En su tercera semana de conflicto, la administración busca apoyo internacional para asegurar una de las rutas comerciales más estratégicas del mundo

El presidente Trump intensificó esta semana sus gestiones diplomáticas para armar una coalición internacional destinada a asegurar el Estrecho de Ormuz, el paso marítimo por donde transita aproximadamente el 30% del petróleo mundial. La iniciativa ocurre mientras el conflicto armado con Irán entra en su tercera semana, sin signos claros de desescalada.

Según reportes de funcionarios de la Casa Blanca, Trump ha efectuado llamadas directas a líderes de países aliados —incluyendo Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y países del Golfo Pérsico— para presionarlos a que comprometan recursos militares y navales en la operación. La estrategia refleja un patrón conocido en la administración: cuando Washington decide intervenir militarmente, busca que otros financien y participen en la operación.

"No podemos permitir que Irán cierre una de las arterias económicas más importantes del mundo", dijeron funcionarios estadounidenses en un comunicado que fue enviado a medios internacionales. La retórica es clara: se trata de una cuestión de "interés global", aunque el análisis más crudo sugiere que es principalmente un interés estadounidense en mantener su hegemonía sobre las rutas comerciales estratégicas.

Lo que no dicen en los comunicados oficiales es que una coalición militar en el Estrecho de Ormuz es inherentemente una escalada. La presencia militar en aguas territoriales o internacionalmente disputadas tiende a generar enfrentamientos, no a prevenirlos. Durante las últimas dos décadas, cada aumento en la presencia militar estadounidense en el Golfo Pérsico ha coincidido con mayores tensiones, no con mayor estabilidad.

La guerra en Irán, ahora en su tercera semana, comenzó bajo circunstancias que aún no son completamente claras en los medios estadounidenses. Lo que sí es evidente es que cada día que pasa sin resolución diplomática, el número de civiles afectados aumenta exponencialmente. Hay reportes de desplazamientos forzados de poblaciones en zonas cercanas a objetivos militares, de interrupciones en los suministros de medicinas y alimentos, de infraestructura civil dañada.

Desde el lado de los aliados estadounidenses, la respuesta ha sido tibia. Algunos países han expresado preocupación pública por ser arrastrados a otro conflicto de Oriente Medio. Reino Unido y Francia, aunque formalmente aliados, tienen sus propios intereses comerciales en mantener relaciones con Irán y no desean aparecer como simples peones en la estrategia estadounidense. Japón, que depende fuertemente del petróleo del Golfo, se muestra especialmente cauteloso: cualquier escalada militar podría impactar directamente en el costo de la energía y en su economía.

Los países del Golfo, particularmente Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, tienen una posición incómoda. Son aliados de facto de Estados Unidos y han estado en conflicto con Irán durante años, pero también tienen fronteras con Irán y saben que cualquier escalada militar directa podría convertirlos en objetivos. La promesa de seguridad estadounidense suena bien sobre el papel, pero la realidad geopolítica sugiere que Washington eventualmente priorizará sus propios intereses.

Históricamente, las "coaliciones" lideradas por Estados Unidos en Oriente Medio no han resuelto conflictos: los han prolongado. La coalición contra el Estado Islámico, formada en 2014, llevó a una guerra que aún continúa en varias formas. La coalición de la Guerra del Golfo en 1991, aunque militarmente victoriosa, dejó un Oriente Medio más destabilizado que antes, con sanciones que mataron de hambre a civiles iraquíes durante una década.

Lo que Trump no está comunicando públicamente, pero que está implícito en sus gestiones diplomáticas, es que esta coalición será principalmente estadounidense en términos de participación real, aunque sus costos —humanos, económicos y políticos— serán compartidos. Los aliados aportarán legitimidad internacional y dinero; Estados Unidos aportará el músculo militar y dictará la estrategia.

Mientras la presión diplomática continúa en las capitales aliadas, en Irán la población civil sigue pagando el precio de una guerra que no eligió. Tres semanas de conflicto ya significan miles de personas desplazadas, infraestructura destruida, y la perspectiva cada vez más probable de una confrontación regional que podría durar años.

La pregunta que debería estar en la agenda de los líderes aliados no es si se unen a una coalición militar, sino cuál es el plan para una salida negociada que evite décadas de inestabilidad regional. Hasta ahora, la administración Trump no ha respondido esa pregunta.


Por Fernando Lopez