El despido de la secretaria de Seguridad Nacional ocurre mientras EE.UU. y Canadá reanudan negociaciones del TLCAN bajo presión
El jueves pasado, el presidente Donald Trump despidió a Kristi Noem de su cargo como secretaria de Seguridad Nacional, confirmando lo que había sido un rumor creciente en Washington: su administración está atravesando cambios significativos en los puestos de poder. Su reemplazo propuesto es el senador republicano Markwayne Mullin de Oklahoma, un movimiento que señala un giro hacia una línea más dura en política interior y exterior.
El despido de Noem no es un evento aislado. Llega en un momento crucial para el país: mientras la administración Trump reestructura su equipo de seguridad, Canadá y Estados Unidos están reanudando negociaciones sobre el futuro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), y el presidente está escalando su retórica hacia Cuba después de sus acciones en Irán. Estos movimientos simultáneos revelan un patrón: una administración que apuesta por la confrontación sobre la negociación, y que está colocando piezas del tablero internacional hacia ese objetivo.
Quién paga por los cambios en seguridad nacional
Kristi Noem fue designada para dirigir el Departamento de Seguridad Nacional hace poco más de un año. Su gestión estuvo marcada por una línea particularmente agresiva en política migratoria y seguridad de fronteras. Aunque algunos en la derecha veían esto como firmeza, otros dentro de la administración —y aparentemente el presidente— llegaron a la conclusión de que se necesitaba algo diferente, o al menos a alguien diferente.
Markwayne Mullin, quien la reemplazaría, es conocido por su posición aún más confrontacional. Como senador, ha sido defensor de políticas de seguridad extrema y ha mostrado escaso interés en los matices de la gobernanza internacional. Su nombramiento sugiere que la administración Trump planea intensificar, no moderar, su enfoque en cuestiones de seguridad y control migratorio.
Pero aquí está el punto crucial: estos cambios en el gabinete de seguridad ocurren mientras el país está en medio de negociaciones comerciales delicadas. La consistencia en las señales políticas importa en estas conversaciones. La incertidumbre sobre quién está al timón y qué dirección tomará la política de seguridad (que afecta directamente a las cadenas de suministro, el comercio fronterizo y la inversión) crea un clima de riesgo para cualquier acuerdo comercial en negociación.
TLCAN bajo presión: Canadá viene a Washington a negociar
El ministro canadiense de comercio, Dominic LeBlanc, está actualmente en Washington intensificando las negociaciones sobre el futuro del TLCAN. Este tratado, que entró en vigor en 1994, ha sido uno de los pilares de la relación comercial norteamericana. Para Canadá, es especialmente crucial: aproximadamente 75% de sus exportaciones van a Estados Unidos.
Trump ha sido consistente en una cosa: su escepticismo sobre los tratados comerciales heredados. Considera el TLCAN como un acuerdo que beneficia desproporcionadamente a México y Canadá, mientras que daña a los trabajadores estadounidenses. Hay datos que sugieren que los beneficios del tratado no se distribuyeron uniformemente en Estados Unidos —algunos sectores ganaron acceso a mercados mientras que otros perdieron empleos en manufactura. Pero la narrativa de Trump simplifica esto: para él, es un mal acuerdo que debe ser renegociado significativamente.
Para Canadá, entrar en estas negociaciones es navegar en un terreno minado. El país depende del acceso al mercado estadounidense. Simultáneamente, enfrenta una administración Trump que acaba de cambiar su secretaria de Seguridad Nacional por alguien potencialmente más agresivo, y que está aumentando su retórica confrontacional hacia otras naciones. ¿Cómo negocia un país comercio cuando la otra parte está reorganizando su equipo de seguridad y ampliando su lista de objetivos geopolíticos?
Cuba en la mira: otra confrontación en el horizonte
Y entonces está Cuba. Trump ha señalado la isla como su siguiente objetivo después de sus acciones en Irán. Afirma que las autoridades cubanas quieren hacer un acuerdo. Esto es significativo porque Cuba siempre ha sido una cuestión ideológica para Trump, no simplemente comercial. Su enfoque en Cuba, combinado con su reorganización de seguridad nacional, sugiere que está preparando el terreno para una confrontación más amplia con gobiernos que considera hostiles o que pueden ser presionados.
Todo esto ocurre mientras Canadá trata de asegurar un futuro comercial predecible con Washington. El timing no es accidental: una administración reorganizada, más agresiva en seguridad, con nuevos objetivos geopolíticos, es una administración menos predecible en la mesa de negociaciones.
Quién gana, quién pierde
Los ganadores aparentes en el corto plazo: aquellos en Estados Unidos que creen que Trump no es lo suficientemente duro. Los perdedores: trabajadores en sectores dependientes del comercio norteamericano, tanto en EE.UU. como en Canadá, que necesitan estabilidad y predictibilidad para mantener sus empleos. Y ciudadanos canadienses, que verán cómo su gobierno intenta negociar desde una posición debilitada.
Este momento —cambio de secretario de Seguridad Nacional, negociaciones TLCAN en pausa, nuevas amenazas geopolíticas— es cuando se define quién tiene poder en la economía norteamericana y quién no. Hasta ahora, la respuesta está clara.
Por Alejandra Flores