Mientras Trump pide el mayor presupuesto militar de la historia, las familias trabajadoras de Estados Unidos pagan la cuenta con recortes a programas que las mantienen a flote
Marisol Reyes lleva dieciséis años viviendo en el mismo apartamento del lado este de Phoenix. Llegó de Sonora con una visa de trabajo, se quedó, regularizó su situación, crió a dos hijos en ese departamento de dos cuartos donde la renta subió cuatro veces en la última década. Trabaja como auxiliar de enfermería en un hospital que atiende a pacientes de Medicaid. Esta semana, cuando leyó que el gobierno federal propone recortar miles de millones de dólares a ese programa, hizo el cálculo que hacen las personas cuando la política deja de ser abstracta: si el hospital pierde financiamiento, pierde camas, pierde personal. Y ella es el personal.
Marisol no aparece en las conferencias de prensa del Pentágono. No aparece en los comunicados que anunciaron esta semana la solicitud de Donald Trump al Congreso: un billón y medio de dólares —1.5 trillones en la notación anglosajona— para defensa y seguridad nacional, la petición presupuestaria más grande en la historia del país. Tampoco aparece en los análisis sobre la quinta semana de la guerra con Irán, ni en las imágenes del avión de vigilancia estadounidense derribado sobre el Golfo Pérsico, ni en las proyecciones de la misión Artemis II hacia la Luna. Pero es ella, y las decenas de millones que se le parecen, quien paga todo eso.
El presupuesto como declaración política
Un presupuesto no es un documento técnico. Es una declaración de valores. Dice, con números, qué considera urgente quien gobierna y qué considera prescindible. El presupuesto que la administración Trump presentó esta semana al Congreso dice algo muy claro: la prioridad es la capacidad de hacer la guerra, no la capacidad de vivir con dignidad.
Los 1.5 billones pedidos para defensa —una cifra que supera el producto interno bruto de la mayoría de los países del mundo— van acompañados de recortes a Medicaid, a cupones de alimentos, a subsidios de vivienda, a programas de educación para adultos y a fondos de salud comunitaria. No son recortes menores. Son amputaciones a la red que sostiene a familias como la de Marisol: trabajadoras, con ingresos formales, pero sin colchón financiero para absorber un golpe del sistema.
El argumento oficial es conocido: la amenaza iraní es real, la seguridad nacional no tiene precio, Estados Unidos debe mantener su posición en el mundo. Semilla News no niega que el conflicto con Irán representa una escalada genuinamente peligrosa. El derribo de un avión de reconocimiento estadounidense en la quinta semana de hostilidades no es un episodio menor: es una señal de que ninguna de las partes ha encontrado todavía la salida, y de que el costo humano —en ambos lados— seguirá creciendo.
Pero la pregunta que los medios del establishment no hacen con suficiente fuerza es esta: ¿por qué la respuesta a esa amenaza tiene que financiarse con el seguro médico de los auxiliares de enfermería?
El espejismo del crecimiento
Los 178,000 empleos creados en marzo llegaron esta semana como un titular tranquilizador. La economía crece, dijeron las voces oficiales. El mercado laboral resiste. Todo va bien.
Va bien para quién, habría que preguntar. Los datos de empleo no desagregan calidad: no distinguen entre un puesto con prestaciones y seguro médico y un contrato de medio tiempo sin ninguna de las dos cosas. No miden la segunda y la tercera jornada que muchas familias necesitan para llegar a fin de mes. No capturan la angustia de los que trabajan, tienen empleo, y aun así no pueden pagar el dentista.
Y la pregunta que los propios economistas consultados por este medio no pudieron responder con certeza es la más importante: ¿qué pasa con esos números cuando los aranceles que la administración impuso a decenas de países comiencen a traducirse en precios más altos en los supermercados? El crecimiento de marzo puede ser real. También puede ser el último dato bueno antes de la tormenta.
Canadá, el espejo incómodo
Esta semana supimos también que Canadá no alcanzó su objetivo de recompra de armas: llegó al 50% de la meta. La noticia pasó casi inadvertida en los grandes medios, pero dice algo relevante sobre el momento que vive todo el continente. La presión de Estados Unidos sobre sus aliados para que aumenten el gasto militar no es nueva, pero se ha vuelto más intensa, más explícita y menos negociable. El resultado es que gobiernos de todo el hemisferio redirigen recursos hacia presupuestos de defensa mientras sus propias poblaciones enfrentan crisis de vivienda, de salud y de empleo de calidad.
Es un patrón, no una coincidencia. Y el patrón tiene una dirección clara: hacia arriba, hacia los contratistas de defensa, hacia las corporaciones que fabrican los sistemas de armas que ahora se piden con urgencia de guerra.
Lo que es genuinamente difícil
Sería deshonesto no reconocer la complejidad. La guerra con Irán no la inició ningún votante de Phoenix. Las tensiones en el Golfo Pérsico tienen décadas de historia, capas de responsabilidad que no se pueden colapsar en un solo villano. La seguridad nacional no es una ficción inventada por los contratistas de defensa, aunque los contratistas de defensa se beneficien de ella.
Y también es cierto que recortar unilateralmente el gasto militar en medio de un conflicto activo tiene consecuencias que no son simples ni seguras.
Lo que sí es simple —o debería serlo— es esto: las personas que menos poder tienen no deberían ser las que más costos absorben. Esa no es una posición radical. Es una posición de sentido común que aparece en las constituciones, en los tratados internacionales y en los discursos de prácticamente todos los políticos antes de llegar al poder.
El cierre
Marisol Reyes hará su turno mañana. Atenderá a los pacientes que el sistema ha decidido que merecen atención pública, y lo hará bien, porque ese es su trabajo y su vocación. Pero esta semana el gobierno del país donde vive y trabaja y paga impuestos le dijo, con números y no con palabras, en qué lugar de la lista está.
No en el primero.
La pregunta que Semilla News deja sobre la mesa no es si Estados Unidos debe tener ejército. La pregunta es por qué, cada vez que hay que pagar algo grande, la cuenta llega al mismo lugar: al buzón de los que ya tienen poco margen. Y por qué eso se presenta, con toda la seriedad del mundo, como una decisión inevitable en lugar de lo que realmente es: una elección.
Por Isabel Vega