El control sobre recursos, información y tecnología revela la estrategia de concentración de poder del próximo gobierno estadounidense
Tres noticias que llegan en los mismos días no son coincidencia. Son síntomas del mismo impulso: concentrar poder, neutralizar crítica, asegurar recursos. Y entender cómo se conectan es entender hacia dónde va Estados Unidos.
El petróleo que todos defenderán
Donald Trump solicitó a Reino Unido, China, Francia, Japón y Corea del Sur que envíen buques de guerra al Estrecho de Ormuz para "defender la ruta de envíos de petróleo clave". Parece una solicitud técnica de defensa. No lo es. Es geopolítica pura.
El Estrecho de Ormuz es el cuello de botella del sistema energético global. Por allí pasa el 21% del petróleo mundial. Controlar esa ruta es controlar la economía de docenas de países. Y Trump acababa de proponer anexar Groenlandia y Canadá. Ahora pide que otras potencias guarden su petróleo.
Pero aquí está el movimiento inteligente: no envía solo barcos estadounidenses. Pide que lo hagan otros. ¿Por qué? Porque distribuye el costo político y militar entre aliados. China, Japón, Corea del Sur —todos dependen del petróleo que pasa por allí. Si Trump logra que todos envíen barcos, ha logrado algo más profundo: convertir a potencias competidoras en guardianes de su orden energético.
Para los países de América Latina que dependen de importaciones de petróleo, esto significa precios volátiles controlados por decisiones tomadas en Washington, Pekín, Tokio. Para los trabajadores que pagan la gasolina, significa que sus salarios compran menos. El petróleo que fluye por Ormuz llega a las bombas de todos lados.
El silenciamiento de la verdad uniforme
Mientras Trump asegura recursos, su Departamento de Defensa restringe quién puede hablar sobre el Departamento de Defensa. El Pentágono implementó nuevos controles sobre Stars and Stripes, el periódico militar independiente que ha cubierto historias incómodas sobre gasto militar, abuso, corrupción.
Los nuevos controles son explícitos: si escribes sobre lo que pasa adentro del Pentágono, eres un "activista". Si cuestionar la forma en que se gasta dinero público es activismo, entonces la democracia se define por silencio.
Esto no es accidental. En democracias corporativas, el control de la narrativa es tan importante como el control de recursos. Si el Pentágono controla la única voz que cuenta la historia del Pentágono, entonces los críticos son automáticamente "sesgados". Si el mercado es perfecto, solo necesitas que la gente crea que lo es.
Trabajadores militares, familias de soldados, contribuyentes que pagan impuestos para financiar las instituciones militares: pierden el derecho a escuchar historias incómodas sobre esas instituciones. Es censura revestida de lealtad patriótica.
Las máquinas que comen tiempo y atención
Mientras Trump militariza petróleo y silencia crítica, Meta llega a juicio por hacer exactamente lo opuesto a la democracia a escala íntima: adictiva.
Una demandante pasó 16 horas en Instagram en un día. Dieciséis horas. Es casi toda la vigilia adulta de una persona. Y Instagram fue diseñado para que eso pasara. Algoritmos que priorizan lo que engancha, no lo que informa. Funcionalidades de notificación constante. La psicología de validación social explotada como producto.
Meta ha ganado valor de mercado colosal por capturar atención humana. Los accionistas ganan dinero. Los trabajadores que crean el contenido ganan casi nada. Las personas que usan la plataforma ganan compulsión.
Pero espera: ¿es un problema aislado de Meta? No. Es parte del mismo patrón. Si concentras atención en plataformas que controlas, controlas también qué ven los ciudadanos. Y si ves lo que ven durante 16 horas al día, no tienes tiempo de pensar criticamente sobre Trump militarizando Ormuz o sobre el Pentágono silenciando periodistas.
Son tres engranajes del mismo mecanismo: recursos bajo control de pocos (petróleo), información controlada (prensa militarizada), atención humana extraída y dirigida (redes sociales adictivas).
Quién pierde en esta arquitectura
Los trabajadores estadounidenses pagan precios volátiles de energía decididos lejos, en aguas que otros protegen con sus barcos. No escuchan historias de gastos militares porque fue censurada. Y pierden tiempo en Instagram en lugar de organizarse, aprender, conectar con comunidades reales.
En América Latina es peor: dependencia energética aumentada, gobiernos bajo presión geopolítica, poblaciones más fragmentadas por redes sociales adictivas.
No son tres historias. Es una sola historia contada en tres capas. Y entenderla es el primer paso para cuestionarla.
Por Alejandra Flores