Cuando las guerras lejanas se vuelven precio del kilo de tortillas
Doña Carmen lleva treinta y dos años poniendo tortillería en la esquina de Moctezuma y Ferrocarril, en Iztapalapa. El local no tiene letrero, pero todo el barrio sabe que ahí está ella de cinco de la mañana hasta que se acaba la masa. La semana pasada subió el kilo cinco pesos. Una señora le reclamó. Doña Carmen le explicó, con la paciencia de quien ha visto muchas cosas, que el gas había subido de nuevo. La señora le dijo que no tenía nada que ver una cosa con la otra. Doña Carmen se encogió de hombros. Sabía que sí tenía que ver, aunque no supiera explicar exactamente cómo.
Eso es lo interesante. Doña Carmen tiene razón y no tiene las palabras para demostrarlo, y la señora tiene la sensación —legítima— de que algo no cuadra, que alguien le está cobrando de más usando pretextos que suenan a cuento. Esa brecha entre lo que sucede y lo que se puede nombrar es, quizás, uno de los problemas más profundos de este momento.
Lo que está pasando en el Medio Oriente no es solo una guerra más. El intercambio de ataques entre Estados Unidos e Irán, la escalada que Trump ha decidido protagonizar mientras buena parte de su propio país le pide que pare, tiene consecuencias que viajan en formas invisibles: en el precio del barril de crudo, en la volatilidad de los mercados de gas natural, en las decisiones que toman los distribuidores de combustible en México antes de que las noticias lleguen a los periódicos. La geopolítica no es un asunto de cancilleres y think tanks. Es el costo del gas doméstico. Es el precio de la tortilla. Es la discusión en la tortillería de doña Carmen.
México importa una proporción significativa del gas natural que consume, y esa importación viene principalmente de Texas, que a su vez opera en un mercado donde los precios globales del energético son el termómetro. Cuando los mercados internacionales tiemblan —por un conflicto en el Golfo Pérsico, por un ataque a infraestructura iraní, por el simple rumor de que el Estrecho de Ormuz podría cerrarse— esa vibración llega aquí. No de inmediato, no de forma perfectamente lineal, pero llega. Y llega primero a quienes menos pueden absorberla.
Eso tiene un nombre en economía: traslado de costos. Pero lo que no nombra ese término es lo que siente la gente: la sensación de que el mundo se está rompiendo en lugares que no conocen y que de alguna manera misteriosa ellos tienen que pagar la cuenta.
Hay algo más en esta historia que vale la pena mirar de frente.
Los estadounidenses que salen a marchar contra la política de Trump en Irán están ejerciendo algo que en democracia se llama disenso. Dicen que no quieren esa guerra, que no en su nombre, que la escalada militar no los representa. Es un gesto que merece reconocimiento, incluso desde aquí. Pero hay una asimetría brutal: ellos pueden decir que no quieren esa guerra. Nosotros no podemos decir nada. La guerra no la decidimos, las consecuencias energéticas no las controlamos, y sin embargo las pagamos puntualmente en cada recarga de gas, en cada kilo de tortillas, en cada decisión pequeña que hace una familia cuando el dinero no alcanza igual que el mes pasado.
Esa es la condición de vivir en un país que no es el centro del sistema pero que opera dentro de él. No es una novedad —Carlos Monsiváis lo documentó de otras formas durante décadas— pero cada generación necesita volver a nombrarlo porque de lo contrario se naturaliza. Se vuelve el orden de las cosas. Se convierte en el encogimiento de hombros de doña Carmen.
Y luego está la otra historia, la que duele de una manera diferente.
Doce mexicanos han muerto en centros de detención del ICE en Estados Unidos. Doce. El gobierno mexicano sabe poco, o ha dicho poco, sobre las circunstancias de esas muertes. Las familias saben menos. Hay nombres, hay fechas, hay un número que crece con una regularidad que debería alarmar más de lo que alarma.
Estos son ciudadanos mexicanos que murieron bajo custodia de un gobierno extranjero. No en combate, no en accidente, no en ninguna de las formas violentas que hemos aprendido a procesar. Murieron detenidos, lejos, en condiciones que nadie ha explicado con suficiente claridad. Y la respuesta institucional —de ambos lados de la frontera— ha sido una opacidad que, en sí misma, es una forma de violencia.
Lo que conecta esta historia con la de doña Carmen no es obvio, pero existe: es la distancia entre las decisiones que se toman en los centros del poder y los cuerpos que absorben las consecuencias. Una guerra que Trump escala. Un mercado energético que oscila. Una política migratoria que encarcela. Todos son sistemas que operan con cierta lógica propia, con justificaciones propias, con voceros que explican por qué cada cosa tiene sentido. Y en algún punto de esa cadena hay personas —doña Carmen, los migrantes en los centros del ICE, la señora que le reclama por los cinco pesos— que no aparecen en los modelos.
Hay una frase de Kapuscinski que se me queda: "El pobre mundo no tiene tiempo para analizarse a sí mismo." La cito aquí no para hacer literatura sino porque describe algo preciso: la gente que más resiente los efectos de la geopolítica, de la volatilidad energética, de las políticas migratorias, es exactamente la gente que menos tiempo y menos herramientas tiene para rastrear la cadena de causas. El resultado es que la indignación existe —doña Carmen lo sabe, la señora que reclama lo siente— pero no tiene adónde ir. Se queda en el mostrador de la tortillería.
Eso no es ignorancia. Es el efecto de un sistema que funciona mejor cuando sus vínculos son invisibles. Cuando nadie puede decir con certeza: esto que me está pasando a mí tiene que ver con eso que está pasando allá.
Quizás la tarea más urgente —y uso esa palabra a propósito, aunque en general la evito— no es dar soluciones sino tender los puentes. Mostrar la cadena. No para que la indignación se vuelva análisis frío, sino para que el análisis no pierda de vista que del otro lado hay una persona, una familia, un cuerpo que paga.
Doña Carmen ya lo sabe. Solo le faltan las palabras. Y a veces, con las palabras, alcanza.
Por Emilio Córdova