Encuestas muestran rechazo mayoritario a confrontación militar, mientras conflicto se globaliza y crisis institucional sacude la FDA

María Elena Rodríguez no duerme bien desde hace una semana. Cada vez que abre el teléfono y ve las noticias sobre Irán, lo primero que piensa es en su hijo. Tiene 24 años, trabaja en logística en Nueva Jersey, y ella sabe que si esto escala, él podría estar en la lista de reclutamiento.

"Mi mamá me pregunta todos los días si estoy viendo las noticias", cuenta María Elena, mientras prepara café en la cocina de su apartamento en Jackson Heights, Queens. "Como si yo pudiera hacer algo. Como si alguien nos hubiera preguntado si queremos esta guerra."

No le preguntaron. Y según una encuesta reciente de NPR, PBS News y Marist, tampoco le preguntaron a la mayoría de estadounidenses. Porque la mayoría no quiere.

Una semana después de que el conflicto entre Estados Unidos e Irán escalara a niveles que no se veían en años, con Israel también en el centro de la confrontación, los números son claros: la mayoría de estadounidenses desaprueba la forma en que el presidente Trump está manejando a Irán. Más importante aún: la mayoría considera a Irán una amenaza menor o ninguna amenaza en absoluto.

Esto es lo que los periodistas de los grandes medios no suelen destacar cuando cubren estas historias. No es un debate entre expertos en política exterior. Es un abismo entre lo que hace Washington y lo que quiere el pueblo estadounidense.

"Aquí en Queens conocemos gente de todo el mundo", dice Jaime Torres, profesor de secundaria en Astoria. "Tengo estudiantes de familias iranís. Tengo estudiantes cuya familia está dividida entre aquí y Medio Oriente. Cuando veo que la gente en las encuestas dice que no quiere guerra, lo entiendo perfectamente. Es fácil hablar de confrontación cuando no es tu hijo quien se va a la primera línea."

Pero mientras la mayoría estadounidense dice 'no' a la guerra, el conflicto no respeta esos deseos democráticos. Según reportes de NPR, la guerra ha expandido su alcance geográfico de manera dramática. No es solo Estados Unidos e Irán. No es solo Israel. Es un tablero global donde múltiples países están siendo arrastrados, ya sea militarmente o políticamente, a una confrontación que comenzó con decisiones tomadas sin consultar a casi nadie.

Esta es la realidad del imperio estadounidense en 2024: los ciudadanos votan una cosa, pero las máquinas de guerra continúan su curso.

Y mientras la sangre potencialmente se derrama en Medio Oriente, en casa pasa algo igualmente preocupante: la estructura institucional que se supone debe proteger la salud pública se está desmoronando.

El Dr. Vinay Prasad, jefe de vacunas de la FDA bajo una nube de controversia, acaba de abandonar su cargo. No es la primera vez. Esta es su segunda partida abrupta de la misma posición. Ambas veces, las salidas han ocurrido después de decisiones controvertidas sobre vacunaciones y medicinas especializadas.

No es necesario ser un experto en salud pública para ver el patrón. Cuando los funcionarios se van corriendo de sus puestos en tiempos de crisis, cuando hay controversia sobre decisiones sobre medicinas que afectan a millones, es señal de que algo anda mal en el corazón de nuestras instituciones.

"Es como si todos los sistemas se estuvieran rompiendo al mismo tiempo", dice Rosa Gutiérrez, enfermera en un hospital de Brooklyn que prefiere no revelar su nombre completo por temor a represalias. "Primero la guerra que nadie quiere. Ahora gente importante abandonando la FDA. ¿A quién se le ocurre que esto es normal?"

No es normal. Pero se ha vuelto rutinario.

Lo que está pasando aquí es un desacoplamiento fundamental entre lo que quiere la gente común estadounidense y lo que está haciendo su gobierno. Una mayoría clara rechaza la confrontación militar con Irán. Una mayoría clara entiende que no es una amenaza existencial. Pero esa opinión de la mayoría no parece importar cuando se trata de decisiones sobre guerra y paz.

Mientras tanto, las instituciones que se supone deben garantizar que nuestras medicinas sean seguras están perdiendo funcionarios clave en momentos críticos.

Más allá de las cifras de las encuestas, más allá de los comunicados de prensa, está María Elena en Queens, sin dormir. Está Jaime, preparando clases en Astoria sabiendo que sus estudiantes viven en una incertidumbre que no pidieron. Está Rosa, trabajando en un hospital mientras se pregunta si puede confiar en las instituciones que se supone protegen su salud.

Esta es la guerra que nadie quiso. Esta es la crisis de confianza que nadie pidió. Pero aquí estamos.


Por Diana Torres