Cuando un gobierno restringe las imágenes de la guerra, no está protegiendo a sus soldados. Está protegiendo sus decisiones.

Marisol tiene veintidós años y su hermano mayor está en el Golfo Pérsico desde hace dieciséis días. Sabe que está ahí porque él le mandó un mensaje antes de que le quitaran el teléfono. Desde entonces, Marisol busca en cada transmisión oficial, en cada rueda de prensa, en cada declaración del secretario de Defensa, alguna señal de que alguien en Washington sabe exactamente dónde está su hermano y qué está haciendo. No encuentra nada. Lo que encuentra, en cambio, son portavoces militares que declinan responder preguntas sobre bajas, fotógrafos de prensa a quienes se les ha negado el acceso a zonas de combate y un presidente que describe la guerra como una operación exitosa cada mañana, desde un podio, sin preguntas.

No inventamos a Marisol. La construimos a partir de los testimonios que circulan en foros de familias militares, en cartas al editor de periódicos locales, en los mensajes que madres y esposas han publicado en redes sociales preguntando lo mismo: ¿por qué no sabemos nada?

Esa pregunta, aparentemente personal, es en realidad la pregunta política más importante que se puede hacer en este momento sobre la guerra que Estados Unidos lleva ya tres semanas librando contra Irán.


La edición de hoy de Semilla News ha documentado, desde distintos ángulos, un patrón que se vuelve más claro cada día: la administración Trump está conduciendo una guerra con una opacidad informativa que no tiene precedente reciente en la historia militar estadounidense. Los fotógrafos acreditados han sido retirados de los portaaviones. Las conferencias de prensa del Pentágono se han reducido a comunicados escritos que no admiten seguimiento. Los números de bajas en combate —que por ley deben ser informados al Congreso— han sido clasificados con una celeridad inusual. Y cuando los periodistas preguntan, se les responde con una fórmula que ya se está volviendo rutinaria: por razones de seguridad operacional.

La seguridad operacional es un argumento legítimo. Nadie en este medio defiende publicar coordenadas de tropas ni comprometer operaciones activas. Pero hay una diferencia enorme entre proteger información táctica y prohibir que el público sepa cuántos soldados han muerto, en qué condiciones, bajo qué órdenes, con qué justificación legal.

Esa diferencia es la diferencia entre un gobierno que protege a sus soldados y un gobierno que se protege a sí mismo.


Lo que vemos —y lo que Semilla News documenta con preocupación creciente— es que la restricción informativa no opera de forma aislada. Ocurre al mismo tiempo que el Senado republicano avanza la Ley SAVE, que bajo el argumento de la integridad electoral restringe el registro de votantes en comunidades migrantes y de bajos ingresos. Ocurre mientras el propio Trump enfrenta fisuras dentro de su bloque legislativo por los costos económicos y políticos de la escalada militar. Ocurre mientras Irán rechaza las negociaciones e Israel intensifica sus bombardeos, ampliando un conflicto que ya no admite descripción simple.

No son fenómenos separados. Son las piezas de un modelo de gobernanza que funciona mejor cuando la ciudadanía tiene menos información, menos capacidad de organización y menos tiempo para procesar lo que está ocurriendo. La guerra genera urgencia. La urgencia justifica excepciones. Las excepciones se vuelven norma. Y cuando alguien pregunta por qué la norma cambió, ya es difícil recordar cuándo ocurrió el cambio.

Este medio no afirma que haya una conspiración coordinada. Afirma algo más mundano y más peligroso: que los gobiernos, cuando pueden, restringen la información que los perjudica. Y que las democracias sobreviven en la medida en que existen instituciones —prensa libre, oposición con poder real, ciudadanía informada— capaces de resistir esa tendencia.


La complejidad que no podemos ignorar es esta: Irán no es un actor inocente en este escenario. Su programa nuclear, sus operaciones por delegación en la región, su represión interna —que afecta especialmente a mujeres y minorías— son hechos documentados que no desaparecen porque critiquemos la política de Washington. La guerra tiene causas reales, y simplificarla a una agresión unilateral estadounidense sería deshonesto.

Pero el derecho a saber cuántos jóvenes estadounidenses están muriendo, y por qué, no depende de quién sea el adversario. Depende de que vivamos en una democracia. Y una democracia que conduce guerras en silencio, que clasifica sus muertos antes de contarlos, que expulsa a los fotógrafos para que no haya imágenes que responder, esa democracia está usando la guerra para debilitarse a sí misma desde adentro.


Marisol sigue buscando. Esta mañana encontró, en el sitio web del Departamento de Defensa, una actualización de tres líneas sobre "operaciones en curso en el Golfo". No hay nombres. No hay números. No hay fechas. Hay una frase final que dice: Se proporcionará más información cuando las condiciones operacionales lo permitan.

Las condiciones operacionales. Esa es ahora la medida de lo que una familia puede saber sobre su hijo, su hermano, su esposo.

Desde Semilla News creemos que el periodismo existe, entre otras razones, para insistir en que esa respuesta no es suficiente. Que el costo humano de una guerra no es información clasificada. Que los muertos tienen nombre aunque el gobierno prefiera no decirlo.

La pregunta que dejamos hoy no es retórica: ¿cuántas Marisoles tiene que haber para que el silencio deje de llamarse seguridad y empiece a llamarse por lo que es?


Por Isabel Vega