Seis soldados caen en Irak mientras Wall Street calcula rendimientos. Sobre quién paga, siempre, las guerras que otros deciden.
En el velorio de su hijo, la señora Consuelo no lloraba. Tenía esa cara que tienen las madres cuando ya se les acabaron las lágrimas y lo que queda es algo más duro, más permanente que el llanto. Su hijo había muerto en un accidente laboral en una refinería del norte. Alguien, en alguna oficina, había calculado que el costo de la medida de seguridad era mayor que el riesgo probable. La señora Consuelo nunca supo eso. Solo supo que su hijo no volvió.
Esa imagen viene a la mente esta semana, cuando las noticias desde el Golfo Pérsico llegan con la frialdad de un boletín de bolsa: seis soldados estadounidenses muertos en Irak, tercera semana de escalada con Irán, el estrecho de Ormuz convertido en tablero de ajedrez geopolítico. Los números se acumulan con la misma naturalidad con que sube el precio del barril. Como si ambas cosas fueran, en el fondo, la misma columna de una hoja de cálculo.
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Donald Trump exige a las potencias mundiales que defiendan el estrecho de Ormuz. La pregunta que nadie en los círculos de poder formula con suficiente claridad es la más obvia: ¿defender el estrecho para quién? El petróleo que transita por Ormuz no va principalmente a los hogares de Kansas ni a los departamentos del Bronx. Va a los mercados asiáticos, a las refinerías europeas, a las cadenas de suministro globales que benefician, sobre todo, a corporaciones cuyos accionistas mayoritarios no se llaman García ni Martínez ni Johnson.
Mientras tanto, Wall Street —según reportan esta semana varios medios especializados— está apostando millones en empresas ligadas al conflicto. Contratistas de defensa, compañías de logística militar, fondos que se alimentan de la inestabilidad. La guerra, o la amenaza de guerra, es también un instrumento financiero. Eso no es conspiración: es la arquitectura normal del capitalismo de guerra, documentada desde Eisenhower, que ya en 1961 advirtió sobre el complejo militar-industrial con una claridad que hoy suena casi subversiva.
Lo que resulta más difícil de nombrar, porque requiere sostener dos verdades incómodas al mismo tiempo, es esto: los seis soldados muertos en Irak no son abstracciones. Son hijos de alguien. Probablemente nacieron en comunidades donde el ejército era una de las pocas rutas disponibles hacia la estabilidad económica. El reclutamiento militar en Estados Unidos funciona, en buena medida, sobre la geografía de la pobreza: las ciudades pequeñas del Medio Oeste, los barrios negros y latinos del sur, los condados rurales donde la fábrica cerró hace veinte años y no volvió. No es que los pobres sean más valientes. Es que tienen menos opciones.
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Hay un mecanismo social que vale la pena nombrar aquí, porque opera en silencio y con mucha eficiencia: la externalización del riesgo hacia abajo. Las decisiones de alto riesgo —mandar tropas, sostener una presencia militar en zonas de conflicto, escalar una tensión diplomática— las toman personas que nunca van a cargar un fusil. Los costos de esas decisiones los absorben quienes sí lo hacen, y sus familias, y las comunidades que los rodean.
Esto no es nuevo. Lo que sí parece nuevo, o al menos más visible, es la simultaneidad: mientras los cuerpos llegan a Dover Air Force Base, los algoritmos de trading están procesando la misma noticia como señal de compra. La muerte como dato de mercado. El duelo como externalidad.
Trump, además, ha añadido otro movimiento en esta partida: el silenciamiento de la prensa. Tres decisiones recientes —restricciones de acceso, presión sobre medios, narrativas oficiales que reencuadran la escalada como "defensa de intereses nacionales"— configuran lo que algunos analistas llaman militarización de la información. No se trata solo de controlar el relato de la guerra. Se trata de impedir que la guerra tenga rostro. Que los seis soldados muertos sean un número y no una historia.
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Aquí es donde la sociología tiene algo que decir que el análisis geopolítico frecuentemente omite: las guerras no se sostienen solo con presupuesto y logística. Se sostienen con consenso emocional. Y ese consenso se fabrica, en parte, suprimiendo la humanidad de los caídos —que se vuelven héroes abstractos— y amplificando la amenaza del enemigo.
Lo que la gente siente, pero rara vez puede articular con estas palabras, es una especie de fatiga moral ante el ciclo. La sensación de que algo no cuadra: que siempre hay dinero para la guerra y nunca para el hospital, que siempre hay urgencia para defender el estrecho de Ormuz y nunca para defender el salario mínimo. Esa disonancia no es ignorancia política. Es intuición correcta ante un sistema que distribuye los sacrificios hacia abajo y las ganancias hacia arriba con una consistencia que ya casi parece natural.
En Estados Unidos, los demócratas ganaron esta semana 28 escaños en elecciones estatales. La ola azul, dicen los titulares. El voto de castigo contra Trump. Y puede ser que sí, que haya allí una resistencia genuina, una ciudadanía que se moviliza. Pero conviene no olvidar que el Partido Demócrata tiene también sus propias relaciones con los contratistas de defensa, sus propios senadores que votan presupuestos militares sin pestañear, su propio historial de intervenciones. El voto de castigo es real. La transformación estructural es otra conversación.
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La señora Consuelo, en su velorio sin lágrimas, sabía algo que ningún analista de mercado va a escribir en un reporte: que su hijo no murió por una causa abstracta. Murió porque alguien, en algún lugar, calculó que su vida valía menos que el costo de la precaución.
En Irak, esta semana, seis familias están aprendiendo lo mismo.
El precio del petróleo cerró al alza.
Por Roberto Medina