Con amenazas de cerrar el Estrecho de Ormuz, la crisis energética mundial se acerca. En México, los precios ya tiemblan.

Mientras millones de mexicanos se despiertan hoy preocupados por cómo van a pagar la gasolina la próxima semana, el presidente Donald Trump está lanzando amenazas de bombardear infraestructura crítica de Irán. No es un titular sensacionalista de redes sociales. Es la realidad que enfrenta el mercado energético mundial.

Trump fijó un plazo: el martes. En esa fecha, exige que Irán abra el Estrecho de Ormuz. Si no lo hace, ha prometido derrotar a Irán "en una sola noche". Las armas no son abstractas: habla específicamente de plantas eléctricas y puentes. Irán, por su lado, rechaza el plan de alto al fuego estadounidense y mantiene una postura desafiante. Ya hay intercambios de misiles entre ambos bandos.

Para entender por qué esto debe preocuparte si vives en México, Latinoamérica o cualquier parte del mundo que dependa de energía importada, hay que empezar con el Estrecho de Ormuz. Es un cuello de botella geográfico por donde pasa el 21% del petróleo mundial. No es el 5%, no es el 10%. Es una quinta parte de toda la energía que mueve la economía global. Si ese estrecho se cierra —por un bombardeo, por una represalia iraní, por lo que sea— los precios del petróleo se disparan.

¿Qué significa eso en términos concretos? Imagina al trabajador que maneja un taxi en cualquier ciudad de México. Su margen de ganancia es estrecho: gasta en gasolina, en mantenimiento, en cuotas. Si el barril de petróleo sube de 80 dólares a 120 o 150, como pasó en crisis anteriores, la gasolina en la bomba sube. El taxista no puede simplemente cobrar más carreras porque sus clientes tampoco tienen margen. Absorbe la pérdida.

Lo mismo ocurre en toda la cadena. El transportista que lleva verduras del campo a la ciudad. El repartidor de una aplicación. La familia que calienta su casa con gas. Los precios de prácticamente todo lo que consume —alimentos, ropa, servicios— contienen combustible adentro.

México es productor de petróleo, pero no autosuficiente. Importa gasolina. Cuando el precio internacional sube, el gobierno puede subsidiar temporalmente para evitar un shock político, pero eso tiene costo fiscal. O traslada el precio al consumidor. No hay tercera opción que desaparezca el problema.

Y aquí viene lo más importante: esta escalada no emerge de la nada. Es resultado de decisiones políticas concretas. Trump se retiró del acuerdo nuclear con Irán en 2018 —un pacto que, con sus imperfecciones, había frenado el programa nuclear iraní a cambio de alivio de sanciones. Desde entonces, Estados Unidos reimplementó sanciones contra Teherán. Irán ha respondido incrementando su programa nuclear y su capacidad de misiles. Cada acción genera reacción. La diplomacia se erosiona. Las amenazas militares se normalizan.

Ahora estamos aquí. No es un accidente geopolítico. Es el resultado de una estrategia de presión máxima que apostó a que Irán se rendiría. No se rindió. En su lugar, se radicalizó. Y la cuenta de la escalada la pagan trabajadores en México que no tuvieron voz en ninguna decisión de Washington o Teherán.

Economistas heterodoxos advierten que una guerra en Medio Oriente es incompatible con el crecimiento económico global. El Banco Central Europeo, el Banco de México, analistas en todo el mundo tienen escenarios en sus escritorios: qué pasa si el estrecho se cierra, qué pasa si hay ataques a infraestructura petrolera en Arabia Saudita, qué pasa si la crisis energética golpea una economía mundial ya debilitada por la deuda y la inflación residual.

Lo que sí sabemos es esto: si el martes Trump cumple sus amenazas y bombardea Irán, si Irán responde como ha indicado que lo hará, si el Estrecho de Ormuz entra en caos aunque sea temporalmente, el precio de la gasolina en México no esperará a que se negocie una paz. Subirá inmediatamente. Y la familia trabajadora que vive mes a mes, que no tiene acceso a futuro de petróleo para especular, que solo tiene su salario y sus gastos, verá cómo ese salario compra menos.

Eso es lo que está en juego. No es geopolítica abstracta. Es el poder de compra de millones de personas que no pidieron estar en el tablero de este juego.


Por Luis Ramos