Lo llamaban el Profeta. No era adivino: era alguien que había aprendido a leer el patrón.

El patrón que se repite esta semana desde Washington no necesita profeta. Basta con mirar.

Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, fue destituida. La misma Noem que posó para fotos junto a migrantes deportados como si fueran trofeos de cacería. La misma que convirtió la crueldad en marca personal y la marca personal en capital político dentro del ecosistema trumpista. Afuera. De un día para otro, sin explicación pública coherente, sin que hubiera escándalo que lo justificara en los términos que ese mundo entiende por escándalo. Solo el capricho presidencial actuando como gravedad: lo que sube, cae cuando deja de servir.

Al mismo tiempo, cuatro senadores demócratas votaron con los republicanos para darle al presidente carta blanca de acción militar contra Irán. Cuatro. No es un error de conteo. Es una fractura visible en el único partido que, se supone, debería funcionar como contrapeso institucional en este momento de la historia estadounidense.

Y mientras eso ocurría, el Congreso de Texas —el estado con la economía más grande del sur, el que más presume de autosuficiencia conservadora— se desangraba en una pelea interna republicana que tiene menos de ideología y más de territorio, dinero y lealtades personales. Un representante se retiraba tras admitir una infidelidad, el mismo hombre que había legislado desde la tribuna de los valores familiares. No es hipocresía nueva. Es un género con sus propias reglas.

Esto es lo que vale la pena nombrar: no estamos ante una serie de eventos desconectados. Estamos ante un sistema en el que el espectáculo del poder ha reemplazado al ejercicio del poder, y en el que esa sustitución tiene consecuencias muy concretas para gente muy real.


Hay un concepto que los sociólogos llaman performatividad política: la idea de que ciertos actos políticos no buscan producir resultados sino producir apariencias de resultados. No se deporta para resolver el fenómeno migratorio —que tiene raíces económicas, climáticas y geopolíticas que ningún vuelo charter puede deshacer—. Se deporta para que haya imágenes de deportaciones. No se legisla sobre Irán porque exista una estrategia coherente de política exterior. Se autoriza al ejecutivo para que haya una señal, un gesto, una foto en el momento correcto del ciclo noticioso.

El problema de gobernar por performance es que el escenario necesita rotación constante. Las mismas caras aburren. Los mismos enemigos se desgastan. Entonces se cambia al secretario, se renueva el elenco, se introduce un conflicto nuevo —aranceles aquí, amenaza allá— para que el público no cambie de canal. Trump lleva una década perfeccionando este mecanismo. Lo que es nuevo es la escala de las apuestas.

Los aranceles que su administración ha impuesto —y que afectan de manera desproporcionada a estados que dependen de cadenas de suministro transfronterizas— no son solo una política económica cuestionable. Son también un instrumento de presión interna: castigan a las regiones que no se alinean, recompensan a las que sí. Es el federalismo como clientelismo. Y los gobernadores que protestaban en enero aprenden rápido que protestar tiene un costo que no están dispuestos a pagar.

Lo que Noem representaba —la crueldad sistemática convertida en espectáculo televisable— no desaparece con su salida. El puesto se rellena, el mecanismo continúa. Eso es lo importante de entender: no se trata de personas, se trata de funciones. Y las funciones no cambian con las destituciones.


Hay algo que mucha gente siente pero no siempre puede articular cuando sigue estas noticias desde México, desde una familia migrante en Los Ángeles, desde una comunidad en la frontera que vive con el nervio permanentemente a flor de piel.

Es esto: la sensación de que las decisiones que afectan tu vida las toman personas que nunca van a ver las consecuencias. Que el funcionario que firma la orden de deportación no conoce el nombre de nadie que será deportado. Que el senador que vota para darle poderes militares a un presidente errático no tiene a nadie en edad de combate entre sus conocidos directos. Que el legislador que habla de valores familiares desde el escaño nunca tendrá que rendir cuentas ante la familia que destruyó una de sus políticas.

Esa distancia no es un accidente. Es arquitectura. Es la forma en que el sistema se protege de sus propios efectos.

Carlos Monsiváis escribió alguna vez que el cinismo mexicano no es una filosofía sino un mecanismo de defensa: la forma en que la gente que ha sido defraudada muchas veces aprende a no sorprenderse. Lo que ocurre en Washington produce algo parecido, pero más peligroso, porque el cinismo frente al poder lejano puede volverse indiferencia, y la indiferencia es exactamente lo que ese poder necesita para operar sin fricción.


En algún puesto del mercado de La Victoria, si todavía existe alguien como el Profeta, probablemente ya leyó el patrón de esta semana.

Un gobierno que destituye a sus propios funcionarios como jugadas de tablero. Un partido opositor que cede en el momento en que más se necesita su resistencia. Un estado poderoso que se devora a sí mismo en disputas de ego mientras sus ciudadanos esperan que alguien hable de agua, de luz, de trabajo. Y sobre todo esto, la amenaza de un conflicto con Irán que nadie en Texas, en Puebla, en Los Ángeles eligió ni entiende del todo, pero que puede cobrar un precio que se pagará en vidas que no son las de quienes tomaron la decisión.

El circo que gobierna no necesita que lo aplaudas. Solo necesita que no puedas dejar de verlo.


Por Roberto Medina