La guerra amenaza la unidad de la derecha estadounidense mientras Dallas se convierte en campo de batalla ideológico
La Conferencia de Acción Política Conservadora que se realiza esta semana en Dallas es testigo de algo que rara vez se ve en los espacios donde la derecha estadounidense se reúne: fracturas profundas sobre la estrategia militar contra Irán. Lo que durante años fue un mitin donde los asistentes vitoreaban al unísono ahora muestra grietas que revelan divisiones fundamentales sobre qué significa el conservadurismo estadounidense en tiempos de guerra.
Este no es un conflicto menor entre facciones políticas. Es una prueba de fuego sobre la lealtad misma dentro de la base trumpista. Y eso es revelador.
La ilusión de unidad que se quiebra
Durante años, CPAC funcionó como un acto de reafirmación. Miles de conservadores se reunían en grandes salones para celebrar un conjunto de principios que parecía monolítico: reducción del Estado, desregulación, política exterior agresiva, soberanía nacional. Pero la guerra con Irán está exponiendo que esa aparente unanimidad nunca fue tan sólida como se presentaba.
Lo que está sucediendo en Dallas no es simplemente un debate técnico sobre táctica militar. Es una pregunta más profunda: ¿cuánto está dispuesta a pagar la base conservadora por una confrontación con Irán? ¿Quién paga ese costo? ¿Y a quién beneficia realmente una escalada militar en Medio Oriente?
Esas preguntas incómodas rara vez se hacen en CPAC. Pero esta vez, algunos están haciéndolas.
Los ganadores y perdedores de una guerra con Irán
La economía política de una guerra con Irán es clara para cualquiera que quiera verla. Los sectores que se benefician de la escalada militar — fabricantes de armas, empresas de defensa, empresas de energía — tienen intereses concentrados y directos. Sus ganancias son previsibles y cuantificables.
Los costos, en cambio, se distribuyen de manera diferente. Los soldados que se despliegan vienen de comunidades de clase media y clase trabajadora. Los impuestos que financian una guerra se sacan del mismo bolsillo de personas que ya están lidiando con la inflación, viviendas inasequibles y salarios que no acompañan el costo de vida.
Y hay algo más: los neoconservadores que empujaron hacia guerras previas en Irak y Afganistán nunca pagaron el costo político de esos fracasos. Muchos siguen siendo figuras influyentes dentro del establishment conservador. Para una base trabajadora que vio a sus hijos regresar mutilados de guerras que se suponía durarían semanas y duraron décadas, esa lección no se olvida.
La grieta que se vuelve visible
Lo que está pasando en CPAC esta semana refleja una contradicción más amplia en la coalición conservadora estadounidense. Hay un ala que cree que la proyección militar estadounidense debe ser global e infinita. Pero hay otra ala — particularmente entre conservadores populistas y nacionalistas — que pregunta: ¿para qué estamos haciendo esto?
Esta segunda ala no está dictando la política exterior desde un escritorio en Washington. Están en comunidades donde el dinero destinado a guerra no se invierte en infraestructura, en salarios de maestros, en hospitales rurales. Ven a corporaciones enriqueciéndose con contratos militares mientras sus propias comunidades se empobrecen.
No es un argumento de izquierda. Es un argumento que está surgiendo desde dentro de la derecha estadounidense. Y eso es políticamente significativo.
Una prueba de lealtad que expone límites reales
Las pruebas de lealtad funcionan cuando hay consenso sobre lo que se está pidiendo que apoyes. Una base unificada sigue al líder porque está ideológicamente convencida de que tiene razón. Pero cuando esa base está dividida, la «lealtad» se convierte en algo más transaccional, más frágil.
La pregunta que enfrentará Trump y la derecha estadounidense no es nueva: ¿es la política exterior militarista integral para el conservadurismo, o es negociable? Durante décadas, fue integral. Pero en 2026, con una base que tiene dudas reales sobre otra guerra en Medio Oriente, esa certeza ya no existe.
Lo que ocurra en Dallas esta semana — cómo la conferencia procese estas divisiones, qué narrativa prevalece — importará para definir qué tipo de conservadurismo liderará Estados Unidos en los próximos años.
Y lo más importante: dirá mucho sobre cuánto poder real tiene la base trabajadora conservadora para cuestionar las prioridades de sus propias élites políticas.
Por Alejandra Flores