La administración impulsa coalición sobre Ormuz mientras grupos de presión israelí invierten en primarias demócratas y el presidente se burla de discapacidades

Mientras la guerra en Irán entra en su tercera semana, el presidente Trump ha intensificado la presión sobre aliados estadounidenses para que se unan a una coalición destinada a asegurar el Estrecho de Ormuz, una de las rutas comerciales más críticas del mundo por donde transita aproximadamente el 21 por ciento del petróleo global. La iniciativa marca un escalamiento en la estrategia de confrontación directa con Teherán, aunque no está claro cuántos países han accedido realmente a participar.

La presión diplomática de Trump revela una estrategia bien conocida: cuando Washington busca legitimidad internacional para acciones militares, moviliza a sus aliados europeos y del Golfo Pérsico para que compartan el costo político y económico. En esta ocasión, los gobiernos aliados enfrentan un dilema incómodo: una confrontación militar directa en el Estrecho de Ormuz podría desestabilizar aún más los mercados energéticos globales y afectar el comercio internacional, especialmente el de sus propias economías.

Mientras tanto, en el frente doméstico estadounidense, se despliega una batalla política sobre quién define la política exterior hacia Medio Oriente. El grupo AIPAC ha invertido 22 millones de dólares en varias contiendas de la Cámara de Representantes durante las primarias de Illinois, un movimiento que representa un cambio táctico significativo en cómo el grupo busca influir en la política estadounidense.

Esta inversión masiva responde a un panorama político cada vez más fragmentado dentro del Partido Demócrata respecto a la política hacia Israel. En los últimos años, figuras como la representante Alexandria Ocasio-Cortez y otros miembros del ala progresista han cuestionado el apoyo incondicional a los gobiernos israelíes y han levantado voces sobre los derechos de los palestinos. AIPAC, históricamente cercana a los republicanos pero con raíces profundas en la política demócrata, se ve obligada a defenderse en sus propios territorios políticos.

La estrategia de AIPAC refleja una realidad incómoda: el consenso sobre la política hacia Israel que existía hace una década en Washington se ha fracturado. La generación más joven de demócratas, especialmente entre votantes progresistas y comunidades de color, cuestiona los 3.8 mil millones de dólares anuales en ayuda militar a Israel. AIPAC responde con dinero, tratando de influir en quién llega a Washington.

Lo que no está en debate público es cómo estas inversiones políticas se conectan con las presiones militares en el Golfo Pérsico. Una mayoría demócrata en la Cámara que apoye la posición de la administración Trump sobre Irán facilitaría la aprobación de fondos para operaciones militares y sanciones adicionales. El dinero de AIPAC en las primarias de Illinois no solo busca defender a candidatos favorables a Israel; busca construir una coalición legislativa que respalde la estrategia de confrontación con Irán.

Este panorama se vuelve aún más preocupante cuando se considera el comportamiento errático del presidente Trump en el escenario público. Durante un discurso reciente, Trump realizó comentarios burladores sobre la dislexia del Gobernador Gavin Newsom, afirmando públicamente que los presidentes no deberían tener discapacidades de aprendizaje. El Centro Nacional para Discapacidades de Aprendizaje expresó su perturbación por los comentarios presidenciales.

Esta burla presidencial expone algo más profundo que la crueldad personal, aunque eso también es relevante. Revela una mentalidad que ve las limitaciones humanas no como parte de la experiencia común, sino como disqualificaciones morales. Es el mismo tipo de mentalidad que deshumaniza a los migrantes, que ve a los trabajadores como números en una hoja de cálculo de ganancias, que puede ordenar un ataque militar en el Golfo Pérsico sin considerar las vidas que se perderán.

La confluencia de estos tres movimientos—la presión militar sobre Irán, la inversión masiva de AIPAC en política interna estadounidense, y el comportamiento presidencial que desdeña las discapacidades—pinta un retrato de una administración que opera sin restricciones políticas ni morales.

Desde una perspectiva de política exterior basada en la realidad de las comunidades afectadas, esta escalada es profundamente preocupante. Una guerra en el Golfo Pérsico no afectaría principalmente a Washington o a los oligarcas que lucran con los contratos militares. Afectaría a los pescadores de Irán, a los trabajadores portuarios de Dubái, a las familias en países cuyas economías dependen del petróleo del Golfo, y eventualmente a los trabajadores estadounidenses cuando los precios del combustible se disparen.

La inversión de AIPAC en política interna busca asegurar que esos costos humanos reales no molesten al debate político en Washington, donde prevalecen los intereses de los grandes inversores y las corporaciones de defensa.


Por Martin Salazar