Mientras Washington decide guerras, aranceles y reconocimientos diplomáticos, hay familias en Oaxaca, en Detroit y en Caracas que cargan con las consecuencias sin haber sido consultadas jamás
Doña Esperanza Ruiz lleva treinta y dos años vendiendo ropa en el mercado de Tlacolula. Compra tela importada, hilo, cierres. Tiene dos máquinas de coser y una hija que le ayuda los fines de semana. No lee el Wall Street Journal. No sigue las declaraciones del secretario del Tesoro estadounidense. Pero esta semana, cuando fue a surtirse con su proveedor de siempre en Oaxaca ciudad, el precio de los insumos había subido otra vez. El hombre le explicó, con la misma resignación con que se explica el clima: son los aranceles de allá arriba.
Doña Esperanza no votó en ninguna elección estadounidense. Nadie le preguntó si estaba de acuerdo con la política comercial de Donald Trump. Nadie le explicó que los aranceles que la administración republicana ha llevado a máximos históricos no son una medida técnica neutral, sino una decisión política con destinatarios muy concretos: los trabajadores, los pequeños comerciantes, las familias que viven al margen de los grandes circuitos financieros, a ambos lados de la frontera.
Esa es la historia central de esta edición, aunque venga disfrazada de varias historias distintas.
Hoy cubrimos aranceles, una posible guerra con Irán, un reconocimiento diplomático que reordena el tablero venezolano y un astronauta canadiense que se prepara para orbitar la Luna. Son noticias diferentes. Pero hay un hilo que las atraviesa, y ese hilo es el poder: quién lo tiene, cómo se ejerce, y quién paga las consecuencias cuando se ejerce mal.
Los aranceles de Trump no son, como el gobierno republicano insiste en presentarlos, un escudo que protege al trabajador estadounidense. La evidencia es más incómoda que eso. Los sectores que más absorben el costo son los de consumo básico: ropa, electrónica, alimentos procesados, materiales de construcción. Son los hogares de ingresos bajos y medios los que destinan una proporción mayor de su presupuesto a esos bienes. La promesa era proteger empleos en la manufactura. El resultado, documentado ya en múltiples análisis independientes, es una transferencia silenciosa de recursos desde los consumidores comunes hacia las empresas que pueden renegociar cadenas de suministro o trasladar costos sin perder márgenes. Doña Esperanza no tiene esa opción.
Lo mismo aplica para la escalada con Irán. Trump habló esta semana de un acuerdo en dos o tres semanas, pero las señales que llegan del terreno diplomático y militar contradicen ese optimismo de escaparate. Lo que sí sabemos es que cada ciclo de tensión en el Golfo Pérsico se traduce en precios del petróleo más volátiles, en presupuestos públicos latinoamericanos más tensados, en menos margen para los gobiernos que intentan sostener programas sociales. La guerra, cuando llega, nunca la pagan quienes la declaran.
Y luego está Venezuela. El reconocimiento de Washington a Edmundo González como presidente legítimo no es un gesto humanitario: es un movimiento geopolítico con historia larga y consecuencias previsibles. Semilla News no defiende el autoritarismo de ningún signo, y las denuncias de fraude electoral en Venezuela merecen atención rigurosa. Pero también sabemos, porque la historia de América Latina lo documenta con precisión dolorosa, que el intervencionismo estadounidense en la región raramente termina bien para los pueblos que dice rescatar. El reconocimiento de Washington crea las condiciones para más sanciones, más presión económica, más sufrimiento cotidiano para la población venezolana ordinaria, mientras los actores políticos de ambos bandos negocian sus posiciones desde la comodidad relativa del poder.
Hay algo que no queremos esquivar, porque este medio cree que la honestidad editorial incluye reconocer la dificultad.
No todo es sencillo. Venezuela es un caso genuinamente complejo: hay violación de derechos humanos, hay crisis humanitaria real, hay una oposición que representa a millones de personas que quieren un cambio. Desestimar todo eso en nombre del antiimperialismo sería tan deshonesto como ignorar el historial de Washington. La posición de Semilla News no es defender a ningún gobierno por el solo hecho de ser latinoamericano: es exigir que cualquier intervención externa se evalúe con los mismos estándares que aplicamos a cualquier otra política pública. ¿A quién beneficia realmente? ¿Quién paga el costo?
Tampoco es sencillo el tema del libre comercio. Hay economistas serios, no solamente de derecha, que señalan que el proteccionismo extremo tiene sus propias víctimas. El debate sobre política comercial justa es legítimo y necesario. Lo que no es legítimo es presentar los aranceles de Trump como una medida que protege al trabajador cuando la evidencia apunta en otra dirección, y cuando las corporaciones con mejor acceso a Washington obtienen exenciones que los pequeños productores nunca consiguen.
En algún lugar de esta semana, entre los titulares sobre misiles y mercados financieros, hubo una noticia que en otro ciclo informativo habría ocupado más espacio: un astronauta canadiense se prepara para ir a la Luna. Jeremy Hansen representa algo genuino: la curiosidad humana, la ciencia pública, el tipo de proyecto colectivo que recuerda para qué sirve la cooperación internacional cuando no está capturada por intereses privados.
No es casual que esa noticia comparta edición con la de SpaceX, la empresa de Elon Musk que cotiza ya en un billón de dólares y que ha convertido la exploración espacial en un negocio de acumulación privada. La pregunta que nadie hace en los comunicados de prensa es la misma que aplica a los aranceles, a los reconocimientos diplomáticos y a las amenazas de guerra: ¿quién decide, quién se beneficia y quién absorbe el costo?
Doña Esperanza no tiene respuesta para esa pregunta. Pero la pregunta la afecta cada vez que va a surtirse y encuentra que sus márgenes se han vuelto a estrechar. Ella no diseñó este sistema. Solo vive dentro de él.
Eso es lo que este medio considera inaceptable: no la complejidad del mundo, que es real e inevitable, sino la pretensión de que esas decisiones se toman en algún lugar neutro, sin intereses, sin ganadores ni perdedores. El periodismo que nace de la gente existe precisamente para nombrar a los perdedores que los titulares no mencionan.
Hoy, uno de esos perdedores vende ropa en Tlacolula y no sabe exactamente por qué sus costos suben. Pero algo sabe: que la decisión la tomaron lejos, sin preguntarle, y que ella es quien paga.
Por Isabel Vega