En 14 meses de administración republicana, la izquierda ganó 28 escaños legislativos. La participación electoral crece y alerta a los republicanos.

En la cocina de una casa en las afueras de Filadelfia, María Elena y su marido Roberto ven las noticias mientras desayunan. Ella es trabajadora de enfermería. Él conduce Uber. Ninguno de los dos tiene tiempo de pensar en política, pero el mes pasado fueron a votar en las elecciones municipales. "Aunque sea un poco", dice María Elena, "queremos que alguien escuche que los medicamentos están caros. Que los niños en la escuela no tienen lo que necesitan."

María Elena y millones como ella están haciendo algo que los estrategas republicanos esperaban que no hiciera: están saliendo a votar en elecciones locales y estatales.

Desde que Donald Trump asumió la presidencia hace 14 meses, los demócratas han ganado 28 escaños en legislaturas estatales. Es un número que suena técnico hasta que lo traducen los operadores políticos de ambos lados: significa que la gente está enojada. Significa que está participando. Significa que los republicanos tienen un problema que ni los recortes fiscales ni los anuncios sobre inmigrantes ilegales están solucionando.

En enero, en Nueva Jersey, los demócratas ganaron tres escaños en la asamblea. En Texas, en febrero, en condados que hace cuatro años eran seguros republicanos, pasó algo inesperado: la gente votó. En elecciones que históricamente atraen a un 30 por ciento del electorado, este año hubo picos de participación del 45 a 50 por ciento.

"Lo que ven los republicanos es que su base de 2024 no se está movilizando igual", explica James Chen, analista político en la Universidad de Michigan. "Y eso asusta porque las elecciones intermedias de 2026 son menos de dos años. Si pierdes impulso ahora, en elecciones locales donde la gente elige jueces, contadores, miembros del consejo escolar, eso es difícil de recuperar".

Pero aquí está lo que los titulares no cuentan: no es que los demócratas estén ganando porque la gente vote por la marca demócrata. La gente vota porque siente que no tiene nada que perder. Porque la inflación no bajó como prometieron. Porque la gente sigue sin poder pagar la renta. Porque en Nueva York, una madre de tres hijos sigue trabajando dos empleos y aún así no puede acceder a cuidado infantil. Porque en Arizona, una abuela tuvo que decidir entre comprar medicinas o comer.

Esos 28 escaños no son una victoria demócrata. Son un voto de castigo a quienes prometen soluciones y entregan lo mismo de siempre.

En la Casa Blanca, mientras tanto, los calendarios avanzan de otra manera. El lunes 16 de marzo, Trump anunció que Susie Wiles, su Jefa de Gabinete, ha sido diagnosticada con cáncer de mama. Wiles seguirá trabajando virtualmente desde la Casa Blanca durante el tratamiento. Es un dato que merece respeto y humanidad. Pero es también un recordatorio de algo que los números electorales ya estaban diciendo: incluso en la cúspide del poder, la vida no es lo que los anuncios prometían.

Mientras en Washington se discute quién tiene cáncer y quién no, en los estados sucede algo más profundo. Sucede lo que sucede siempre cuando la gente siente que ha sido olvidada: ella decide no olvidar. Recuerda quién prometió qué. Recuerda quién votó a favor de cortar programas de asistencia mientras los ejecutivos ganaban bonificaciones. Recuerda quién dijo que bajaría los precios de los medicamentos.

En Texas, un condado que no votaba demócrata desde 2008 acaba de elegir un juez demócrata. No es porque los texanos se volvieron progresistas de la noche a la mañana. Es porque decidieron que el juez anterior no los representaba. Es porque una madre en Houston puede calcular mejor que cualquier encuesta si puede o no pagar lo que cuesta vivir.

Los republicanos ven esos 28 escaños y entran en pánico. Los demócratas ven esos 28 escaños y creen que ganaron algo. Pero la verdad que nadie en Washington quiere ver es más simple: la gente está diciendo que no está bien. Que algo tiene que cambiar. Y que si no lo hacen ustedes, tal vez tendremos que buscar a alguien más.

Eso es lo que sucede cuando el aire que respira la gente en las casas de Filadelfia, Houston y Tucson no coincide con lo que ven en la televisión. Cuando los números en las billeteras de la gente dicen una cosa y los políticos dicen otra.

Los 28 escaños son solo el principio. Las elecciones intermedias de 2026 llegarán, y entonces veremos si María Elena y los millones como ella deciden que el cambio debe ser real, o si vuelven a casa resignados.


Por Diana Torres