Mientras Trump amenaza con bombardear Irán, 92,000 familias estadounidenses perdieron su ingreso en febrero. El espectáculo bélico tiene una función que los medios mainstream no se atreven a nombrar.
Marisol lleva tres semanas mandando currículums desde la mesa de la cocina de su apartamento en Columbus, Ohio. Tenía trabajo en logística, en una empresa que movía mercancía entre almacenes del Medio Oeste. En febrero la llamaron un martes por la tarde, le dijeron que el contrato había terminado, y le entregaron dos semanas de liquidación en un sobre manila. Marisol tiene 41 años, dos hijos en la escuela pública y una hipoteca que no sabe si va a poder sostener. No es un dato agregado. Es una mujer específica mirando una pantalla y preguntándose cuánto tiempo aguanta el ahorro antes de que empiece el problema real.
Esa semana, el presidente de Estados Unidos estaba en otro tema.
El Departamento de Trabajo publicó los números de febrero sin fanfarria: 92,000 empleos perdidos en el sector privado. No es la cifra catastrófica de una crisis financiera, pero sí es la primera grieta visible en el relato oficial del "crecimiento robusto" que la administración Trump ha repetido como mantra desde que volvió a la Casa Blanca. Los analistas que siguen el mercado laboral de cerca señalan que la contracción se concentra en manufactura, logística y servicios de soporte —exactamente los sectores donde trabaja Marisol, donde trabaja la clase trabajadora que no aparece en los índices bursátiles pero que sostiene la economía real.
La respuesta de la administración no fue un plan de reactivación. No fue un anuncio de inversión en infraestructura productiva. No fue, por supuesto, una extensión de los beneficios por desempleo ni una convocatoria de emergencia al Congreso.
Fue una amenaza de bombardeo.
Dentro del mismo ciclo de noticias en que salieron los datos de empleo, Trump publicó mensajes en su red social advirtiendo que si Irán no llegaba a un acuerdo nuclear, recibiría golpes "muy fuertes" y que Estados Unidos apuntaría a su infraestructura energética. El lenguaje fue el de siempre: maximalist, personalista, diseñado para dominar los titulares. Y funcionó. Los grandes medios estadounidenses —CNN, Fox, los diarios de la Costa Este— pasaron las siguientes 48 horas discutiendo el diferencial de poder militar entre Washington y Teherán, las posibles respuestas iraníes, el precio del petróleo, la geometría de una eventual confrontación.
Los 92,000 empleos perdidos quedaron enterrados en la sección de economía. Marisol no tiene cobertura en ningún canal de cable.
Este mecanismo no es nuevo ni accidental. Tiene nombre en la literatura de ciencia política: rally around the flag, el efecto por el cual una amenaza externa —real o construida— eleva la aprobación presidencial y desplaza el debate doméstico. Richard Nixon lo usó. George W. Bush lo perfeccionó después del 11 de septiembre. Trump, que tiene un instinto mediático que sus adversarios siguen subestimando, lo practica con una frecuencia que debería ser objeto de cobertura sistemática, no de análisis episódico.
La pregunta no es si Irán representa o no un desafío geopolítico. La pregunta es: ¿por qué la amenaza aparece ahora, en la misma semana en que el mercado laboral emite su primera señal de alerta?
La cadena de responsabilidad aquí no es misteriosa. Trump firma los mensajes. Su equipo de seguridad nacional —con Marco Rubio en el Departamento de Estado y Pete Hegseth en el Pentágono— provee la arquitectura técnica de la escalada. Los grandes medios, que necesitan el conflicto para mantener la atención, amplifican sin contextualizar. Y las corporaciones del sector defensa, que llevan semanas reportando incrementos en sus cotizaciones bursátiles cada vez que sube la tensión con Irán o con cualquier otro actor en el tablero global, reciben el beneficio colateral sin que nadie se lo pida explícitamente.
Lockheed Martin subió 2.3% en los dos días posteriores a las amenazas más recientes. Raytheon, que fabrica los misiles que eventualmente irían a cualquier infraestructura energética iraní, tuvo un desempeño similar. No es conspiración. Es la lógica del capitalismo de guerra funcionando exactamente como fue diseñado.
Mientras tanto, el mismo gobierno que habla de "hacer grande a América" no tiene un plan articulado de inversión en prevención de desastres climáticos —tema que los propios funcionarios de gestión de emergencias llevan meses señalando como urgente— ni ha presentado una propuesta legislativa para atender el deterioro del empleo en manufacturas. La austeridad, como siempre, aplica selectivamente: para las familias como la de Marisol, para los programas sociales, para la infraestructura pública. No para el presupuesto del Pentágono, que el año pasado superó los 886,000 millones de dólares.
Hay una pregunta que la cobertura convencional evita con disciplina casi admirable: ¿a quién le conviene que Estados Unidos esté hablando de Irán esta semana?
No le conviene a Marisol, que necesita un empleo, no un conflicto. No le conviene a las familias de militares en bases del Golfo Pérsico. No le conviene a los países de la región que ya viven bajo la sombra de décadas de intervenciones estadounidenses que prometían estabilidad y entregaron fragmentación. Una encuesta reciente —citada en varios medios internacionales— indica que la mayoría de los ciudadanos de América Latina y el Caribe rechaza una intervención militar de Estados Unidos en Irán. La opinión del Sur global rara vez figura en los cálculos de Washington, pero merece ser dicha.
Le conviene, en cambio, a quienes necesitan que el debate público no se instale en la pregunta correcta: ¿por qué la economía más rica del mundo tiene 92,000 personas menos empleadas en un solo mes, sin que ningún mecanismo de protección social robusto esté listo para recibirlas?
Marisol no sabe nada de Irán. No porque sea ignorante —tiene una carrera técnica, habla dos idiomas, sabe leer una factura de gas y un contrato laboral— sino porque Irán no paga su hipoteca. Lo que a ella le preocupa es si el siguiente mes habrá dinero para los útiles escolares de su hijo mayor, que entra a la secundaria en agosto.
Esa preocupación, multiplicada por 92,000, es la historia real de esta semana en Estados Unidos.
El tambor de guerra suena muy fuerte. Pero los tambores, históricamente, no se tocan para que la gente escuche mejor. Se tocan para que la gente deje de escuchar otras cosas.
La pregunta es si vamos a seguir bailando al ritmo que nos ponen, o si vamos a exigirle a la cobertura periodística —y a nosotros mismos— que mantengamos la mirada donde duele: en la mesa de cocina de Columbus, en el sobre manila, en la pantalla que sigue sin dar respuestas.
Por Carmen Delgado