Una semana de escalada con Irán, 92,000 empleos perdidos y una mayoría que rechaza la aventura militar. Así se desmorona el país mientras la Casa Blanca juega a ser imperio.
En Queens, en ese bodegón de la esquina donde se reúnen los trabajadores antes del turno de madrugada, el tema esta semana no fue Irán ni Trump ni ninguna de esas palabras que salen en las noticias de las seis. El tema fue el despido de Miguel, que llevaba cuatro años en la construcción. "Sin aviso", dice su hermano. "La empresa dijo que recortaba." Miguel es parte de los 92,000 empleados que desaparecieron de la nómina en febrero. Es solo un número en un comunicado de prensa. Para su familia, es todo.
Mientras eso sucedía, Donald Trump estaba ocupado con otras cosas. Una semana de guerra con Irán que ha arrastrado a múltiples países al conflicto. Israel actuando. Misiles volando. El alcance geográfico del caos expandiéndose por cada lado. Y en la Casa Blanca, como si nada sucediera en los números que importan, Trump despidió el jueves a Kristi Noem, su secretaria de Seguridad Nacional, y anunció que el senador republicano Markwayne Mullin de Oklahoma la reemplazaría. Un cambio de personal mientras la economía se desmorona.
Pero aquí está lo interesante: la mayoría de los estadounidenses no quiere esto.
Una encuesta de NPR/PBS News/Marist es clara. Los estadounidenses se oponen a la acción militar en Irán. Desaprueban cómo Trump está manejando el conflicto. Y la mayoría —la mayoría— ve a Irán como una amenaza menor o ninguna amenaza en absoluto. No es que haya grietas en la base de apoyo de Trump. Es que la mayoría del país está gritando que no, y nadie en Washington parece estar escuchando.
Mientras tanto, Trump apunta a Cuba. Después de Irán, después de la sangre y los misiles, ahora es Cuba. Afirma que las autoridades cubanas quieren hacer un acuerdo. Es como si dijera: "Terminemos una guerra para empezar otra." Es como si el juego fuera más importante que los resultados.
Ahora bien, ¿quién paga todo esto? La gente que ya está de rodillas.
Los 92,000 empleos perdidos en febrero no fueron solo en un sector. Fueron en casi todos. Manufactura. Servicios. Logística. Retail. La economía estadounidense está contrayéndose de una forma que sorprendió a los analistas. Y cuando una economía se contrae, los primeros en sentirlo no son los accionistas de las corporaciones multinacionales. Son Miguel en la construcción. Es Doña Rosa que trabaja en una oficina de seguros y acaba de enterarse que va a haber "optimización de recursos". Son las familias que todavía están pagando las deudas de 2008.
Mientras el gobierno federal está ocupado expandiendo conflictos militares y cambiando secretarios de estado como quien cambia de ropa, hay otras cosas ocurriendo que nadie reporta con la urgencia que merecen. Aduanas de EE.UU. anunció que va a desarrollar un sistema para devolver dinero a importadores sobre aranceles mal cobrados. Suena bien hasta que entiendes lo que significa: primero cobran, después devuelven si puedes demandarlo. Ahora quieren hacer un proceso simplificado de 45 días sin que necesites demandar. Es como si dijeran: "Nos dimos cuenta de que nos equivocamos, pero lentamente y solo porque nos obligaron." Esos aranceles, mientras tanto, han inflado los precios de todo lo que comes, usas y necesitas.
Y luego está el caos administrativo que nadie menciona. El Dr. Vinay Prasad, jefe de vacunas de la FDA, abandonó su cargo esta semana. Es la segunda vez que se retira abruptamente. Las salidas han venido después de decisiones controversiales sobre vacunaciones y medicinas especializadas. En una época de incertidumbre sobre salud pública, con gobiernos tomando decisiones cada vez más erráticas, perder a expertos en vacunaciones no es un detalle administrativo. Es un problema.
Y Canadá y EE.UU. reanudaron negociaciones comerciales. El ministro canadiense Dominic LeBlanc está en Washington. El TLCAN —el tratado que supuestamente iba a beneficiar a todos— está siendo reescrito. Mientras se reescribe, ¿quién cree que pierde? No son las corporaciones con equipos de abogados. Son los trabajadores cuyas fábricas se mueven porque un párrafo cambió en un tratado que nadie leyó.
Ahí está la semana. Una semana de guerras que la mayoría no quiere, empleos que desaparecen sin explicación, liderazgo que cambia de día, y sistemas que se supone deben proteger a la gente que funcionan siempre un paso atrás de la realidad. Y mientras todo eso sucede, alguien en Queens está llamando a su familia para decirles que no tiene trabajo. Ese es el verdadero titular.
La pregunta ahora es: ¿cuántas semanas más como esta antes de que algo cambie?
Por Diana Torres