Cuando el caos no es un error de gestión sino el producto que se vende
En los mercados de la Ciudad de México, hay un dicho que los locatarios repiten cuando algo no tiene explicación lógica: 'Alguien está ganando con este relajo.' No es cinismo. Es sabiduría acumulada de generaciones que aprendieron a leer el desorden como mensaje, no como accidente.
Esa frase viene a la mente esta semana mientras se acumulan las noticias desde Washington con una velocidad que parece diseñada para impedir la comprensión: ataques en el Golfo Pérsico, amenazas de represalia, retirada de tropas, un fiscal general destituido en medio de revelaciones sobre archivos comprometedores, aranceles que encarecen medicamentos, y una funcionaria electoral que renuncia antes de entregar datos de votantes al gobierno federal. Todo en el mismo ciclo de noticias. Todo firmado por la misma mano.
La pregunta que habría que hacerse no es qué está pasando. La pregunta es para qué sirve que pasen todas estas cosas al mismo tiempo.
Existe un concepto en sociología política que los académicos llaman shock doctrine —doctrina del shock— y que la investigadora Naomi Klein documentó en su momento con precisión quirúrgica: la idea de que ciertas transformaciones políticas y económicas solo son posibles cuando la ciudadanía está desorientada, asustada o simplemente exhausta de seguir el hilo. El caos no es el costo de gobernar mal. En ciertos modelos de poder, el caos es el método de gobierno.
No se trata de conspiración. Se trata de estructura. Cuando una administración acumula simultáneamente una escalada militar con Irán, una purga interna en la fiscalía general, aranceles que afectan medicamentos de uso cotidiano y una recolección masiva de datos electorales, no está gestionando mal la agenda. Está produciendo un estado de atención dispersa en el que nadie puede concentrarse en nada lo suficiente como para organizarse en torno a ello.
La señora que toma metformina para la diabetes y acaba de ver que su medicamento subió de precio por los nuevos aranceles no tiene tiempo de rastrear la conexión entre esa subida y una decisión comercial tomada en Washington. Bastante tiene con recalcular el gasto del mes.
Tomemos la guerra. O lo que se presenta como guerra.
Los titulares dicen que Trump declaró que los objetivos militares contra Irán están 'próximos a completarse', pero los mercados financieros no le creyeron. Eso es significativo. Los mercados, que no tienen ideología pero sí tienen memoria, saben leer cuándo una declaración es estrategia de comunicación y cuándo es realidad operativa. La desconfianza bursátil no es un detalle técnico: es un termómetro de credibilidad.
Pero mientras los analistas financieros de Nueva York calculan probabilidades, en los campos petroleros del Golfo hay trabajadores. En las ciudades iraníes hay familias. En las bases militares de la región hay soldados jóvenes cuyos nombres no aparecerán en los titulares hasta que algo salga mal. La guerra —o su simulacro— siempre tiene dos audiencias: la que la consume como espectáculo desde la distancia y la que la padece como realidad desde adentro.
Y luego está la retirada de tropas, que ocurre al mismo tiempo. Amenaza y retroceso en el mismo comunicado. Fuego y agua. ¿Qué se le comunica al mundo con esa simultaneidad? Tal vez nada coherente. Tal vez eso sea precisamente el punto.
Luego está el caso Bondi. La destitución de la fiscal general en medio de la controversia sobre los archivos de Jeffrey Epstein merece más atención de la que ha recibido, sepultada como quedó bajo el ruido de los misiles y los aranceles.
Una funcionaria de alto nivel, responsable del sistema de justicia federal más poderoso del mundo, es removida de su cargo en el momento en que se discute qué hacer con documentos que podrían implicar a figuras de la élite política y financiera global. No se necesita ser especialista en derecho para leer la dirección de esa señal. Lo que se necesita es la disposición a mirarla sin apartar los ojos.
Hay una palabra para lo que se siente cuando el poder actúa con impunidad visible: indignación. Pero hay otra palabra para lo que ocurre cuando esa indignación se repite tantas veces que el cuerpo ya no sabe cómo sostenerla: agotamiento normativo. Es el momento en que la gente deja de escandalizarse no porque haya dejado de importarle, sino porque el escándalo continuo ha gastado la capacidad de reacción. Y ese agotamiento, también, es funcional para ciertos proyectos de poder.
Finalmente, los datos electorales. Una orden judicial que obliga a los estados a entregar información de votantes al gobierno federal, y una funcionaria que prefiere renunciar antes que cumplirla. Ese gesto —la renuncia como acto de resistencia institucional— es pequeño en términos de poder real, pero enorme en términos simbólicos. Alguien decidió que hay cosas que no se hacen aunque te lo ordenen.
Pero la pregunta que queda flotando es más incómoda: ¿para qué quiere esos datos una administración que ya demostró estar dispuesta a usar los instrumentos del Estado en función de sus intereses políticos? La respuesta honesta es que no lo sabemos con certeza. Y esa incertidumbre, en materia electoral, es en sí misma una forma de daño.
Hay algo que la gente siente en semanas como esta y que es difícil de nombrar con precisión. No es exactamente miedo, aunque el miedo está ahí. No es solo enojo, aunque el enojo también. Es algo más parecido a la sensación de estar viendo una obra de teatro en la que las bambalinas se mueven demasiado rápido para saber cuál es el escenario real y cuál es el decorado.
Los sociólogos hablan de saturación informativa como fenómeno técnico. Pero en la vida cotidiana se experimenta como una forma particular de soledad: la de no poder compartir con nadie una interpretación coherente de lo que está pasando, porque para cuando terminas de explicarla, ya ocurrió otra cosa.
Esa soledad interpretativa no es un efecto secundario del caos. En ciertos regímenes de comunicación política, es el objetivo.
En los mercados del centro, cuando el relajo sirve para distraer, los locatarios más viejos bajan la voz y siguen trabajando. No porque no les importe. Sino porque saben que la atención, bien dirigida, vale más que el grito.
La pregunta que se queda es la misma de siempre, pero esta semana pesa más: ¿hacia dónde, exactamente, quieren que no miremos?
Por Roberto Medina