Cuando la amenaza militar es más fácil de pronunciar que la palabra desempleo

En un taller mecánico de Cleveland, Ohio, un hombre de cincuenta y tantos años lleva tres semanas esperando que lo llamen de vuelta. Le dijeron que era temporal, que el contrato se había pausado, que ya verían. Mientras espera, ve las noticias: el presidente de su país habla de golpes «muy fuertes» contra Irán, de infraestructura energética destruida, de poderío militar que no tiene rival en el mundo. El hombre apaga la televisión. No porque no le importe el mundo —le importa— sino porque ninguna de esas palabras tiene nada que ver con la llamada que no llega.

Eso es lo primero que vale la pena nombrar: la distancia sideral entre el lenguaje del poder y la lengua con que se vive la crisis.


Esta semana, dos noticias compartieron el ciclo informativo sin que casi nadie las pusiera a conversar. La primera: la administración Trump escaló sus amenazas contra Irán, hablando abiertamente de ataques a infraestructura energética si Teherán no acepta negociar sus condiciones. La segunda: Estados Unidos registró en febrero la pérdida de 92 mil empleos, la primera grieta visible en la narrativa del crecimiento que el mismo gobierno había construido con tanto cuidado desde el inicio del mandato.

Dos noticias. Un patrón muy antiguo.

No es una conspiración ni una maniobra calculada en una sala oscura. Es algo más banal y más peligroso: es el reflejo condicionado de un sistema político que aprendió, hace décadas, que la guerra —o su amenaza— es el lenguaje más eficaz para reorganizar la atención pública. No porque resuelva nada. Sino porque desplaza. Porque convierte al ciudadano en espectador de una épica que no puede cuestionar sin parecer ingenuo o antipatriótico.

El sociólogo C. Wright Mills lo llamó «la imaginación militar»: la tendencia de las élites políticas y económicas a encuadrar los problemas domésticos en clave de amenaza exterior. Si la economía cruje, hay que encontrar un enemigo que explique el crujido sin señalar las estructuras internas que lo producen.


Los 92 mil empleos perdidos en febrero no son solo un número. Son talleres que cierran, contratos que no se renuevan, familias que recalculan el gasto de marzo con lo que queda de febrero. Son el tipo de dato que no aparece en los discursos de campaña pero que sí aparece en las conversaciones del domingo, cuando alguien dice «oye, ¿y tú cómo vas?» y la respuesta tarda un segundo de más en llegar.

Esta cifra llegó como «sorpresa». Los analistas no la esperaban. Los mercados la absorbieron con cierto nerviosismo. El gobierno la minimizó. Y sin embargo, para millones de trabajadores, no fue ninguna sorpresa: fue la confirmación de algo que ya sentían en el cuerpo desde hace meses. La economía que crece en las gráficas no siempre es la misma que crece en los barrios.

Aquí opera uno de los mecanismos más silenciosos de la desigualdad contemporánea: la desconexión entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia microeconómica cotidiana. El PIB puede subir mientras el poder adquisitivo de los trabajadores baja. El desempleo oficial puede parecer bajo mientras el subempleo, el trabajo informal y la precariedad laboral se extienden como agua entre las grietas. La narrativa del crecimiento se sostiene midiendo lo que conviene medir.


Y entonces llega la amenaza contra Irán.

No es la primera vez que ocurre este movimiento. Tampoco será la última. Hay una economía política de la belicosidad: cuando los indicadores fallan, cuando la promesa de prosperidad empieza a mostrar sus costuras, la retórica del conflicto exterior cumple varias funciones a la vez. Reorganiza el noticiero. Reactiva el patriotismo como emoción disponible. Y, no menos importante, beneficia a sectores específicos —la industria de defensa, el complejo energético— que tienen intereses muy concretos en que la tensión se mantenga alta.

Mientras tanto, el país enfrenta desastres climáticos sin inversión seria en prevención. Las inundaciones, los incendios, las sequías siguen cobrando facturas que se pagan en las comunidades más pobres, las que no tienen seguro, las que no tienen adónde irse. Pero eso requeriría hablar de redistribución, de gasto público, de regulación. Requeriría nombrar quiénes son los responsables de la inacción. Es mucho más incómodo que hablar de misiles.


Hay algo que la gente siente pero que raramente se articula en los medios: el agotamiento de tener que seguir el ritmo de las crisis manufacturadas mientras se vive una crisis real. Es una forma específica de alienación política: la sensación de que el espectáculo del poder no tiene nada que ver contigo, pero que sin embargo te consume tiempo, energía, atención. Que mientras tú calculas si puedes pagar la renta este mes, alguien en Washington habla de la soberanía del Golfo Pérsico.

Eso genera, en el largo plazo, una desafección que no es apatía sino sobrevivencia. La gente no se desconecta de la política porque sea ignorante. Se desconecta porque aprendió, a fuerza de decepciones, que el lenguaje de la política raramente habla de su vida.

Y es precisamente ahí donde la derecha populista encuentra su mejor terreno: en esa distancia, en ese abandono, en esa sensación de que el sistema está diseñado para otros. Trump no ganó a pesar de esa desafección. Ganó, en parte, porque supo habitarla, nombrándola con una rabia que resonaba aunque las soluciones que ofrecía fueran un engaño.


El hombre del taller mecánico de Cleveland va a seguir esperando su llamada. La televisión va a seguir hablando de Irán. Las cifras de desempleo van a refinarse, reencuadrarse, reinterpretarse hasta que dejen de ser noticia.

Y en algún momento del día, mientras espera, quizás se pregunte —sin usar esas palabras— por qué el país más poderoso del mundo siempre parece tener más urgencia de hablar de sus enemigos que de sus propios heridos.

Esa pregunta no tiene respuesta en el noticiero de las ocho. Pero es, probablemente, la pregunta más política que alguien puede hacerse en este momento.


Por Roberto Medina