Cuando la política exterior se convierte en show y los que pagan la entrada son los de siempre

En el mercado de San Cosme, un martes cualquiera, un señor que vende cables y adaptadores explica a su vecino de puesto por qué subieron los precios de sus productos. No habla de aranceles. No habla de política comercial. Dice, con la precisión que da la experiencia: "Ya todo viene de allá, y allá están locos." Su vecino asiente. No necesitan más contexto. Ambos saben a qué se refieren, aunque ninguno haya leído un despacho de agencia en su vida.

Ese saber corporal, acumulado en el hueso por años de vivir las consecuencias de decisiones que se toman en lugares muy lejanos, es quizás la forma más honesta de leer lo que está ocurriendo en el mundo esta semana.


En los últimos días, la agenda internacional ha tenido la estructura de un reality de televisión: tensión con Irán que podría terminar en dos o tres semanas, según promete el mismo hombre que la escaló; reconocimiento de Washington a un nuevo interlocutor en Venezuela, movimiento que reordena el tablero diplomático sin que nadie explique bien a quién beneficia; aranceles que han alcanzado niveles que no se veían desde hace décadas; y, como contrapunto extraño, un astronauta canadiense que despega hacia la Luna mientras su país discute si seguirá siendo soberano frente a la presión de su vecino del sur. En el fondo de todo esto, SpaceX anuncia que podría valer un billón de dólares y casi nadie hace las preguntas que habría que hacer.

Son noticias distintas. Pero tienen una gramática común.


Lo que comparten todos estos eventos es la lógica de la espectacularidad como sustituto de la política. No es un fenómeno nuevo, pero raramente se ha expresado con tanta nitidez como en el trumpismo. La promesa de resolver una guerra en dos o tres semanas no es diplomacia: es un tuit con consecuencias reales. El reconocimiento a un actor político en Venezuela no responde a un análisis profundo de la realidad venezolana, sino a la necesidad de mostrar movimiento, de parecer que se actúa. Los aranceles se anuncian como victorias nacionales antes de que los mercados abran, antes de que nadie haya podido calcular qué ocurrirá con el precio del acero, del maíz, del cable eléctrico que el señor de San Cosme necesita para surtir su puesto.

El sociólogo Guy Debord habría reconocido el patrón: la sociedad del espectáculo no es solo entretenimiento, es la colonización de la política por la imagen. Lo que importa no es lo que se hace, sino cómo se ve lo que se hace. Y en ese régimen de visibilidad, las consecuencias reales —las que se acumulan silenciosamente en los bolsillos de quienes menos tienen— quedan fuera de cuadro.


Los aranceles son quizás el ejemplo más claro. Cuando la administración estadounidense anuncia nuevas barreras comerciales como si fueran victorias patrióticas, lo que no aparece en el encuadre es que los aranceles son impuestos que pagan los consumidores, no las empresas extranjeras. El fabricante chino o mexicano no absorbe el costo: lo traslada al importador, que lo traslada al distribuidor, que lo traslada al comerciante, que lo traslada a quien llega al mostrador con lo justo. La cadena siempre termina en el mismo lugar.

Eso lo sabe, de nuevo, el señor de los cables. No con ese lenguaje, pero con esa verdad.

Lo que resulta sociológicamente relevante no es solo el mecanismo económico, sino la narrativa que lo acompaña. Los aranceles se presentan como defensa del trabajador estadounidense, como recuperación de la soberanía industrial. Y hay en eso un núcleo de emoción legítima: comunidades enteras que vieron desaparecer sus empleos manufactureros en las últimas décadas, que sintieron que los tratados comerciales los habían abandonado. Esa rabia es real. Pero el instrumento elegido para canalizarla castiga exactamente a quienes dice proteger, mientras las corporaciones que trasladaron esas fábricas al extranjero siguen reportando ganancias récord y los migrantes que vinieron a llenar esos empleos son silenciados, deportados, usados como chivo expiatorio de una crisis que tiene otros autores.


El caso venezolano merece una lectura separada. Washington ha reconocido a Edmundo González Urrutia como interlocutor, en un movimiento que tiene más de señal geopolítica que de compromiso real con la democracia venezolana. No porque la situación en Venezuela no sea grave —lo es, y profundamente—, sino porque la historia del intervencionismo estadounidense en América Latina no autoriza el optimismo. Cada vez que Washington ha decidido quién gobierna o quién debe gobernar al sur del Río Bravo, el resultado ha sido más inestabilidad, no menos. La soberanía no es un concepto abstracto: es la condición que permite a un pueblo procesar sus propias contradicciones sin que alguien más llegue a resolverlas con sus propios intereses en mente.

Mientras tanto, SpaceX se prepara para cotizar en bolsa con una valuación que supera el producto interno bruto de la mayoría de los países del mundo. Un billón de dólares construido sobre contratos gubernamentales, subsidios públicos y la narrativa del genio solitario que desafía a la burocracia. La pregunta que nadie hace es simple: ¿a quién pertenece el espacio? ¿Quién decide quién va a la Luna y para qué? Jeremy Hansen, el astronauta canadiense que despega esta semana, es sin duda un símbolo de algo: la capacidad humana de imaginar horizontes que van más allá de lo inmediato. Pero los cohetes que lo llevan no son del pueblo canadiense ni del pueblo estadounidense. Son de una empresa privada valuada en un billón de dólares cuyos accionistas no fueron elegidos por nadie.


Hay algo que la gente experimenta en este momento histórico y que cuesta trabajo nombrar: una sensación de que las decisiones grandes se toman cada vez más lejos, con cada vez menos rendición de cuentas, y que el espectáculo que las rodea sirve precisamente para hacer más difícil rastrear a quién benefician y a quién perjudican.

No es apatía. Es algo más complejo: una combinación de agotamiento informativo, desconfianza acumulada y la intuición —correcta— de que el ruido es parte del diseño. Que la guerra que quizás termine en dos semanas, los aranceles que protegen al trabajador, el reconocimiento diplomático que trae democracia, la empresa que lleva a la humanidad a las estrellas, son todos relatos construidos para que resulte difícil ver quién firma los contratos mientras el telón sube.

El señor de San Cosme no tiene tiempo de hacer el análisis completo. Tiene que poner precios nuevamente antes de que lleguen los primeros clientes. Sube un poco, tantea la reacción, observa si la gente sigue comprando o empieza a buscar en otro lado. Así, puesto a puesto, se va registrando en el cuerpo social lo que los indicadores macroeconómicos tardarán semanas en reportar.

El mundo se mueve a velocidad de espectáculo. La vida se ajusta a velocidad de mercado. Y en el espacio entre esas dos velocidades vive, como siempre, la gente de a pie.


Por Roberto Medina