Cuando el costo de la guerra se mide en centavos por galón y en vidas que el poder prefiere no contar
Fátima tiene doce años y estudia en una escuela pública en Teherán. O la tenía. O estudiaba. El verbo correcto depende de una coordenada geográfica y de una decisión tomada a miles de kilómetros, en una sala donde nadie conocía su nombre ni el color de su mochila ni el libro que llevaba ese día.
No sabemos el nombre real de ninguna de las 165 niñas que murieron cuando un misil estadounidense impactó una escuela en Irán. No lo sabemos porque los gobiernos en guerra administran los nombres con más cuidado que las municiones: los nombres crean personas, y las personas crean responsabilidades, y las responsabilidades complican las narrativas de los hombres que declaran las guerras desde escritorios con bandera.
El Pentágono confirmó esta semana que el misil era suyo. No hubo conferencia de prensa larga. No hubo minuto de silencio en el Congreso. Hubo un comunicado, y después el ciclo de noticias siguió girando hacia el siguiente tema. Ciento sesenta y cinco niñas caben, al parecer, en un comunicado.
Lo que sí tuvo cobertura extensa, lo que sí generó análisis y columnas y apariciones televisivas, fue el precio de la gasolina.
Desde que comenzaron las operaciones militares contra Irán, el precio del petróleo ha subido. Los mercados, como siempre, procesaron el conflicto antes de que los ciudadanos pudieran siquiera leer los titulares. Y eso significa que la promesa que Donald Trump repitió durante toda su campaña —gasolina barata, energía barata, la vida cotidiana más barata— se está deshaciendo en tiempo real, víctima de la misma política exterior agresiva que él mismo diseñó.
Los votantes que lo eligieron lo están notando. Las encuestas de esta semana muestran algo inusual: resistencia al conflicto con Irán dentro del propio electorado republicano, particularmente en estados donde la distancia al trabajo se mide en millas y el presupuesto familiar no tiene margen para absorber un dólar más por galón. La promesa económica era el núcleo del pacto trumpista. La guerra lo está rompiendo.
Esto importa. No porque nos alegre ver fisuras en un movimiento político que ha dañado profundamente los derechos de trabajadores, migrantes y minorías en Estados Unidos. Importa porque revela el mecanismo: la guerra se vendió como poder, como disuasión, como la demostración de que Estados Unidos no negocia desde la debilidad. Pero las guerras tienen costos que regresan, y regresan primero a la gente común, no a quienes las declaran.
Semilla News quiere ser honesta sobre lo que es genuinamente difícil aquí.
Irán no es una democracia. El régimen iraní reprime a su propia población, persigue a mujeres que reclaman derechos elementales, ejecuta disidentes. Nada de eso está en disputa. Quienes celebran cualquier acción militar contra Teherán no son todos, necesariamente, personas que celebran la muerte de niñas: algunos creen, con sinceridad, que la presión sobre ese régimen es necesaria.
Pero esa complejidad no puede ser la coartada que borre a Fátima del mapa. La pregunta que este medio no puede dejar de hacer es esta: ¿una escuela de niñas es un objetivo legítimo en cualquier marco ético de la guerra? ¿Y si la respuesta es no, con qué palabras describimos lo que ocurrió?
El derecho internacional humanitario es claro: las escuelas son infraestructura civil protegida. La confirmación del Pentágono no vino acompañada de ninguna explicación sobre por qué ese edificio fue seleccionado, si es que lo fue deliberadamente, o sobre qué protocolo de verificación falló, si es que hubo uno. Ciento sesenta y cinco muertes sin explicación no son un accidente de guerra: son una cuenta pendiente que el poder está eligiendo no saldar.
Y el silencio tiene precio. No metafórico: concreto. Cada día que las niñas iraníes no tienen nombre en los medios occidentales es un día en que la operación militar puede continuar sin el peso político que debería acompañar a ciento sesenta y cinco muertes civiles. El silencio es funcional. El silencio trabaja para alguien.
En los años que llevo en este oficio, he aprendido que los medios no son neutrales en lo que eligen ignorar. La omisión es también una decisión editorial. Cuando una cadena dedica cuatro minutos al precio de la gasolina y cuarenta segundos a las niñas muertas, no está siendo objetiva: está construyendo una jerarquía de vidas. Está diciéndole a su audiencia, de manera implícita pero inequívoca, que el dinero que gastas en llenar el tanque es más relevante para tu vida que la vida de una niña en Teherán.
Desde este medio, rechazamos esa jerarquía. No porque el precio de la gasolina no importe —le importa enormemente a las familias trabajadoras que ya no llegan a fin de mes— sino porque ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: la guerra es mala para la economía popular y la guerra mató a ciento sesenta y cinco niñas, y las dos cosas merecen ser dichas juntas, sin que una borre a la otra.
La conversación sobre costos económicos de la guerra no puede ser la única conversación. Si lo es, hemos aceptado implícitamente que las vidas iraníes solo cuentan cuando afectan el surtidor.
Fátima no sabe que hay una elección a medio plazo en Estados Unidos. No sabe que su muerte podría volverse, en manos de alguien con imaginación política, un argumento electoral. No sabe nada de esto porque Fátima ya no sabe nada.
Lo que sí sabemos nosotros es que el precio real de esta guerra todavía no aparece en ningún surtidor. Aparece en una escuela vacía, en una mochila que nadie va a recoger, en el silencio de un comunicado que creyó que ciento sesenta y cinco nombres cabían en un párrafo.
La pregunta que nos llevamos hoy es la misma que debería llevarse cualquier lector, cualquier ciudadano, cualquier persona que vota o que alguna vez votó pensando que su voto tenía consecuencias:
¿A cuántos centavos por galón equivale, en esta conversación pública, la vida de una niña de doce años?
Por Isabel Vega