Mullin asume Seguridad Nacional en medio de cierre del gobierno y operativos de ICE que paralizan terminales aéreas
Juana espera en la fila de seguridad del aeropuerto LaGuardia desde hace dos horas. Su vuelo a Miami sale en tres. Entre ella y la puerta de embarque hay decenas de personas más, todas mirando sus relojes, todas preguntándose qué está pasando. Lo que ella no ve, pero siente en el aire, es la presencia de cientos de agentes de ICE desplegados en las 14 terminales más grandes del país.
Mientras la gente ordinaria espera en colas que se extienden por horas en Nueva York, Atlanta, Houston y docenas de otras ciudades, el Senado acaba de confirmar al senador republicano Markwayne Mullin como nuevo secretario de Seguridad Nacional. Mullin toma las riendas de un departamento en caos: aproximadamente 100,000 empleados trabajando sin cobrar un solo dólar mientras el gobierno permanece cerrado.
No es un detalle menor. Son 100,000 personas que van a trabajar igual. Que procesan documentos, que monitorean fronteras, que responden a emergencias. Trabajadores que tienen hipotecas, que pagan guardería, que esta semana no saben si van a poder comprar comida. Y ahora, con Mullin en la dirección, tendrán que hacerlo sin salario.
El despliegue de ICE en los aeropuertos no es casual. Llega acompañado de la reconfiguración total de la agenda migratoria de la administración Trump. Las operaciones en terminales aéreas son visibles, intimidantes, diseñadas para ser vistas. Mientras tanto, los empleados de Seguridad Nacional que hacen el trabajo real — el que requiere precisión, inteligencia, humanidad — no tienen dinero en sus cuentas bancarias.
Mullin reemplaza a Kristi Noem, quien duró poco en el cargo. Su nueva responsabilidad es ejecutar la agenda migratoria más agresiva que ha visto el país en décadas, pero tendrá que hacerlo con un departamento en crisis financiera. Es como ponerle las riendas de un caballo desbocado a alguien nuevo, sin darle presupuesto para alimentar al animal.
La ironía es brutal: el gobierno se cierra para "ahorrar dinero", pero luego despliega miles de agentes en operativos que ralentizan todo el sistema de transporte aéreo. La familia que quería viajar para ver a abuela enferma espera tres horas. El trabajador que viaja por trabajo pierde su conexión. El negocio pequeño que depende de transporte ágil ve sus márgenes encogerse. Todo esto, mientras 100,000 personas no tienen salario.
Y hay más. En el escenario internacional, la administración Trump está enfrentando fricciones diplomáticas que nadie previó. La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha obligado a Trump a posponer su viaje a China, complicando la agenda comercial que supuestamente era prioridad. Los conflictos en Medio Oriente están afectando las relaciones comerciales con Beijing, justo cuando Trump necesitaba mostrar victorias económicas.
Mientras tanto, en Voice of America, empleados están demandando a Kari Lake por insertar propaganda pro-Trump en las transmisiones de una agencia que se supone debe ser independiente. En un departamento de gobierno tras otro, la línea entre administración y propaganda se ha borrrado.
Esta es la realidad que Mullin hereda: un departamento sin dinero, bajo órdenes de ejecutar operativos cada vez más agresivos, mientras la legitimidad de las instituciones públicas se erosiona. Los 100,000 empleados sin pago no son números en un presupuesto. Son la gente que hace que el sistema funcione, aunque nadie los vea en las noticias de la noche.
Juana finalmente pasó seguridad. Llegó a su puerta de embarque. Su vuelo salió con una hora de retraso. Ella no sabe que ayudó a ralentizar un sistema que está fracasado por diseño: más agentes de ICE en terminales, menos dinero para que funcione todo, presión política para mostrar "resultados" en deportaciones. Es el caldo de cultivo perfecto para que algo más grave suceda. Y mientras tanto, los que mantienen el sistema en pie no tienen con qué pagar la renta.
Por Diana Torres