Sobre el arte de gobernar mirando hacia otro lado

En una sala de espera de cualquier aeropuerto mediano de este país —digamos el de Tulsa, el de Albuquerque, el de cualquier ciudad que no sale en los noticieros grandes— hay trabajadores que llevan semanas sin cobrar. Limpiadores de pistas, agentes de seguridad subcontratados, personal de mantenimiento. No son empleados federales en el sentido estricto, pero dependen de contratos que el gobierno federal administra, y cuando esos contratos se congelan o se retrasan por los vaivenes de una reforma que nadie les explicó, el sueldo simplemente no llega. Nadie pone eso en el titular. El titular ese día habla de Ormuz.

Esa es, en esencia, la geometría del poder que estamos viendo operar en Washington con una claridad casi pedagógica.


Hay un concepto en sociología política que se llama agenda displacement: el desplazamiento de agenda. Ocurre cuando quien gobierna acumula tantos focos de atención simultáneos —una crisis aquí, una declaración allá, una amenaza militar al fondo— que el espacio público queda saturado y las consecuencias concretas de las políticas más mundanas se vuelven invisibles. No es conspiración. Es, en muchos casos, una lógica que se retroalimenta sola: el escándalo genera cobertura, la cobertura genera más escándalo, y en ese ruido se cuelan, sin que nadie los vea bien, los mecanismos que reorganizan quién tiene qué.

La semana que termina ofrece un ejemplo casi de libro de texto. Mientras los medios siguen los movimientos militares en el estrecho de Ormuz —Trump presionando a aliados para una coalición contra Irán, el precio del petróleo oscilando, el fantasma de un conflicto que ningún análisis serio considera inevitable pero que todos cubren como si lo fuera— el Senado republicano avanza con la Ley SAVE. Es una pieza legislativa que, bajo el argumento de "proteger la integridad electoral", impondría requisitos de documentación que en la práctica afectan de manera desproporcionada a ciudadanos latinos, a comunidades migrantes, a personas que no tienen acceso fácil a ciertos papeles aunque lleven décadas pagando impuestos y criando hijos en este país.

No es nueva la táctica. Lo que sí es notable es la precisión quirúrgica con que se ejecuta: cuando la atención está en los portaaviones, los votos se legislan en silencio.


Hay algo que la gente experimenta en situaciones así y que cuesta nombrar con exactitud. No es exactamente rabia, aunque también hay rabia. Es algo más parecido a la sensación de que el juego está arreglado de una manera tan profunda que ni siquiera vale la pena seguir sus reglas, porque las reglas cambian según quién las interprete y cuándo. Es el agotamiento político que no viene de la desilusión —"creí en algo y me falló"— sino de la comprensión progresiva de que el sistema no fue diseñado para que tú ganes. Fue diseñado para que tú participes lo suficiente como para que el resultado parezca legítimo.

Esa sensación la viven millones de personas en Estados Unidos, y la Ley SAVE no hace sino profundizarla. Porque el mensaje que manda no es solo "necesitamos verificar quién vota". El mensaje real, el que se lee entre líneas, es: tu presencia aquí es provisional. Tu ciudadanía es condicional. Cada vez que quieras ejercer un derecho, te pediremos que te justifiques.

Mientras tanto, AIPAC —el poderoso grupo de cabildeo— invierte decenas de millones de dólares en política interna estadounidense, apoyando o derribando candidatos según su posición respecto a Israel. No se le pide ningún papel adicional. No hay propuesta legislativa para verificar el origen de esos fondos con la misma urgencia con que se quiere verificar la identidad del votante de Phoenix o de Milwaukee.

La desigualdad ante la ley no siempre llega con uniforme. A veces llega con un formulario.


En los estados, mientras tanto, ocurre algo que merece atención porque suele perderse debajo del ruido federal. Los demócratas —específicamente el ala progresista, la que empuja Medicare for All, la que defiende los derechos laborales, la que no le tiene miedo a la palabra sindicato— están ganando terreno legislativo en varios estados. No es la revolución. Pero es la confirmación de algo que los estudios de movilización política llevan años documentando: cuando la gente siente que el gobierno federal le da la espalda, busca el gobierno más cercano. La política local se vuelve el único terreno donde la participación parece tener consecuencias reales.

Eso tiene una lectura optimista y una lectura crítica. La optimista: la resistencia se organiza donde puede, y construye desde abajo. La crítica: que la energía política se fragmente en cincuenta batallas estatales mientras el poder federal se consolida sin contrapeso real es, también, una forma de contener la transformación. Puedes ganar Minnesota y perder el país.


Susie Wiles, la jefa de gabinete de Trump, recibió un diagnóstico de cáncer de mama y anunció que seguirá en su puesto. Es una noticia que, en otro contexto, sería simplemente humana: una mujer enfrenta una enfermedad grave y decide no retirarse de su trabajo. Merece el espacio que ocupa como noticia, y merece también —aunque no sea el momento ni el lugar de hacerlo con crueldad— una pregunta estructural: ¿cuántas mujeres en este país, sin seguro médico adecuado, sin licencia pagada, sin la red de apoyo que da ocupar un cargo en la Casa Blanca, toman esa misma decisión de "seguir adelante" no porque quieren sino porque no tienen otra opción?

Medicare for All no es una propuesta abstracta. Es la diferencia entre elegir y no tener más remedio.


Hay una imagen que se repite en las ciudades grandes de Estados Unidos, aunque con distintos nombres y distintas caras: el trabajador del aeropuerto que lleva tres semanas sin cobrar, que toma el camión de madrugada para cubrir un turno por el que tal vez no recibirá pago puntual, que no aparece en ninguna cadena de televisión porque su historia no tiene el ritmo de un conflicto en el Golfo Pérsico.

No hay titular para él. Hay, en cambio, mucho ruido alrededor de todo lo demás.

Y en ese ruido, las manos que realmente reorganizan las cosas trabajan tranquilas, sin interrupciones, con la paciencia de quienes saben que la distracción es también una política.


Por Roberto Medina