Las tensiones en Oriente Medio disparan costos de gas en Europa. Japón negocia bajo presión mientras crece resistencia progresista en EE.UU.

Las amenazas militares de Donald Trump contra Irán están generando un patrón peligroso: mientras el expresidente estadounidense lanza ultimátums desde Mar-a-Lago, son los trabajadores y familias en Europa y Japón quienes pagan las consecuencias económicas inmediatas.

Trump amenazó esta semana con bombardear campos de gas iraní si hay nuevos ataques a Qatar. La amenaza llegó después de que los últimos enfrentamientos provocaron un aumento de más del 25 por ciento en los precios del gas en Europa el jueves. No es una amenaza abstracta: es un anuncio de que está dispuesto a desestabilizar los mercados globales de energía como herramienta de política exterior.

Para entender qué significa esto, hay que ver quién paga. Un aumento del 25 por ciento en gas no afecta igual a todos. Para una familia trabajadora en Alemania, Italia o España significa facturas de calefacción más altas en invierno. Para pequeñas y medianas empresas manufactureras, significa márgenes que desaparecen. Para sindicatos que negocian salarios, significa que cada ganancia se erosiona en costos de energía.

En términos geopolíticos, la amenaza de Trump también ordena a los aliados estadounidenses que acepten su lógica: que la confrontación militar con Irán es necesaria y que todos deben contribuir, sin importar el costo económico.

La presión sobre Japón: cuando el aliado debe obedecer

Esto se vuelve aún más explícito en la visita de la Primera Ministra Sanae Takaichi a la Casa Blanca. Es la primera aliada estadounidense que viaja a Washington desde que Trump solicitó ayuda para enviar barcos de guerra a patrullar el Estrecho de Ormuz, uno de los puntos más críticos del comercio global de petróleo.

La visita ocurre bajo una sombra particular: Trump había criticado previamente a Japón por no responder a sus demandas. Es decir, Takaichi viaja a negociar bajo presión explícita. El mensaje es claro: si quieres seguir siendo aliado de Estados Unidos, debes involucrarte en esta confrontación. Debe enviar buques. Debe arriesgar sus propios costos económicos y, potencialmente, la vida de sus marineros.

Japón es un país que depende del 90 por ciento del petróleo importado. Cualquier escalada en el Estrecho de Ormuz afecta directamente su economía. Pero Trump no está pidiendo permiso: está emitiendo órdenes a través de la diplomacia de facto.

Esta es la cara de la hegemonía estadounidense en 2025: no es solo militar, es también la capacidad de imponer costos económicos a aliados que se niegan a cooperar.

La grieta que se abre en la izquierda estadounidense

Mientras tanto, en Illinois ocurre algo que sugiere que hay sectores del Partido Demócrata dispuestos a cuestionar la política exterior tradicional de Washington.

Daniel Biss, alcalde de los suburbios de Chicago, ganó la primaria demócrata para la Cámara de Representantes como sucesor de la representante jubilada Jan Schakowsky. Lo notable: Biss ha criticado abiertamente la política de Israel, y su victoria ocurrió pese a los ataques del AIPAC, el poderoso lobby pro-Israel que frecuentemente determina qué candidatos demócratas obtienen apoyo y financiamiento.

Esto es significativo porque muestra que hay un electorado demócrata progresista dispuesto a votar por candidatos que desafíen el consenso bipartidista sobre Oriente Medio. En una primaria donde AIPAC invirtió para derrotarlo, Biss ganó igualmente. Eso significa que los votantes sintieron que era importante elegir a alguien que se negara a la alineación automática con todas las políticas de Israel.

No es una grieta profunda. Pero es una grieta, y en política, las grietas importan.

Lo que conecta estas tres noticias

En apariencia, son tres historias desconectadas. Una es sobre militarismo estadounidense. Otra es sobre alianzas. La tercera es sobre política doméstica.

Pero están conectadas por un hilo: la arquitectura de poder global en la que Estados Unidos sigue siendo el centro, pero donde ese poder se ejerce cada vez más a través de amenazas, órdenes a aliados, y volatilidad económica. Y donde hay indicios de que parte de la clase política estadounidense — incluso dentro del Partido Demócrata — está considerando alternativas.

Los precios del gas que subieron 25 por ciento en Europa no fueron un evento técnico. Fueron la consecuencia económica real de un sistema donde una persona en Mar-a-Lago puede amenazar con bombardear campos de gas y donde eso se acepta como política normal.

La pregunta ahora es si ese sistema puede sostenerse cuando los costos económicos — y potencialmente humanos — se hacen visibles.


Por Alejandra Flores