92,000 familias perdieron un ingreso en febrero. En Washington se habla de Irán.

Marcus Webb lleva doce años trabajando en logística. Cargando, descargando, coordinando rutas en un almacén de distribución en Ohio. No tiene título universitario, pero tiene lo que en su industria llaman "experiencia de piso": sabe cómo se mueve una cadena de suministro desde adentro, con los pies. En febrero recibió su aviso de término. La empresa, le dijeron, estaba "reestructurando operaciones". Marcus no entendió qué significaba eso hasta que llegó a casa y tuvo que decírselo a su esposa.

No sé cómo se llama la esposa de Marcus. No sé cuántos hijos tienen ni qué van a hacer el próximo mes con la hipoteca. Lo que sí sé es que Marcus no es una excepción: es uno de los 92,000 empleos que la economía estadounidense perdió en febrero de 2025, según las cifras del Departamento de Trabajo. El mayor desplome mensual en más de dos años.

Ese número apareció en los titulares por aproximadamente cuatro horas. Después, el ciclo de noticias se lo tragó entero.


El mecanismo

Los 92,000 empleos no desaparecieron por accidente. Hay una cadena de decisiones que los explica, y no empieza en Ohio.

Empecemos por lo que sí ocurrió en Washington durante las últimas semanas: la administración Trump escaló tensiones militares con Irán hasta el punto de un conflicto armado activo. Eso no es retórica: hay operaciones militares en curso, hay activos estadounidenses desplegados, hay una lógica de confrontación que el propio presidente ha alimentado públicamente. Al mismo tiempo, la administración ha sostenido una guerra comercial con China, ha amenazado con aranceles a la Unión Europea y ha mantenido una política económica que los propios analistas del sector financiero describen como "impredecible".

La impredecibilidad tiene un costo. No es abstracto. Se mide en decisiones de inversión que se posponen, en contratos que no se renuevan, en empresas que "reestructuran operaciones" antes de ver cómo termina la siguiente semana. El Institute for Supply Management reportó en febrero una contracción en el sector manufacturero. El Conference Board registró una caída en el índice de confianza del consumidor. El mercado de bonos del Tesoro mostró señales de nerviosismo que los analistas de Wall Street, con su vocabulario cuidadoso, llamaron "volatilidad inusual".

Volatilidad inusual. Marcus Webb lo llamaría de otra manera.

Ahora añadamos otra capa: mientras la economía doméstica acumulaba señales de deterioro, la Casa Blanca estaba ocupada con su propia guerra interna. Kristi Noem fue despedida del gabinete. Las negociaciones comerciales con socios clave quedaron en suspenso, sin un responsable claro al frente. La incertidumbre institucional no es un telón de fondo: es parte del mecanismo. Cuando las reglas del juego cambian cada semana, los actores económicos no apuestan; esperan. Y mientras esperan, no contratan.


La cadena de responsabilidad

Hay un relato disponible, y los medios financieros lo repiten con disciplina: la pérdida de empleos es un "ajuste cíclico", una "corrección temporal", una señal de que "el mercado está procesando la incertidumbre". Este lenguaje cumple una función política muy concreta: distribuye la responsabilidad entre fuerzas abstractas y la retira de las manos de quienes tomaron decisiones específicas.

Seamos concretos, entonces.

Donald Trump tomó decisiones. Decidió escalar militarmente con Irán en lugar de priorizar la estabilidad económica. Decidió mantener una política arancelaria errática que ningún sector productivo puede planificar. Decidió reorganizar su gabinete en medio de negociaciones comerciales críticas, dejando esas negociaciones sin timón. Decidió, en suma, gobernar como si la economía fuera un escenario secundario de su drama político permanente.

El Congreso Republicano decidió no frenar ninguna de estas decisiones. Decidió que la lealtad al liderazgo del partido valía más que la supervisión institucional que su función exige.

Los bancos y los grandes fondos de inversión —que sí leen los reportes de empleo con atención— tomaron sus propias decisiones: proteger sus posiciones, ajustar sus carteras, y seguir comunicando a sus clientes que "los fundamentales de largo plazo son sólidos". Los fundamentales de largo plazo no pagan la hipoteca de Marcus en marzo.

Y los medios de comunicación dominantes tomaron otra decisión: cubrir el espectáculo del gabinete, el drama con Irán, el conteo de las declaraciones presidenciales, y dejar el número 92,000 en el margen del boletín de las seis de la tarde.


La pregunta que nadie hace

¿Cuántos ciclos de noticias tiene que aguantar una familia antes de que su crisis se vuelva un tema de política económica urgente?

Esa es la pregunta que la cobertura convencional esquiva con destreza. Porque hacerla en serio implica reconocer algo incómodo: que la economía no colapsó sola. Que hay decisiones políticas, tomadas por personas identificables, que produjeron estos resultados. Que el caos no es una fuerza de la naturaleza sino una modalidad de gobierno.

La guerra con Irán genera titulares porque tiene explosiones, tiene coordenadas geográficas, tiene drama visual. La pérdida de 92,000 empleos no tiene imagen. No hay fotógrafo en el almacén de Ohio el día que Marcus recibe su aviso. No hay cámara en la mesa donde una familia recalcula su presupuesto mensual. La ausencia de imagen no significa ausencia de daño: significa que el daño es invisible para quienes tienen el poder de nombrarlo.

Y esa invisibilidad no es neutral. Es una elección editorial que tiene consecuencias políticas: si la crisis económica no es la historia principal, entonces las decisiones que la produjeron tampoco lo son. Y si esas decisiones no son la historia, nadie tiene que responder por ellas.


El cierre

Hoy, mientras escribo esto, la administración Trump está "evaluando opciones" sobre Irán. Los analistas debaten si Noem fue despedida por razones estratégicas o personales. Los mercados "procesan" la incertidumbre con la serenidad de quienes tienen colchón financiero para hacerlo.

Y en algún lugar de Ohio, Marcus Webb está actualizando su currículum.

No sé si encontrará trabajo antes de que se le acabe el ahorro. No sé si la cobertura médica de su familia depende de ese empleo que ya no existe. No sé si su historia alguna vez llegará a un titular.

Lo que sí sé es esto: el número 92,000 no es una estadística. Es la suma de 92,000 momentos en que alguien tuvo que sentarse y decirle a alguien que quiere que las cosas van a estar difíciles.

Alguien tomó las decisiones que produjeron esos momentos. Tiene nombre. Tiene despacho. Y esta semana, está hablando de Irán.


Por Carmen Delgado