Cuando la guerra se administra como espectáculo, lo que se oculta importa más que lo que se muestra
En los mercados de cualquier ciudad —en el puesto de periódicos, en la pantalla del teléfono que alguien revisa mientras espera el camión— las noticias de guerra llegan fragmentadas, como astillas. Un titular aquí, un video allá, un número de muertos que nadie sabe bien cómo situar en el mapa. La gente mira, frunce el ceño, y sigue caminando. No porque no le importe, sino porque el volumen de lo que ocurre supera la capacidad de cualquier persona común de entender qué está pasando realmente y por qué.
Eso, precisamente, es parte del diseño.
La tercera semana de guerra entre Estados Unidos e Irán ya tiene sus propios números: combatientes muertos, instalaciones bombardeadas, declaraciones contradictorias que se acumulan como capas de sedimento. El gobierno de Trump anuncia victorias; Irán desmiente los términos de esas victorias; Israel intensifica sus propios bombardeos en paralelo; y mientras tanto, la prensa militar estadounidense ha sido silenciada de maneras que antes hubieran generado un escándalo de proporciones mayores. Hoy apenas generan una nota al pie.
Este es el primer mecanismo que vale la pena nombrar: la saturación como forma de censura. No se necesita prohibir la información cuando se puede ahogar en su propio volumen. Tres frentes de conflicto simultáneos —el militar en Irán, el político interno con aliados republicanos que empiezan a mostrar grietas, el legislativo con la llamada Ley SAVE avanzando en el Congreso— producen una cacofonía en la que resulta casi imposible seguir el hilo de cualquiera de los tres. El ciudadano promedio termina eligiendo uno, abandonando los otros, o apagando todo.
Lo que queda fuera del encuadre en ese momento es, casi siempre, lo más importante.
El sociólogo Pierre Bourdieu describió alguna vez cómo el campo periodístico tiene sus propias lógicas de urgencia: lo que entra al ciclo de noticias desplaza a lo que ya estaba. La guerra desplaza a la economía. La economía desplaza al clima. El escándalo desplaza a la política de largo plazo. No es una conspiración; es una estructura. Y las estructuras no necesitan malos actores para producir malos resultados —solo necesitan que cada quien haga su trabajo dentro de las reglas del juego.
Lo que sí es una decisión política, sin embargo, es silenciar a los corresponsales militares. Restringir el acceso de la prensa a información sobre bajas, sobre el desarrollo de operaciones, sobre lo que realmente ocurre en el terreno. Eso no es la lógica espontánea del mercado de la atención: eso es una elección deliberada de quién tiene derecho a saber qué, y cuándo.
Y aquí la pregunta que más incomoda no es la que se discute en los paneles de televisión. La pregunta incómoda es esta: ¿a quién le sirve una guerra cuyo apoyo público ya muestra grietas en la tercera semana, pero que continúa porque los mecanismos institucionales de rendición de cuentas han sido debilitados lo suficiente como para que nadie pueda detenerla fácilmente?
Mientras tanto, en el Congreso estadounidense, los republicanos avanzan con la Ley SAVE —un proyecto que sus promotores presentan como una reforma para garantizar que solo ciudadanos voten, pero que sus críticos señalan como un instrumento de supresión electoral dirigido a comunidades migrantes, afrodescendientes y de bajos ingresos. La coincidencia temporal no es casual: las reformas que concentran poder se aprueban más fácilmente cuando la atención pública está puesta en un conflicto armado a miles de kilómetros.
Este es el segundo mecanismo: la guerra como paraguas político. No es nuevo. Tampoco es exclusivo de ningún partido ni de ningún país. Pero adquiere una textura particular cuando se combina con el silenciamiento de la prensa, con aliados internos que empiezan a cuestionar en voz baja pero votan en línea, y con un aparato comunicacional que presenta cada contradicción como una victoria y cada derrota informativa como una mentira del enemigo.
Lo que la gente siente en estos momentos —y que rara vez tiene palabras precisas para nombrar— es algo parecido a la desorientación cognitiva. No es ignorancia. Es el agotamiento de no poder confiar en ninguna fuente lo suficiente como para saber qué es verdad. Es la sensación de que hay demasiadas versiones de los hechos, de que alguien está mintiendo pero no se sabe quién, de que las decisiones importantes se toman en algún lugar al que uno nunca tiene acceso.
Esa desorientación no es un efecto secundario accidental del caos informativo. Es, en muchos sentidos, su producto más valioso para quienes gobiernan en medio de él.
Irán rechaza negociaciones. Israel intensifica bombardeos. Trump gobierna en tres frentes. Sus aliados republicanos lo presionan desde adentro pero no lo desafían en lo sustancial. La prensa militar enmudece. Y el apoyo público a la guerra —que nunca fue entusiasta— se erosiona semana a semana en las encuestas, en las conversaciones familiares, en la incomodidad que empieza a aparecer incluso en los espacios que antes aplaudían sin reservas.
Hay algo que los números de aprobación no capturan bien: la diferencia entre oponerse a algo y tener la energía, los recursos y los canales para que esa oposición importe. Las sociedades pueden estar mayoritariamente en contra de una guerra y aun así no poder detenerla, porque los mecanismos que deberían traducir la opinión pública en decisión política han sido vaciados, redirigidos o simplemente ignorados.
Eso es lo que está en juego detrás de la Ley SAVE, detrás del silenciamiento de la prensa militar, detrás de los tres frentes simultáneos que ningún ciudadano puede seguir al mismo tiempo. No es solo una guerra en Irán. Es una reconfiguración de quién tiene derecho a saber, quién tiene derecho a votar, quién tiene derecho a que su opinión cuente en las decisiones que lo afectan directamente.
En el puesto de periódicos, alguien dobla un diario con el titular de los bombardeos y lo deja sobre la pila sin comprarlo. Quizás porque ya lo leyó en el teléfono. Quizás porque no sabe qué hacer con esa información. Quizás porque, en algún lugar que todavía no puede articular del todo, siente que lo que le están contando no es exactamente lo que está pasando.
Esa intuición, esa incomodidad sin nombre, es probablemente lo más lúcido que circula en este momento.
Por Roberto Medina