Cuando los grandes juegan a la guerra, los pequeños ponen las fichas
En un mercado de la Ciudad de México, entre puestos de verdura y música de fondo que nadie pidió, una señora le explica a su vecina de tenderete por qué subió el gas. No sabe decir exactamente por qué. Sabe que subió. Sabe que el tanque le costó más esta semana que la anterior. Sabe que algo está pasando "allá arriba", en ese lugar abstracto donde las cosas se deciden sin consultarle a nadie. Tiene razón en todo.
Lo que está pasando "allá arriba" tiene nombre y tiene geografía: se llama Donald Trump y ocurre en Washington, pero sus efectos se sienten en cada cocina que depende del gas, en cada fábrica que importa insumos, en cada país que creyó que la estabilidad energética era un dato fijo del mundo moderno. No lo es. Nunca lo fue. Solo parecía serlo cuando los que movían las piezas tenían cierto pudor de hacerlo a plena luz.
Esta semana, la administración Trump volvió a escalar su amenaza de bombardear Irán si el régimen no acepta negociar su programa nuclear. Al mismo tiempo, el gobierno estadounidense cerró parcialmente sus operaciones por un desacuerdo presupuestal que su propio equipo no pudo resolver en el Congreso. El jefe de Contraterrorismo renunció en medio de tensiones internas sobre cómo manejar precisamente ese escenario iraní. El Senado cuestionó al candidato para dirigir el Departamento de Seguridad Nacional, una agencia que lleva meses funcionando como si estuviera en modo de emergencia permanente.
Y en Europa, los aliados históricos de Washington observan con una mezcla de alarma y fatiga cómo las amenazas de guerra en el Golfo Pérsico ponen en riesgo el suministro de gas natural licuado que llegó a sus puertos desde que Rusia cerró el grifo. El gas iraní, el gas del estrecho de Ormuz, el gas que mueve turbinas en Alemania y cocinas en Polonia, está en el centro de una apuesta geopolítica que Trump juega como si fuera una mesa de póker en Atlantic City.
El problema del póker nuclear es que cuando el apostador se equivoca, no pierde él. Pierden los demás.
Hay un patrón sociológico reconocible en todo esto, y vale la pena nombrarlo con claridad. Las crisis geopolíticas de gran escala siempre se presentan como asuntos de Estados, de doctrinas, de intereses nacionales. El lenguaje que las rodea es el de la estrategia, la disuasión, el equilibrio de poder. Es un lenguaje que excluye deliberadamente a las personas concretas: a la señora del mercado, al camionero que llena el tanque, al agricultor que riega con bomba eléctrica.
Esa exclusión no es accidental. Es funcional. Mientras el conflicto se narra como un asunto entre potencias, nadie pregunta quién paga los costos reales. Y los costos reales siempre bajan por el mismo ducto: de las decisiones en las cúpulas a los precios en las calles, de los comunicados de prensa a las facturas de fin de mes.
Lo que estamos viendo con la escalada contra Irán no es solo un conflicto diplomático. Es un experimento en tiempo real sobre cuánta incertidumbre puede absorber la economía global antes de que esa incertidumbre se convierta en inflación, en desabasto, en desempleo encubierto. Los mercados de energía ya lo están procesando. Las familias lo van a sentir después, cuando el mercado ya haya encontrado su nuevo equilibrio, ese equilibrio que siempre es más caro para los que menos tienen.
Hay algo más en este momento que merece atención: la descomposición interna del propio aparato de poder estadounidense. El cierre del gobierno, la renuncia del jefe de Contraterrorismo, las dudas del Senado sobre los nombramientos clave, la incapacidad del equipo de Trump para mantener una línea coherente en el Congreso: todo eso no es ruido de fondo. Es información sobre cómo se toman —o no se toman— las decisiones que afectan al mundo entero.
Cuando una potencia con arsenal nuclear negocia mal su propio presupuesto interno, cuando sus funcionarios de seguridad se van antes de que empiece el conflicto, cuando sus aliados no saben si lo que dice hoy seguirá siendo cierto mañana, el riesgo no es solo político. Es sistémico. La inestabilidad institucional en Washington se exporta igual que las sanciones, igual que los aranceles, igual que los portaaviones en el Golfo.
Y aquí está lo que la gente siente pero no siempre puede articular: vivimos en un mundo donde las grandes decisiones se toman en lugares muy lejanos, por personas que no responden ante nosotros, siguiendo lógicas que no tienen que ver con nuestra vida cotidiana. Eso genera una sensación difusa de vulnerabilidad, de estar a merced de algo que no se puede controlar ni entender del todo. Los economistas lo llaman "incertidumbre". La señora del mercado lo llama "algo está pasando". Ambas descripciones son correctas.
Esa sensación no es nueva, pero tiene momentos en que se intensifica. Este es uno de ellos. Cuando la política exterior de la primera economía del mundo la conduce alguien que amenaza, da marcha atrás, vuelve a amenazar y cierra el gobierno en el intervalo, esa sensación de vivir en una casa cuya estructura no controlas se hace más concreta. Más pesada.
El establishment demócrata, por su parte, no ayuda mucho. Esta semana también circuló la discusión sobre cómo ese partido —el que se supone representa una alternativa— sigue eligiendo posiciones que contradicen sus principios declarados cuando se trata de política exterior. El resultado es que millones de personas que buscan una alternativa al caos trumpista encuentran del otro lado una clase política que habla de valores pero los administra con los mismos criterios de siempre: los intereses que se pueden cobrar, las alianzas que convienen, las palabras que se pronuncian en los discursos pero no en los votos.
Eso también tiene un costo social. No en el mercado energético, sino en algo más difícil de medir: la erosión de la credibilidad de las instituciones que deberían funcionar como contrapeso. Cuando la oposición no opone, cuando los principios se vuelven ornamentales, la gente no se vuelve cínica por capricho. Se vuelve cínica porque aprendió a leer.
Volvamos al mercado. La señora ya empacó sus cosas. El precio del gas que mencionó no va a bajar esta semana. Tal vez no baje el mes que viene. Hay una mesa de póker muy lejos de su tenderete donde todavía se están repartiendo las cartas, y nadie le preguntó si quería jugar.
La pregunta que queda flotando no es cómo termina la partida. Es quién paga cuando termina.
Por Roberto Medina