Cuando la promesa de campaña choca con el costo humano de la guerra
En algún momento de los próximos días, en una gasolinera de Ohio o de Arizona, alguien va a apretar la pistola del surtidor y va a sentir que algo no cuadra. Pagará más de lo que pagaba el año pasado. Más de lo que pagaba cuando le prometieron que bajaría. Y tal vez no sabrá nombrar exactamente qué es lo que siente —si traición, si confusión, si esa resignación cansada de quien ya sospechaba que las cosas iban a salir así— pero lo va a sentir en la cartera, que es donde más duelen las promesas rotas.
Esa escena, multiplicada por millones, es el trasfondo doméstico de una guerra que lleva semanas acaparando portadas. El trasfondo, y también la trampa.
Trump llegó a la presidencia, entre otras cosas, prometiendo gasolina barata. No es un detalle menor: en Estados Unidos, el costo del combustible es uno de los indicadores más inmediatos y viscerales del bienestar cotidiano. La gente no necesita leer un reporte del Departamento del Trabajo para saber si la economía le está yendo bien. Le basta con llenar el tanque.
La promesa era simple y directa, del tipo que funciona en campaña: menos regulaciones, más producción, precios que bajan. El problema es que las guerras no obedecen a las promesas de campaña. Los mercados de petróleo tampoco. Y cuando Estados Unidos lanzó el ataque contra Irán, la cadena de consecuencias que nadie quiso explicar con claridad antes del primer misil empezó a desplegarse con la puntualidad brutal que tiene la realidad cuando se cansa de esperar.
Los precios subieron. Las rutas de suministro se tensaron. Los inversores hicieron lo que siempre hacen cuando hay incertidumbre geopolítica: apostaron por la volatilidad. Y la gente que iba a la gasolinera empezó a notar la diferencia.
Eso, en sí mismo, ya sería suficiente para escribir una columna sobre la distancia entre el discurso y la realidad. Pero esta semana apareció algo que hace imposible quedarse en el análisis económico.
El Pentágono confirmó que un misil estadounidense mató a 165 niñas en una escuela en Irán.
Hay que escribirlo así, sin eufemismos, sin el lenguaje técnico-militar que convierte masacres en "incidentes" y víctimas civiles en "daños colaterales". Ciento sesenta y cinco niñas. Una escuela. Un misil.
La noticia llegó y, en los grandes medios estadounidenses, encontró exactamente el espacio que suelen encontrar este tipo de noticias cuando las víctimas no son occidentales: poco, tardío, encuadrado rápidamente en la lógica de la guerra —"errores trágicos", "investigación en curso", "Irán también"— como si el contexto pudiera disminuir el peso de cada uno de esos cuerpos.
Hay algo en esa mecánica informativa que vale la pena nombrar, porque opera con una regularidad que ya debería escandalizarnos más de lo que nos escandaliza. Las guerras del Norte global producen muertos del Sur global, y los medios del Norte global desarrollan, con el tiempo, una gramática específica para procesar esas muertes sin que interrumpan demasiado el flujo normal de la conversación pública. Es una gramática de la distancia. De la abstracción. Del "es complicado".
Ciento sesenta y cinco niñas no son complicadas. Son ciento sesenta y cinco niñas.
Lo que resulta sociológicamente revelador de este momento —y aquí está el nudo que le da sentido a todo lo demás— es que la resistencia más articulada a esta guerra no está viniendo de donde uno podría esperarla. No es solo la izquierda progresista, no es solo el movimiento antibelicista histórico. Son los propios votantes de Trump.
Encuesta tras encuesta, en los territorios donde él ganó con márgenes históricos, la gente dice que no quiere esta guerra. Que no la pidieron. Que no entienden para qué sirve. Que les preocupa más el costo de vivir que el mapa geopolítico del Medio Oriente.
Esto es importante y hay que leerlo con cuidado, sin condescendencia y sin triunfalismo fácil. No significa que esos votantes se hayan convertido en pacifistas ni que estén haciendo un análisis de política exterior sofisticado. Significa algo más simple y más poderoso: que la promesa original —la de la gasolina barata, la de "America First" como prioridad doméstica, la de no meterse en guerras ajenas— está siendo percibida como rota. Y cuando una promesa política se rompe, la gente lo siente en el cuerpo antes de procesarlo en la cabeza.
Hay una tensión específica en la base trumpista que pocas veces se analiza bien desde la izquierda: la tensión entre el nacionalismo económico y el imperialismo militar. Trump los vendió como complementarios. En la práctica, están colisionando. Un obrero de Michigan que votó por Trump porque le prometieron que su situación económica mejoraría no tiene ningún incentivo para apoyar una guerra cuyos costos los paga él —en gasolina, en impuestos, en hijos que se enlistan— mientras los beneficios, si es que los hay, los recogen otros.
Esa es una contradicción que no necesita que nadie se la explique. La viven.
Hay una frase de Eduardo Galeano que llevo años cargando: "La historia oficial ignora a la mujer, al indígena y al pobre". Podríamos agregar, sin forzar nada: y a las niñas que mueren en escuelas de países que no son los nuestros.
El silencio alrededor de las ciento sesenta y cinco niñas iraníes no es un accidente ni un descuido. Es una elección, una que se repite con demasiada consistencia para no tener nombre. Sus vidas no cuentan igual. Su duelo no genera la misma cobertura. Sus madres no aparecen en los titulares de los grandes periódicos del mundo.
Y mientras eso ocurre, alguien en Ohio aprieta la pistola del surtidor y siente que algo no cuadra. No sabe, quizás, de las niñas. Sabe del precio. Y en ese precio, aunque no lo formule así, hay también algo de ellas: la guerra que las mató es la misma guerra que le hace la vida más cara a él.
Esa conexión —entre la masacre lejana y el costo doméstico, entre el imperio y quien lo financia sin haber pedido serlo— es la que los grandes medios raramente se molestan en trazar.
Alguien tiene que hacerlo.
Por Roberto Medina