Sobre el arte de distraer con una mano mientras la otra firma lo que nadie debería firmar
Había un señor en el mercado Hidalgo de Puebla —esto fue hace muchos años, cuando era niño— que vendía navajas de cocina. No las vendía mostrándolas. Las vendía cortando. Cortaba jitomates, cortaba papel de china, cortaba el aire con un gesto preciso, y la gente se amontonaba no para comprar sino para ver. Al final, compraban. El truco no era la navaja. El truco era saber a dónde dirigir los ojos de la gente.
Lo recuerdo cuando observo lo que está pasando en Washington esta semana.
En el transcurso de pocos días, la administración Trump hizo tres cosas que en otro momento habrían generado portadas durante semanas. Primera: se filtró que un programa federal —el Restoration of Rights Project— que lleva años prácticamente dormido está siendo reactivado para devolver el derecho a portar armas a personas con antecedentes penales. No de forma masiva y transparente, sino expedita, caso por caso, con criterios que nadie ha explicado del todo al Congreso. Segunda: el mismo Congreso fue informado de manera tardía —y según varios legisladores, insuficiente— sobre operaciones militares relacionadas con Irán, lo que reactiva el debate sobre quién tiene el poder real de llevar a un país a la guerra. Tercera: casi la mitad de los estadounidenses, según encuestas recientes, dice no oponerse a que las fuerzas militares participen en la supervisión de procesos electorales.
Tres noticias. Tres frentes. Un mismo patrón.
Hay una categoría que los politólogos llaman agenda overload: cuando un gobierno produce tantos eventos simultáneos, tantas polémicas paralelas, que el sistema informativo —y con él la opinión pública— se satura y pierde capacidad de seguimiento sostenido. No es una teoría conspirativa. Es una técnica de gestión política que se puede rastrear con evidencia. El resultado no es que la gente ignore todo: es que la gente elige, casi siempre sin saberlo, qué ignorar.
Y lo que se ignora rara vez es lo espectacular. Lo que se ignora es lo técnico, lo procedimental, lo que requiere contexto para entenderse. Lo que se ignora es exactamente lo que más importa.
Devolver el derecho a portar armas a personas con condenas previas no es una imagen que entra fácil en un titular. No tiene la visceral inmediatez de una declaración de Trump sobre un enemigo político o una pelea con un aliado europeo. Pero sus consecuencias —en comunidades donde la violencia armada ya es una herida cotidiana, en barrios donde la presencia de armas no significa seguridad sino miedo— son absolutamente concretas. Solo que esas consecuencias no caen en los mismos barrios donde viven quienes toman las decisiones.
Lo que la gente siente —y aquí hay que nombrarlo porque pocas veces se nombra con claridad— es una forma específica de agotamiento político que no es apatía. No es que no importe. Es que importa demasiado y desde demasiados ángulos al mismo tiempo, y el cuerpo humano, la mente humana, tiene límites. Hay una diferencia entre no querer saber y ya no poder procesar.
Esa diferencia la explotan muy bien ciertos gobiernos.
Cuando una administración normaliza el desorden como estilo de gestión, está apostando a que la ciudadanía eventualmente deje de intentar seguir el hilo. Y cuando la ciudadanía deja de seguir el hilo, el hilo no desaparece: solo cambia de manos. Lo toman los que tienen tiempo, recursos y motivación para seguirlo. Es decir, los que ya tenían poder.
Eso es lo que hay detrás del dato sobre la militarización electoral. Casi la mitad de los encuestados no dice que quiere un golpe de Estado. Dice que ya no confía en las instituciones civiles para garantizar elecciones limpias. Eso es distinto —y es peor, en cierto sentido—, porque no viene de un impulso autoritario sino de un cansancio democrático. De la sensación de que el sistema está roto y de que si no funciona con civiles, quizás funcione con militares.
Como si cambiar quién vigila la urna cambiara quién la llena.
Gramsci escribió que la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. En ese interregno, dijo, aparecen los monstruos. La cita se ha usado tanto que ya casi no se lee. Pero vale la pena releerla esta semana, porque describe algo muy preciso: ese momento en que las instituciones han perdido legitimidad pero no han sido reemplazadas por nada mejor, y en ese vacío cualquiera que proyecte certeza —aunque sea falsa, aunque sea violenta— gana audiencia.
Trump no inventó ese vacío. Llegó cuando el vacío ya existía. Lo que hizo —y sigue haciendo— es habitarlo con una habilidad que sus opositores todavía no terminan de entender del todo. Cada escándalo nuevo no debilita su base: la reafirma. Porque su base no lo sigue a pesar del caos. Lo sigue porque el caos, para ellos, es la prueba de que algo está siendo destruido. Y lo que está siendo destruido —creen— es lo que los excluyó durante décadas.
Eso no lo resuelve ganar una elección especial en Georgia. Eso no lo resuelve ninguna elección especial.
Vuelvo al señor de las navajas.
Al final del día, cuando recogía su puesto, guardaba las navajas en una caja de cartón muy ordinaria. Sin orden especial, sin cuidado. Porque las navajas no eran el producto. El espectáculo era el producto. Las navajas eran solo el pretexto para que la gente se detuviera.
Hay algo perturbador en gobernar así. No porque sea novedoso —la política como espectáculo es tan vieja como la política misma— sino porque cuando el espectáculo se vuelve el fin y no el medio, lo que desaparece es la pregunta más básica: ¿a quién le sirve esto?
A quién le sirve que haya más armas en manos de personas con historiales violentos. A quién le sirve que el Congreso no sepa exactamente qué está haciendo el Ejecutivo con las fuerzas armadas. A quién le sirve que la mitad de un país empiece a imaginar a los militares como árbitros de la democracia.
No a la familia que vive en el vecindario donde esas armas aparecen. No al trabajador que vota y quiere saber que su voto vale lo mismo que el del millonario. No a nadie que no tenga ya suficiente poder como para estar del lado donde las decisiones se toman y no del lado donde se viven.
El mago siempre tiene una mano visible. La pregunta es qué hace la otra.
Por Roberto Medina