Mientras la energía se convierte en arma geopolítica, son los trabajadores y las familias quienes pagan el precio de las tensiones en Oriente Medio
Donald Trump escaló la retórica sobre Irán esta semana al amenazar con destruir campos de gas iraníes si el país ataca nuevamente a Qatar. La amenaza, lanzada en el contexto de tensiones crecientes en la región, ilustra un patrón peligroso: cuando los líderes mundiales juegan ajedrez geopolítico con la energía, quienes pierden son trabajadores y familias comunes en continentes que ni siquiera están en el tablero.
La amenaza de Trump no es un intercambio abstracto entre gobiernos. Tiene consecuencias inmediatas y medibles. Los precios del gas en Europa ya subieron más del 25 por ciento después de los ataques previos a Qatar. Ese porcentaje se traduce en facturas de calefacción más altas cuando llega el invierno, en costos de electricidad que suben para pequeños negocios, en presión adicional sobre hogares que ya están eligiendo entre calentar sus casas o comer.
Este es el lado invisible de la cobertura de política exterior convencional. Los medios estadounidenses reportan la amenaza de Trump como un titular de seguridad nacional. Los medios europeos hablan del "riesgo geopolítico" en los mercados energéticos. Pero nadie pone el micrófono frente a la mujer en Varsovia que acaba de recibir la factura de gas, o el pequeño empresario en Madrid que tiene que aumentar precios porque sus costos de energía se disparan.
La realidad es que Qatar, aunque es un pequeño país del Golfo Pérsico, es uno de los mayores exportadores de gas natural licuado del mundo. Europa depende críticamente de ese gas, especialmente desde que las sanciones a Rusia redujeron los suministros de Gazprom. Eso significa que cuando hay tensiones en el Golfo Pérsico, los precios suben instantáneamente en Ámsterdam, Rotterdam y Budapest. Y cuando los precios suben en esos mercados, suben en toda Europa.
Lo inquietante es la lógica que está operando. Trump amenaza a Irán para proteger a Qatar. Pero ¿quién protege a los trabajadores en Europa de las consecuencias de esas amenazas? La respuesta es: nadie. Los gobiernos europeos no tienen instrumentos para aislarse de los shocks de precios en mercados globales de energía que están, literalmente, en manos de políticos estadounidenses y líderes regionales en Oriente Medio.
Esta es una característica fundamental del capitalismo global de la energía. Los gobiernos pueden amenazar con bombardeos. Los mercados financieros pueden especular sobre qué país atacará a quién. Las corporaciones energéticas pueden maximizar ganancias cuando hay "incertidumbre geopolítica". Pero los trabajadores que dependen de esa energía para vivir no tienen voto en el asunto. No pueden negociar. No pueden diversificar sus riesgos.
Hay una lección aquí sobre por qué la soberanía energética importa. Si Europa tuviera una red de energía renovable robusta y financiada públicamente, estaría mucho menos vulnerable a los caprichos de la geopolítica en Oriente Medio. Si los gobiernos hubieran invertido en eficiencia energética, aislamiento térmico de viviendas y transporte público masivo en lugar de depender de mercados privados de gas, la suba de precios tendría un impacto menor en los hogares. Pero eso habría requerido decisiones políticas hace años que los gobiernos europeos, bajo presión del capital financiero, no tomaron.
Ahora, cuando hay una crisis, la factura se pasa a la gente. Las familias bajan el termostato. Los negocios pequeños cierren temporadas. Los ancianos mueren de frío. Y todo esto sucede porque Trump decide hacer una amenaza contra Irán para respaldar a Qatar en una región donde Estados Unidos tiene intereses geopolíticos que Europa no necesariamente comparte.
La pregunta que raramente se hace en estos análisis es: ¿por qué sigue siendo aceptable que unos pocos países produzcan y controlen la energía que el mundo necesita para vivir? ¿Por qué seguimos permitiendo que la energía sea un arma en manos de estados y corporaciones? ¿Y quién está trabajando en alternativas que rompan con este sistema?
Mientras eso no cambie, cada amenaza de Trump, cada disputa en el Golfo Pérsico, cada "sorpresa geopolítica" será una subida de precios que castiga a los trabajadores. Y la única sorpresa real es que sigamos permitiendo que funcione así.
Por Gabriela Cruz