Marco Rubio acumula dos de los cargos más poderosos de la política exterior estadounidense. Mientras tanto, en Edmonton y en Monterrey, la gente paga la factura.
En una cafetería de Windsor, Ontario, una mujer llamada Patrice guarda silencio un momento antes de responder. Lleva veintidós años ensamblando piezas para la industria automotriz. Le pregunto cómo está el ánimo en la planta desde que llegaron los aranceles. "Nadie dice nada", responde. "Pero todos saben."
Ese silencio que todos entienden es, quizás, el sonido político más importante de este momento en América del Norte.
Canadá ha perdido cien mil empleos en dos meses. No es una cifra abstracta: es Patrice, son sus compañeros de turno, son las familias que ajustan el presupuesto doméstico en tiempo real, que dejan de ir al restaurante los viernes, que posponen arreglar el coche. La guerra comercial que Donald Trump inició con aranceles al acero, al aluminio y a decenas de productos canadienses no ha destruido solo empleos: ha erosionado algo más difícil de medir, que es la sensación de estabilidad que permite a la gente planear su vida más allá del siguiente cheque.
Pero los aranceles no se aplican solos. Alguien tiene que sostenerlos, defenderlos, convertirlos en doctrina. Y aquí entra Marco Rubio.
El Secretario de Estado de los Estados Unidos acaba de asumir también las funciones de Asesor de Seguridad Nacional, acumulando en una sola persona dos de los roles más determinantes de la política exterior del país más poderoso del mundo. La concentración es inusual. Técnicamente no es ilegal. Pero revela algo sobre cómo funciona el poder cuando se organiza alrededor de la lealtad personal más que de las instituciones.
Hay un concepto en sociología política que se llama "captura del Estado": el momento en que las instituciones dejan de servir a su función original y se convierten en instrumentos de un grupo particular. No siempre sucede de golpe. A veces es gradual, casi imperceptible. Una fusión de cargos aquí, una lealtad incondicional allá, un silencio estratégico cuando debería haber un contrapeso.
Rubio es un caso interesante porque no es un ideólogo de cepa. Durante años fue el candidato que el establishment republicano esperaba para "normalizar" al partido después de Trump. Hoy es el hombre que ejecuta la agenda de Trump en el tablero global, con dos sombreros puestos al mismo tiempo. La pregunta no es si Rubio es sincero o cínico. La pregunta es qué tipo de política exterior produce esa arquitectura de poder.
La respuesta, al menos por ahora, la están pagando los trabajadores canadienses.
Los tratados comerciales tienen una narrativa oficial y una narrativa real. La oficial dice que el libre comercio beneficia a todos a largo plazo, que los mercados se ajustan, que la eficiencia genera prosperidad. La narrativa real, la que vive Patrice en Windsor o el maquilero en Matamoros, es que los "ajustes" siempre los absorbe la gente que menos puede permitírselos, y que el "largo plazo" es un lujo que no todos tienen.
Cuando Trump impone aranceles, no está protegiendo al trabajador estadounidense de forma real: está usando al trabajador como justificación retórica mientras negocia posiciones geopolíticas y favorece a sectores industriales específicos con poder de lobby. Los empleos que se pierden en Canadá no reaparecen mágicamente en Ohio. Eso no es cómo funciona la economía global en 2025. Lo que sí sucede es que la incertidumbre se convierte en parálisis: las empresas no invierten, las plantas reducen turnos, los sindicatos negocian a la defensiva.
Y todo esto ocurre mientras en Washington, un solo hombre gestiona simultáneamente la diplomacia y la seguridad nacional, sin que nadie le pregunte mucho al respecto.
Hay algo que la gente siente pero le cuesta nombrar en momentos como este. No es exactamente miedo, aunque el miedo está. No es solo enojo, aunque el enojo también. Es algo parecido a lo que pasa cuando te das cuenta de que las decisiones importantes sobre tu vida se toman en cuartos donde tú no estás, por personas que no te conocen, siguiendo lógicas que tienen poco que ver con tu realidad.
Es la sensación de ser gestionado desde lejos.
En México lo conocemos bien. Décadas de política económica diseñada en el Fondo Monetario Internacional o en reuniones del G7 y aplicada aquí con consecuencias que los diseñadores jamás vivieron en carne propia. En Canadá, con toda su imagen de país ordenado y progresista, esa sensación está llegando ahora con una fuerza nueva. El vecino del sur, que alguna vez pareció predecible bajo ciertos acuerdos mínimos, ahora usa el comercio como garrote sin mucha ceremonia.
Y el hombre que articula esa política hacia el mundo —que explica en cámaras de televisión por qué es necesario, que se sienta frente a los cancilleres aliados con cara de moderado— es el mismo que aconseja en privado cómo aplicarla con más fuerza.
Hay una línea de Carlos Monsiváis que viene al caso, aunque él la escribió sobre otra cosa: "El poder no se explica a sí mismo. Se ejerce."
Rubio no necesita justificar la concentración de sus cargos ante nadie que importe en este momento. Texas, su estado de origen político, empieza a mostrar señales de un electorado que se mueve —más joven, más diverso, más urbano—, pero eso es un proceso de años, no de meses. Mientras tanto, el cargo es sólido, la agenda avanza y los efectos se sienten a miles de kilómetros.
En Windsor, en Calgary, en las ciudades fronterizas del norte de México que dependen de cadenas de suministro entretejidas con la industria canadiense y estadounidense, las consecuencias son concretas. No son análisis geopolíticos. Son turnos cancelados. Son hipotecas que se vuelven más difíciles. Son conversaciones en el descanso de la fábrica donde nadie dice nada pero todos saben.
El poder concentrado no es una novedad histórica. Lo nuevo es la velocidad con que se normaliza, la rapidez con que los medios dejan de verlo como anomalía y empiezan a reportarlo como simple dato administrativo: "Rubio suma funciones." Dos palabras. Siguiente nota.
Lo que queda, después de los titulares, es Patrice guardando silencio un momento antes de responder. Y la pregunta de si alguien, en alguno de esos cuartos donde se toman las decisiones, se tomaría un segundo para escucharla.
Por Roberto Medina